"The worst enemy to creativity is self-doubt" -Sylvia Plath

sábado, 14 de febrero de 2015

Tiempo

No existo. Sí. Como lees. No existo. Me han creado, me han dado una enorme importancia, credibilidad y mi papel es casi, o bueno, completamente vital para tú existencia. Y la de tus hermanos. Y padres. Y amantes. Y lo fue para tus ancestros. Y lo será para tus descendientes. Pero no existo. Nunca he existido. Soy un invento, una creación humana. Pero no existo.
Y sin embargo, controlo tu vida. Y la de tus hermanos. Y la de quienes no conoces ni conocerás.
Vengo en muchas presentaciones. A veces soy de papel y tengo números y días. Otras veces soy circular y tengo agujas que señalan números. En ocasiones me involucran con el estado del día, y me presento con dibujos de astros y otros elementos del cielo, seguido de más números que indican si debes usar suéter o salir con ropa ligera. En fin, vengo en muchas presentaciones y conceptos que son irrelevantes en estos momentos.
Pero no, no existo.
Me culpan de muchas cosas, hay ocasiones en las que me responsabilizan de acabar relaciones. Otras en que afirman que me regalan a una persona especial. Muchas veces soy culpable de no lograr alguna cita o reunión. A veces “no alcanzo” o “hago falta”. Todos me piden, me desean, algunos intentan aprovecharme. Otros, simplemente,  me despilfarran.
Te recuerdo que no existo.
Aparecí en la vida de tus similares desde hace muchos siglos (otra de mis presentaciones), estaban muy preocupados por medir y controlar cada una de las experiencias que ocurrían a su alrededor. Todo. Desde cambios en el cielo hasta las cosechas. Entonces me inventaron. Voilá. Ya sabemos cómo medir los cambios en el cielo. Ya sabemos cuánto tarda una cosecha. Ya solucionamos nuestras vidas. Ya controlamos nuestras vidas.
Y entonces, me crearon. Y algún imbécil decidió darme un nombre. Y fue así como nombraron algo que no existe. Y empezaron a usarme para medir todo. Fue así como nació el tiempo. Yo. El sagrado tiempo. De mí surgió la historia. Y así todo empezó a tener sentido. Le di sentido a todo. Y sin existir.
Bueno, quedó ya bastante claro que yo no existo.  Es una paradoja bastante ofensiva cuando lo llegamos a analizar, cómo quiera verse. Desde que mi invención, he visto tantas cosas. Incalculables. He visto nacimientos, muertes, romances, separaciones, besos, abrazos, discusiones, asesinatos, triunfos, fracasos, guerras, paz. Nada se ha escapado de mí. Tengo demasiados relatos y anécdotas en mi haber, todo lo que es, lo que no es, lo que se ve, lo que no se ve, lo que se decide, lo que se prohíbe. Todo. Todo es por mí. En alguna ocasión voy a contar todo lo que sé. Por esta vez, únicamente voy a contar una anécdota bastante bonita para algunos y aberrante para otros. Cómo quiera verse. No es mi deber hacer que pasen cosas del agrado de todos. Es mi deber hacer que pasen cosas.
En mi haber apareció una hermosa criatura. ¿Era María o Julia? ¿Acaso Andrea? Puede ser incluso Matilde. Puede ser cualquiera, recuerden que a mí nada se me pasa. Ni un nombre compartido por millones de criaturas a lo largo de mi existencia. Pero ésta vez supongamos que la criaturita era Raquel. La pequeña Raquel nació cualquier mañana de cualquier día. Tampoco crean que anoto cada momento que de mí pasa. Estoy demasiado viejo y cansado.
Y no existo.
En fin, esta criatura de dorados cabellos y ojos de manantial llegó a una familia modesta, en una casa modesta, construida con mucho esfuerzo y (uno de mis chistes personales) tiempo. Parecía tener un futuro prometedor, cada día crecía en belleza y gracia. Muchas veces fue llamada para promocionar productos para bebés y niños pequeños. Daba gusto ver esa sonrisita cargada de dientes de leche, que (aquí va de nuevo) con el tiempo, serían reemplazados por piezas permanentes.
Crecía y crecía. Si quieren verlo así, digamos que ejercía mi acción sobre ella. Cada día más encantadora, Raquel era el orgullo de su familia, las paredes de la casita empezaron a cubrirse de pequeñas imágenes que mostraban mi paso en ella. En todas se apreciaba lo mismo, un angelical rostro que parecía ser inmune a cualquier imperfección. Crecía y crecía. Seguía creciendo. Las sesiones fotográficas en productos para bebés abrieron paso rápidamente a sesiones de productos de belleza para niñas. La pequeña modelo estaba en su apogeo. Al menos aparecía su rostro de cerámica en diversas revistas de mediano grado comercial, y la familia y conocidos se encontraban rimbombantes de emoción. Todos amaban a Raquel. Amaban su rostro. Amaban sus dorados cabellos. Sus ojos de manantial.
Raquel empezó a cursar la escuela primaria con toda normalidad. Era la más bonita de su clase. Sus dorados cabellos. Y sus ojos de manantial. Siempre era elegida representante en todo. En la clase. En concursos. En oratoria primaria. En limpieza. En todo. La niña era un verdadero prodigio, y todos le amaban. No está de más decir que fue uno de los primeros flechazos de amor efímero de varios infantes que circundaban su sector en los salones de clase, y que era la niña que tenía más amiguitas. Todo gracias a su encanto y dulzura.
