"The worst enemy to creativity is self-doubt" -Sylvia Plath

domingo, 15 de noviembre de 2015

Marcia

Los globos flotaban con mordaz elegancia en la sala principal. El té hirviente esperaba ser servido en las depresivas tazas del siglo XVIII que aguardaban sobre la bandeja de plata. Una pila de galletas de coco adornaba con gracia la mesa cuadrada del centro del juego de muebles. Y en la estancia completa se respiraba un ambiente de orden y pulcritud casi psicótico. Todo estaba oficialmente listo.
-Levántate, Marcia, ya casi llegan tus invitados de honor.
-No quiero recibirlos. No quiero ni verlos. Quiero quedarme aquí, viendo la televisión. No quiero verle. No quiero verle ni a él ni a nadie. No quiero verle.
-Todo está listo, vieja depresiva. No querrás dejarlos esperando. ¿Qué van a pensar de ti? Levántate, tienes que vestirte.

La televisión proyectaba una telenovela que había salido del aire hace 10 años. La única iluminación de la habitación provenía de una ventana cuya cortina estaba a medio recoger. Marcia yacía sobre su cama matrimonial vistiendo su viejo conjunto de pijamas color rosa. Era difícil distinguirla debido al exceso de sábanas, almohadas, cojines y demás artefactos de descanso. Tenía la vista fija en el espejo victoriano que formaba su tocador personal.

-No sé en qué estaba pensando. No quiero fiestas. No estoy para fiestas, ¿por qué no me detuviste, Brisa? Ahora vienen hacia acá. Vienen por una fiesta. Y yo simplemente quiero dormir y ver mi telenovela. Dormir y no pensar en nada más.
-Levántate, Marcia.

Húmedo silencio. Marcia no desvió la mirada del espejo. Buscó a tientas el control remoto y apagó la televisión. Cambió de posición y quedó boca arriba, mirando únicamente la lámpara que colgaba del techo de su cuarto. Luego de unos minutos de aparente reflexión, se levantó trabajosamente. Se sentó a la orilla de la cama. Tenía frío. Se enfocó de nuevo en el espejo.

-Brisa, ¿realmente tengo que vestirme?
-Levántate. Ellos ya vienen.
-Ya me levanté.
-Entonces vístete.
-Pero no quiero.
-Seguramente ya llegaron. Puedo escuchar como tocan el timbre.

El silencio inundaba cada rincón de aquella casa. Marcia se puso de pie con sobresalto. No apartó la vista del espejo.
-¿Escuchaste? ¡Alguien toca la puerta!
-Exacto, vístete y atiende.

Se dirigió al baño a toda prisa y se aseó aún más rápido. En unos minutos estaba frente a su vestidor eligiendo un traje para la ocasión. Comenzó a vestirse luego de haberse decidido por un vestido largo color celeste. Luego de esto, se dispuso a maquillarse y a arreglar su cabello.
-¿Y si no les agrada la decoración? Los globos son algo del pasado, no están en… sintonía con los jóvenes de hoy.
-Pero tus invitados no son jóvenes.
-Eres tan inteligente, Brisa –Terminó de aplicarse el labial rojo –No sé qué haría sin ti.
-Levántate, Marcia. Ya empiezan a llegar.
-¿Escuchaste eso? ¡Ese sí fue el timbre de la casa! Brisa, ¿qué hago si te necesito?
-Olvídate de mí. Ve, atiende y disfruta de la fiesta.
-¿Estás segura? –dijo, poniéndose de pie.
-Sí
-Pero quiero dormir, Brisa. Solo quiero dormir.
-Podrás dormir luego, vieja. No olvides tus dulces.
-No los olvido. Te quiero, Brisa.

Marcia buscó con la mirada el recipiente de pastillas. Tomó la dosis indicada, como de costumbre.  
-Quiero dormir –dijo. Y tomó dos pastillas más.

Salió de su alcoba a toda velocidad. Se apoyó en el pasamanos de la escalera, desde donde tenía una vista periférica de la sala principal. Silencio y soledad invadían animosamente la casa.
-¡Mauricio! ¡No lo esperaba tan temprano! Le ruego me disculpe la tardanza, pero una necesita tiempo para acicalarse. Siéntese, póngase cómodo. Los demás no tardan en llegar. ¿Gusta una taza de té, galletas tal vez? Puedo ofrecerle incluso café. En seguida bajo.

Bajó las escaleras con paso apresurado pero elegante. Llegó a la sala y siguió:
-¿Cómo están las cosas en San Juan? Oí que desde la llegada del ferrocarril todo está mejor. Tengo mucho tiempo sin ver a Matilde. Oh, la buena de Matilde, si tan solo no me hubiera olvidado.
-En el pueblo todos la extrañamos, Marcia. Aunque casi no se habla de usted. Supongo que así son las cosas en el mundo. ¡Qué bonita casa tiene usted!

El buró grande estaba ubicado en un rincón de la sala.
-En fin, no quiero hablar de eso. ¿Cómo está, Mauricio? Es un muy bonito día. No puedo esperar a volver a ver a mis hijos.
-¿No quiere hablar de las personas que la conocen? ¡Qué extraño, ellas tampoco!

Guardó silencio. El buró grande empezaba a recibir los rayos del sol de las 10 de la mañana.
-¿Está seguro que no desea nada de comer? Esperemos a que lleguen los demás, tengo una deliciosa tarta de piña en el horno. Es la favorita de Julián. ¡Oh, Julián! ¡No puedo esperar a volver a verlo!-se detuvo violentamente –Oh, parece que llegó alguien más.

Caminó al otro extremo de la sala. Una planta de bambú artificial asentada en una maceta de porcelana era lo que reinaba en ese rincón.
-¡Úrsula! ¡Cuánto tiempo ha pasado ya!
-Marcia, querida, el placer es todo mío. ¿Hace cuánto que no nos vemos? ¿Semanas, meses, años? ¡Pensé que estabas muerta! ¡Todos pensamos que estabas muerta! ¡Estoy en la fiesta de una mujer que tendría que estar muerta! Te ves encantadora, cariño, pareciera que eres la misma de hace unos 20 años, ¡y sigues viva!

Marcia guardó silencio una vez más. La planta de bambú tenía unos tulipanes artificiales que ella misma había colocado ahí. A pesar de la obsesión con la limpieza de Marcia, la planta tenía partículas de polvo casi indivisibles, pero que estaban ahí.
-¡Ya quiero que veas a Julián, Úrsula! Tengo tanto tiempo de no verle, lo extraño con toda mi alma. Supe la última vez que ganaron en el fuerte de batalla de San Lorenzo, ¡sólo quiero estrecharle en mi pecho una vez más! –calló -¡Oh, mira! Parece ser que llegaron los hermanos Meléndez. Te ruego me excuses, Úrsula, quiero saludarles. Sírvete té, galletas, lo que quieras.

Caminó sonrientemente hasta el mueble principal. Se sentó con una expresión amable y quedó frente a frente con una pequeña mesa redonda en la que descansaban dos jarrones pequeños de color gris.
-¡Pablo, Antonio! ¡Pensé que no los vería nunca jamás! ¿Cómo está su madre? ¡Es increíble cómo pasa el tiempo!
-¡Marcia, sigues viva! Todos en la casa pensamos que estabas muerta. Es más, no creímos al principio que realmente darías esta fiesta. Los muertos no dan fiestas, fue lo que pensamos. ¡Pensamos que estabas muerta!

Además de los jarrones, dos portarretratos con las fotos de los hijos de Marcia ocupaban el diámetro de la pequeña mesa. Un globo empezó a descender lentamente del techo de la sala.
-¡Es un placer volver a verlos, muchachos! Envíenle mis saludos a su madre. También a Pedro. Seguro que aún me recuerdan. ¡Sigan disfrutando la fiesta!

Marcia se puso de pie y se dirigió a la cocina. Observó un viejo espejo que había al lado de su antiguo refrigerador.
-Brisa, hay tanta gente en esta casa. ¡Y ninguno me recuerda! ¿Puedes creer que todos creen que estaba muerta? Imagínate, cómo avanza el tiempo. Será muy difícil alimentarlos a todos, pero pienso que la están pasando bien –calló. El único ruido que violó el silencio fue el de un automóvil que transitaba fuera de su casa –Incluso me cuesta escuchar mi propia voz con tanto ruido, ¡pero se están divirtiendo! Ahora, no puedo esperar por ver a mi Julián. Debe de estar tan cansado luego de tres años defendiendo al país en la guerra del Bálsamo. ¡Ya quiero verlo! Ya quiero verlo y solo dormir. Dormir con él. Dormir.

Pesadas lágrimas empezaron a recorrer sus mejillas arrugadas. No se dio cuenta de esto.
-Levántate, Marcia, no es hora de dormir. No es hora de llorar. Tus invitados te esperan. Julián ya viene en camino. Límpiate la cara y levántate.
-Tienes razón, Brisa. No sé qué haría sin ti.

Buscó en los gabinetes de la cocina una toalla limpia. Se limpió el rostro en silencio y luego dijo:
-¿Escuchaste? ¡Es el timbre de nuevo! Espero que sea Julián.

Salió de la cocina a toda velocidad y abrió la puerta principal. La calle estaba tan desierta como un pesado día de verano.

-¿Julián? ¿Eres tú, mi amor? –avanzó unos pasos hasta llegar al jardín -¡Has vuelto de la guerra! ¡No estás muerto! ¡No estamos muertos! –caminaba más rápido y llegó hasta el centro del jardín –Adentro hay muchas personas que dicen que estoy muerta. Que creían que estaba muerta, pero ¡los muertos no hacen fiestas! –comenzó a correr animosamente hasta llegar a la calle principal -¡Los muertos no hacen fiesta, Julián! ¡No estás muerto! ¡No estamos muertos! –gritó. El grito fue una mezcla de lágrimas y risas. Estaba parada a la orilla de la calle principal. El sol brillaba con el odio propio de un día de verano. Estaba en su cénit –Julián, no estamos muertos –susurró. Y se acostó en el calor del pavimento –No estamos muertos, Julián. Has vuelto y ahora vamos a dormir. Vamos a dormir solo tú y yo.

sábado, 14 de noviembre de 2015

El último trago de Gregorio

Las noches de verano traen más que solo calor, insectos molestos, cielos despejados y recuerdos de todos los tipos. Las noches de verano traen algo más: la sed extrema. Reynaldo sabía esto a la perfección desde que empezó a trabajar sirviendo tragos en la pequeña y maloliente cantina de su pueblo natal. Había aprendido que las noches de verano crean una necesidad abominable de cerveza fría en los cuerpos de las personas. Y personas en general. Esa cantina no conocía diferencias de géneros si de alcohol se trataba. También sabía esto. Había muchas cosas que Reynaldo, el treintañero cantinero de turno, padre y esposo abnegado, que no tomaba ni una gota de alcohol para no ser igual que su infame progenitor, sabía de este mundo. El problema es que nunca se llega a saber todo lo que existe en esta tierra que habitamos, y esa noche de verano, Reynaldo aprendió algo más. Algo que lo perseguiría hasta en sueños.

La cantina comenzaba a llenarse alrededor de las nueve de la noche todos los días, salvo fines de semana, en que las juergas iniciaban con varias horas de antelación. El recinto estaba formado por un salón principal, con las paredes de cemento sucias y a mal pintar de una tonalidad amarilla que inspiraba más que asco, depresión; las mesas estaban alineadas de tal forma que desde la barra se podía observar a detalle cada una de éstas. Fabricadas de la madera más rustica encontrada en un aserradero, estaban agrupadas cuatro sillas, del mismo material, en cada una de las mesas. A seis o cinco metros de la entrada se ubicaba la barra, normalmente sucia, la cual había presenciado más llantos que cualquier funeral, más peleas que cualquier guerra y más risas que cualquier circo. La iluminación del penoso antro estaba a cargo de un candelero del siglo XVII, el más barato en ese siglo, el cual no había visto un implemento de limpieza probablemente desde su fabricación. Detrás de la barra se encontraba el cantinero de turno, leal guerrero en la cruenta batalla entre las penas y el alcohol, en las que este último siempre salía vencedor. Con astucia, ingenio y kilos de paciencia, se paraba detrás de la barra de madera cada día para ayudar al veneno legal en la batalla antes mencionada. Noche con noche, Reynaldo desempeñaba dicho oficio. Cuando se decidió a buscar un empleo para sacar adelante a su primer retoño jamás pensó que su única opción sería sirviendo ese veneno que tantos dolores de cabeza (y de otras partes del cuerpo) había provocado a su madre, sus hermanos y a él mismo, pero tuvo que aceptar debido a las circunstancias. No disfrutaba de su trabajo.

Cierta noche veraniega, en la cual el calor parecía disfrutar el hecho de recrudecerse solo porque si, Reynaldo se encontraba de turno como de costumbre. El reloj no pasaba de las nueve y treinta cuando ya había servido más tragos que cualquier otra noche; los cuales iban de una cerveza bien fría (la situación lo ameritaba) hasta el tequila más fuerte de la casa. Había alrededor de 15 clientes en total, distribuidos en las burdas mesas de la cantina. Para ser una calurosa noche, el recinto estaba vacío, probablemente con el avance de la noche más clientes llegarían a embriagarse con la excusa del clima.

Alrededor de las 10 p.m., hora en que el turno de Reynaldo normalmente acababa, se acercó el cantinero que le sustituiría hasta las 12 a.m., horario en que la cantina cerraba a pesar de los disgustos y enojos de varios clientes. Al ver que Reynaldo se encontraba desocupado acomodando viejas jarras de vidrio en un pequeño estante, le comentó:

-Hey, hombre, bastante calurosa la noche.
-Así es –le contestó Reynaldo sin despegar la vista del estante- No puedo esperar a acabar este día e irme a mi casa. Lo único que necesito es descansar y beber un vaso de agua bien fría.
-Todos quisiéramos eso –comentó Vásquez- pero quisiera pedirte un favor, hombre. Porque más que mi compañero te considero mi amigo, y yo sé que en una situación de problemas mi amigo Rey me va a ayudar, ¿verdad, hombre?

Reynaldo, que se caracterizaba por poseer un nivel de empatía y lástima por el prójimo fuera de órbita, dejó que su compañero Vásquez le planteara su inconveniente. Aunque, inconscientemente, ya sabía que rumbo tomaría la conversación.

-Mi mamá está muy enferma –dijo Vásquez fingiendo pena –Y quisiera pasar la noche en su casa, cuidándola. Nunca sabes cuándo se te puede ir tu madrecita, y prefiero honrarla en vida, tú entenderás… Y quería pedirte que me cubrieras el turno, yo sé que es bastante abusivo, hombre, pero una emergencia así no te anda avisando, y yo sé que puedo contar contigo. Cuando necesites algo yo te voy a ayudar también, y solo va a ser por hoy. ¿Crees que me ayudas, hombre?

Ya estaba, el terrorista había lanzado la granada. Y el bueno de Reynaldo la había atrapado salvando al pueblo.

-Tranquilo, hombre. Te voy a ayudar esta vez –le contestó luego de un corto rato de reflexión –Anda con tu madrecita, y dale mis saludos. Ojalá se ponga bien pronto.
-Sabía que podía contar contigo, mi gran amigo. Te lo agradezco de todo corazón, te debo la vida.

Y con esto, Vásquez salió casi volando de la cantina quién sabe a dónde para hacer quién sabe qué. Reynaldo, el héroe, siguió acomodando las jarras una a una en perfecto orden mientras, maravillosamente, los clientes empezaban a abandonar lentamente la cantina. Para cuando había terminado su tarea, 6 almas quedaban en el recinto. Se dedicó a limpiar todos los rincones de su área al saber que nadie llegaría a pedirle un trago. Su larga noche apenas comenzaba: el reloj marcó penosamente las 10 de la noche.

Luego de 40 largos minutos haciendo insignificantes trabajos que iban desde limpieza hasta reparaciones menores, Reynaldo llegó a la conclusión que nada más atravesaría la puerta de acceso al local. Se lamentó profundamente de haber caído en el engaño de su compañero embaucador en lugar de estar disfrutando ver dormir a su pequeño hijo o a su esposa. Estaba tan inmerso en estos pensamientos que no sintió el momento en que cayó dormido en la barra; el silencio sepulcral, la pobre iluminación, el cansancio acumulado de seis horas de empleo mal remuneradas y, encima, otras dos extra, propiciaron un ambiente perfecto para que el sueño hiciera lo suyo. Pudo haber continuado durmiendo hasta la madrugada si no hubiese sido porque un sonido leve pero audible lo sacó de su paraíso onírico. Se despertó con un sobresalto y vio la fuente del ruido.

Las puertas de la cantina habían sido abiertas con un golpe seco, y ahí se encontraba Gregorio, el borracho más borracho del pueblo; un hombre alto, de cabellos oscuros, ojos encantadores pero furiosos. Evocaba a un García Lorca que hubiere peleado sin éxito contra un ejército furioso de 100 hombres. Esa noche había sustituido su habitual vestuario, compuesto por los pantalones más viejos y una ocasional camiseta de algodón, por un elegante traje de fiesta. Salvo por la ausencia de un saco y la falta de color del conjunto, parecía que estuviese listo para una elegante celebración. Se quedó parado mirando en derredor la pobre cantina que tanto amaba; su miraba no detonaba el desconcierto y mal humor producto de cantidades monumentales de alcohol que siempre llevaba consigo, esa noche parecía alguien más. Y la quietud que le acompañaba también era incomprensible. No había ingresado acompañado de gritos y blasfemias, otra cosa que le caracterizaba al bueno de Gregorio.

Al ver que no quedaba ni un solo cliente (qué desgracia, pensó, apenas faltan diez para las once) Reynaldo sintió temor; conocía a Gregorio, sabía de qué era capaz. Habían bastantes leyendas en torno a este hombre, unos decían que había sido militar, pero que su amor por la bebida le había arrebatado todo; otros decían que era heredero de una gran fortuna, pero que había perdido todo por culpa de un amor del pasado y había quienes decían que Gregorio era un asesino a sueldo, que ahora se ocultaba en el pueblo y en el alcohol. En fin, era un personaje que causaba temor, no solo por lo que de él se comentaba, sino por los diferentes destrozos que había causado en la cantina y el pueblo y por su mal humor enceguecedor.

Luego de unos segundos, Gregorio avanzó con paso firme y en silencio a la barra. El buen cantinero pensó que era un cliente más, por lo que debía atenderle; el hombre se sentó en silencio en uno de los desvaídos bancos hasta quedar cara a cara con Reynaldo, quién no pudo decir una sola palabra.

-Hombre, no te quedes ahí parado –dijo Gregorio rompiendo el silencio, y luego soltó una sonora carcajada, que más que causar confianza, causó desesperación- Sírveme un buen vaso del licor de la casa, no ves que hoy si hace un calor del mismísimo infierno.

Reynaldo le obedeció sin contestarle. Mientras buscaba entre las botellas el licor que serviría, no dejaba de identificar objetos a su alrededor que le servirían para defenderse en caso de que el loco que estaba a sus espaldas decidiera entrar en su papel: el hecho que estuvieran completamente solos le erizaba la piel como nunca antes le había pasado. Sirvió un vaso humeante de ron añejo y con un movimiento rápido se volteó, esperando ver a Gregorio con una navaja en la mano desesperado por la tardanza de segundos. Gregorio tenía la mirada perdida. Se había afeitado, sus ojos color avellana estaban maravillosamente limpios, normalmente se veían tan rojos como si algo hubiese explotado dentro de ellos. No parecía un borracho causante de problemas, más bien, parecía a punto de casarse o de dar un concierto privado. Pero no tenía por qué fiarse de esto. Coloco el pequeño vaso de vidrio frente al hombre sin mediar palabra, y de inmediato la pesada mano de este se frunció sobre el vaso para llevárselo a los labios. Bebía como si estuviese en un desierto y esa fuese la única fuente de agua que vería. Pequeñas gotas se deslizaban entre las comisuras de su boca brillando por la iluminación de la cantina, tardó un poco más de lo esperado porque parecía disfrutarlo. Y demasiado. Cuando terminó, Reynaldo notó que sus ojos estaban vidriosos.

-Gracias, hombre –dijo vagamente- Gracias por seguir alimentando a este bandido –se quedó mirando al vacío por un momento -¿tienes nombre, verdad?
-Sí, señor, mi nombre es Reynaldo –dijo él automáticamente.
-Reynaldo, ya veo. ¿Sabes cómo me llamo yo? –le dijo sin darle la mirada
-No, señor, no sé cuál es su nombre.

Gregorio se quedó en otro momento de sepulcral silencio, mientras el reloj de madera se movía y se movía. Lentamente, pero se movía.

-Me llamo Gregorio. No borracho, no asqueroso, no sinvergüenza, no maldito. Mi nombre es Gregorio. Así me puso mi mamá. Le gustaba ese nombre porque le gustaba un Gregorio, que no era mi papá, claramente –y se rio- Y yo siempre he sido Gregorio, es mi nombre de bautizo. Claro que yo no me acuerdo, porque uno ni se acuerda de cuando le echan el agua, pero así me dijeron a mí.

Reynaldo escuchaba atentamente las palabras que salían de la boca de aquel desamparado. Mientras lo hacía, sintió un frío inexplicable que le recorrió todo el espinazo. Gregorio contemplaba perdidamente el vaso que sostenía con sus pesadas y descuidadas manos. Parecía estar inmerso en una especie de trance. El reloj seguía avanzando en danza mortuoria con la infernal noche de verano.

-Uno nunca sabe cómo va a terminar –prosiguió Gregorio. Parecía haber salido de su aparente trance momentáneo- Yo quería ser profesor, ¿sabes? –Miró a Reynaldo fijamente –Yo no sabía nada de matemáticas. O geografía. Siempre pensé que la escuela era una pérdida de tiempo. Los niños deben divertirse, trabajar. Deben aprender lo que es bueno –Y levantó el vaso afanosamente- Pero aun así, yo quería ser profesor. Quería usar corbata como mi profesor de tercer grado. Y tú, ¿querías ser cantinero? Aunque tienes facha de cantante.
-Disfruto de mi trabajo –Mintió Reynaldo luego de un penoso esfuerzo por sonar amigable. El reloj seguía avanzando.
-Disfrutas vernos sufrir entonces –contestó Gregorio. Y bebió el último sorbo de ron que quedaba en su vaso. Puso tranquilamente el depósito en la barra y guardó silencio por unos 10 segundos. A Reynaldo le parecieron horas. Eran casi las once de la noche. Se preguntó cómo haría para decirle a ese hombre que a las doce tendría que cerrar. Estaba asustado y solo pensaba en que no volvería a aceptar un trato con ninguno de sus compañeros. Si Gregorio El Terrible no lo asesinaba en un arranque de cólera.
-Te propongo algo –dijo Gregorio- Si me escuchas atentamente, sin preguntar y sin hacer ningún comentario, me iré por esa puerta en 10 minutos exactos. ¿Hay trato o no, pequeño cantante? Necesito a alguien que me escuche.

Reynaldo guardó silencio. Once de la noche, su hijo estaría navegando por el tercer sueño de su noche. Pensó en todas las posibilidades. Gregorio le observaba tranquilamente, aunque sus ojos denotaban una tristeza inmensurable. En dos segundos recordó todo lo que había escuchado de ese hombre en toda su vida. Ese hombre que ahora le pedía 10 minutos de su tiempo para hablarle. Una sonora y bien elaborada negación se escabulló de sus pulmones y se deslizó seductoramente entre su garganta.

-Le escucho, señor.

El hombre se acomodó en su rústico asiento. Miró a Reynaldo por un momento, luego miró sus manos entrelazadas sobre la barra, luego a Reynaldo de nuevo. Sus ojos estaban vidriosos, pero limpios, fijos. Esbozó un intento de sonrisa que más bien salió como una mueca de dolor.

-Yo nunca quise. Esa es la historia de mi pútrida vida. Yo nunca quise nacer. Nunca quise a mi madre. