No existo. Sí. Como
lees. No existo. Me han creado, me han dado una enorme importancia,
credibilidad y mi papel es casi, o bueno, completamente vital para tú
existencia. Y la de tus hermanos. Y padres. Y amantes. Y lo fue para tus
ancestros. Y lo será para tus descendientes. Pero no existo. Nunca he existido.
Soy un invento, una creación humana. Pero no existo.
Y sin embargo,
controlo tu vida. Y la de tus hermanos. Y la de quienes no conoces ni
conocerás.
Vengo en muchas
presentaciones. A veces soy de papel y tengo números y días. Otras veces soy
circular y tengo agujas que señalan números. En ocasiones me involucran con el
estado del día, y me presento con dibujos de astros y otros elementos del
cielo, seguido de más números que indican si debes usar suéter o salir con ropa
ligera. En fin, vengo en muchas presentaciones y conceptos que son irrelevantes
en estos momentos.
Pero no, no existo.
Me culpan de muchas
cosas, hay ocasiones en las que me responsabilizan de acabar relaciones. Otras
en que afirman que me regalan a una persona especial. Muchas veces soy culpable
de no lograr alguna cita o reunión. A veces “no alcanzo” o “hago falta”. Todos
me piden, me desean, algunos intentan aprovecharme. Otros, simplemente, me despilfarran.
Te recuerdo que no
existo.
Aparecí en la vida
de tus similares desde hace muchos siglos (otra de mis presentaciones), estaban
muy preocupados por medir y controlar cada una de las experiencias que ocurrían
a su alrededor. Todo. Desde cambios en el cielo hasta las cosechas. Entonces me
inventaron. Voilá. Ya sabemos cómo medir los cambios en el cielo. Ya sabemos
cuánto tarda una cosecha. Ya solucionamos nuestras vidas. Ya controlamos
nuestras vidas.
Y entonces, me
crearon. Y algún imbécil decidió darme un nombre. Y fue así como nombraron algo
que no existe. Y empezaron a usarme para medir todo. Fue así como nació el
tiempo. Yo. El sagrado tiempo. De mí surgió la historia. Y así todo empezó a
tener sentido. Le di sentido a todo. Y sin existir.
Bueno, quedó ya bastante
claro que yo no existo. Es una paradoja
bastante ofensiva cuando lo llegamos a analizar, cómo quiera verse. Desde que
mi invención, he visto tantas cosas. Incalculables. He visto nacimientos,
muertes, romances, separaciones, besos, abrazos, discusiones, asesinatos,
triunfos, fracasos, guerras, paz. Nada se ha escapado de mí. Tengo demasiados
relatos y anécdotas en mi haber, todo lo que es, lo que no es, lo que se ve, lo
que no se ve, lo que se decide, lo que se prohíbe. Todo. Todo es por mí. En alguna
ocasión voy a contar todo lo que sé. Por esta vez, únicamente voy a contar una
anécdota bastante bonita para algunos y aberrante para otros. Cómo quiera
verse. No es mi deber hacer que pasen cosas del agrado de todos. Es mi deber
hacer que pasen cosas.
En mi haber
apareció una hermosa criatura. ¿Era María o Julia? ¿Acaso Andrea? Puede ser
incluso Matilde. Puede ser cualquiera, recuerden que a mí nada se me pasa. Ni
un nombre compartido por millones de criaturas a lo largo de mi existencia.
Pero ésta vez supongamos que la criaturita era Raquel. La pequeña Raquel nació
cualquier mañana de cualquier día. Tampoco crean que anoto cada momento que de
mí pasa. Estoy demasiado viejo y cansado.
Y no existo.
En fin, esta
criatura de dorados cabellos y ojos de manantial llegó a una familia modesta,
en una casa modesta, construida con mucho esfuerzo y (uno de mis chistes
personales) tiempo. Parecía tener un futuro prometedor, cada día crecía en
belleza y gracia. Muchas veces fue llamada para promocionar productos para
bebés y niños pequeños. Daba gusto ver esa sonrisita cargada de dientes de
leche, que (aquí va de nuevo) con el tiempo, serían reemplazados por piezas
permanentes.
Crecía y crecía. Si
quieren verlo así, digamos que ejercía mi acción sobre ella. Cada día más
encantadora, Raquel era el orgullo de su familia, las paredes de la casita
empezaron a cubrirse de pequeñas imágenes que mostraban mi paso en ella. En
todas se apreciaba lo mismo, un angelical rostro que parecía ser inmune a
cualquier imperfección. Crecía y crecía. Seguía creciendo. Las sesiones
fotográficas en productos para bebés abrieron paso rápidamente a sesiones de
productos de belleza para niñas. La pequeña modelo estaba en su apogeo. Al
menos aparecía su rostro de cerámica en diversas revistas de mediano grado
comercial, y la familia y conocidos se encontraban rimbombantes de emoción.
Todos amaban a Raquel. Amaban su rostro. Amaban sus dorados cabellos. Sus ojos
de manantial.
Raquel empezó a
cursar la escuela primaria con toda normalidad. Era la más bonita de su clase.
Sus dorados cabellos. Y sus ojos de manantial. Siempre era elegida
representante en todo. En la clase. En concursos. En oratoria primaria. En
limpieza. En todo. La niña era un verdadero prodigio, y todos le amaban. No
está de más decir que fue uno de los primeros flechazos de amor efímero de
varios infantes que circundaban su sector en los salones de clase, y que era la
niña que tenía más amiguitas. Todo gracias a su encanto y dulzura.
La sencillez de la
primaria empezó a abrir campo a la confusión de la secundaria. Una vez más, yo
transitaba por la vida de la pequeña Raquel. Comenzó su nueva vida escolar. Y
seguía siendo la más hermosa. Sus dorados cabellos. Y sus ojos de manantial.
Aparecieron nuevos atributos en la celestial criatura, crecimiento de su pecho,
curvatura de cintura, caderas más anchas. Seguía siendo la más bonita. Y ahora
era elegida para diversos cargos aún más importantes. Y si, por su belleza y
encanto.
Todo indicaba que
la vida de Raquel sería una vida llena de éxitos, era perfecta en todos los
sentidos, se abría paso entre cada situación que aparecía en su camino con
encanto e inteligencia. Cursó la secundaria y llegó a la universidad. No me
gusta contar historias completas. Considero que con encoger mi acción (al menos
en palabras) es lo mejor que se puede hacer en el mundo.
Seguíamos
avanzando. Ella y yo, por supuesto. Se doctoró en leyes e instaló su propio
bufé de abogados, ganaba mucho dinero y seguía siendo hermosa. Seguía siendo
acreedora de sus dorados cabellos. Y de sus ojos de manantial. Decidí (sí, yo)
que era hora de darle criaturas. Parecidas a ellas. Decidí yo, pues ella fue
bastante clara al decirle a su marido que me dejaba todo a mí en cuanto a
descendencia. Cuántas veces he salido resonando en situaciones así.
De todas formas, le
di descendencia.
La vida para ella
era más que feliz. Un buen esposo. Dos hermosos hijos. Una casa con las mejores
comodidades. El trabajo de sus sueños. Todo parecía marchar de la mejor manera,
la no tan pequeña Raquel de ojos de manantial y dorados cabellos se había
coronado en la vida como una de las personas con mayor éxito.
Pero entonces
decidí entrar de nuevo.
Me había cansado de
mantener en mí a sus amados padres. A los que le habían dado todo, desde su
cariño, techo y cuidados, hasta sus dorados cabellos y ojos de manantial. Así
que simplemente los halé. No a ambos. Primero a él, luego a ella. Causas, no
las recuerdo con exactitud. El doctor había dicho que me dieran a ellos y a su
enfermedad. Entiéndanme, no es fácil entregarte de forma extendida con cada
persona que te solicita, es algo bastante agotador. Y eso que no existo.
Me los llevé. Y
luego también a su esposo, lo siento, pero no soportaba al mortal, a veces hago
ese tipo de cosas, bueno, me los llevé. ¿Y sus hijos?
A raíz de mí
también se creó algo más, se supone que aparece cuando mi acción es demasiado
“eficaz” y acertada, se llama olvido. Y justamente eso apareció en Raquel, la
de dorados cabellos y ojos de manantial. Sus hijos la empujaron en el olvido,
ambos, crecieron, formaron sus vidas y su madre, cuyos dorados cabellos
empezaban a convertirse al gris y sus ojos de manantial no brillaban con la
misma nitidez de las publicidades de productos de bebé, desapareció por
completo de sus memorias.
Esto que acabo de
mencionar es uno de los tantos logros (o como quiera verse) que se me
atribuyen, argumentan que a veces puedo llegar a ser tan cruel y despiadado ,
que hago que un ser humano pase de la gloria a la perdición.
Y no existo.
¿Qué fue de Raquel?
Bueno, reemplazaron (culpándome sin ningún escrúpulo) su rostro en los
productos de belleza; su marido se descomponía (de nuevo, otro punto para mí)
tres metros bajo tierra; sus hijos tenían cosas más importantes que adorar, y
varios factores (entre estos, mi ausencia) lograron que su hermosa madre
quedara recluida en un asilo.
En lo personal, los
asilos, las prisiones, las funerarias y las morgues son mis lugares favoritos.
En las prisiones, soy presionado para avanzar lo más rápido posible; en las
funerarias, es lo contrario; en las morgues puedo tomarme un descanso, y
simplemente ver todo pasar.
Pero los asilos.
Nada los iguala. Todos me miran a mí. Todos me piensan. Un asilo es como mi
vacación, mi relajación, mi zona de confort. Y éste fue el caso de Raquel. Con
ella fui un poco más piadoso (o como quiera verse) la dejé que me contemplara
con esos ojos no tan de manantial. Acaricié sus dorados cabellos hasta
volverlos grises por completo. Jugué con su cuerpo bien formado y removí sus
conocimientos de derecho penal y de aseo personal. Pero la dejé contemplarme.
La dejé esperarme.
Todos saben cómo
terminó esta historia. Y si no lo saben, esperen, que alguien más va a
mostrarles como es el final. O ustedes mismos algún día lo encontrarán. El caso
es que me cansé también de la vieja Raquel sin ojos de manantial ni cabellos
dorados. Me cansé de ella. Bueno. Es mi trabajo de todas formas.
Me crearon para
medir la vida. Me crearon para regir la vida. Soy el amo absoluto de todo lo
que existe y lo que no. Se me otorgaron poderes inigualables. Estoy en todos
lados. A donde vayas, ahí estaré. Tal vez quisieras detenerme, adelantarme,
hacerme retroceder, pero no podrás. Tal vez quieras ocultarte de mí, con
productos que dicen detener mi paso en tu piel, en tu cabello, en tu cuerpo.
Con consuelos y almas que dicen detener mi paso en tu mente, en tu corazón. Con
todo tipo de métodos. No importa. Inténtalo. Estoy ahí. Estoy aquí. Sobre tu
cabeza. Y avanzo. Avanzo. Nunca me detengo. Es un chiste personal. No me
detendré nunca. Es mi trabajo. Avanzar y avanzar. Podrá venir de todo, pero
nunca me detendré. En la soledad del día, en el frío de la noche, estoy aquí,
contigo. Mi presencia puede ser bienvenida. O lo contrario. Pero está ahí. Y de
mí dependes todo tú. Me perteneces. Y te controlo.
Y sin embargo, no
existo.
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