La sencillez de la primaria empezó a abrir campo a la confusión de la secundaria. Una vez más, yo transitaba por la vida de la pequeña Raquel. Comenzó su nueva vida escolar. Y seguía siendo la más hermosa. Sus dorados cabellos. Y sus ojos de manantial. Aparecieron nuevos atributos en la celestial criatura, crecimiento de su pecho, curvatura de cintura, caderas más anchas. Seguía siendo la más bonita. Y ahora era elegida para diversos cargos aún más importantes. Y si, por su belleza y encanto.
Todo indicaba que la vida de Raquel sería una vida llena de éxitos, era perfecta en todos los sentidos, se abría paso entre cada situación que aparecía en su camino con encanto e inteligencia. Cursó la secundaria y llegó a la universidad. No me gusta contar historias completas. Considero que con encoger mi acción (al menos en palabras) es lo mejor que se puede hacer en el mundo.
Seguíamos avanzando. Ella y yo, por supuesto. Se doctoró en leyes e instaló su propio bufé de abogados, ganaba mucho dinero y seguía siendo hermosa. Seguía siendo acreedora de sus dorados cabellos. Y de sus ojos de manantial. Decidí (sí, yo) que era hora de darle criaturas. Parecidas a ellas. Decidí yo, pues ella fue bastante clara al decirle a su marido que me dejaba todo a mí en cuanto a descendencia. Cuántas veces he salido resonando en situaciones así.
De todas formas, le di descendencia.
La vida para ella era más que feliz. Un buen esposo. Dos hermosos hijos. Una casa con las mejores comodidades. El trabajo de sus sueños. Todo parecía marchar de la mejor manera, la no tan pequeña Raquel de ojos de manantial y dorados cabellos se había coronado en la vida como una de las personas con mayor éxito.
Pero entonces decidí entrar de nuevo.
Me había cansado de mantener en mí a sus amados padres. A los que le habían dado todo, desde su cariño, techo y cuidados, hasta sus dorados cabellos y ojos de manantial. Así que simplemente los halé. No a ambos. Primero a él, luego a ella. Causas, no las recuerdo con exactitud. El doctor había dicho que me dieran a ellos y a su enfermedad. Entiéndanme, no es fácil entregarte de forma extendida con cada persona que te solicita, es algo bastante agotador. Y eso que no existo.
Me los llevé. Y luego también a su esposo, lo siento, pero no soportaba al mortal, a veces hago ese tipo de cosas, bueno, me los llevé. ¿Y sus hijos?
A raíz de mí también se creó algo más, se supone que aparece cuando mi acción es demasiado “eficaz” y acertada, se llama olvido. Y justamente eso apareció en Raquel, la de dorados cabellos y ojos de manantial. Sus hijos la empujaron en el olvido, ambos, crecieron, formaron sus vidas y su madre, cuyos dorados cabellos empezaban a convertirse al gris y sus ojos de manantial no brillaban con la misma nitidez de las publicidades de productos de bebé, desapareció por completo de sus memorias.
Esto que acabo de mencionar es uno de los tantos logros (o como quiera verse) que se me atribuyen, argumentan que a veces puedo llegar a ser tan cruel y despiadado , que hago que un ser humano pase de la gloria a la perdición.
Y no existo.
¿Qué fue de Raquel? Bueno, reemplazaron (culpándome sin ningún escrúpulo) su rostro en los productos de belleza; su marido se descomponía (de nuevo, otro punto para mí) tres metros bajo tierra; sus hijos tenían cosas más importantes que adorar, y varios factores (entre estos, mi ausencia) lograron que su hermosa madre quedara recluida en un asilo.
En lo personal, los asilos, las prisiones, las funerarias y las morgues son mis lugares favoritos. En las prisiones, soy presionado para avanzar lo más rápido posible; en las funerarias, es lo contrario; en las morgues puedo tomarme un descanso, y simplemente ver todo pasar.
Pero los asilos. Nada los iguala. Todos me miran a mí. Todos me piensan. Un asilo es como mi vacación, mi relajación, mi zona de confort. Y éste fue el caso de Raquel. Con ella fui un poco más piadoso (o como quiera verse) la dejé que me contemplara con esos ojos no tan de manantial. Acaricié sus dorados cabellos hasta volverlos grises por completo. Jugué con su cuerpo bien formado y removí sus conocimientos de derecho penal y de aseo personal. Pero la dejé contemplarme. La dejé esperarme.
Todos saben cómo terminó esta historia. Y si no lo saben, esperen, que alguien más va a mostrarles como es el final. O ustedes mismos algún día lo encontrarán. El caso es que me cansé también de la vieja Raquel sin ojos de manantial ni cabellos dorados. Me cansé de ella. Bueno. Es mi trabajo de todas formas.
Me crearon para medir la vida. Me crearon para regir la vida. Soy el amo absoluto de todo lo que existe y lo que no. Se me otorgaron poderes inigualables. Estoy en todos lados. A donde vayas, ahí estaré. Tal vez quisieras detenerme, adelantarme, hacerme retroceder, pero no podrás. Tal vez quieras ocultarte de mí, con productos que dicen detener mi paso en tu piel, en tu cabello, en tu cuerpo. Con consuelos y almas que dicen detener mi paso en tu mente, en tu corazón. Con todo tipo de métodos. No importa. Inténtalo. Estoy ahí. Estoy aquí. Sobre tu cabeza. Y avanzo. Avanzo. Nunca me detengo. Es un chiste personal. No me detendré nunca. Es mi trabajo. Avanzar y avanzar. Podrá venir de todo, pero nunca me detendré. En la soledad del día, en el frío de la noche, estoy aquí, contigo. Mi presencia puede ser bienvenida. O lo contrario. Pero está ahí. Y de mí dependes todo tú. Me perteneces. Y te controlo.

Y sin embargo, no existo.

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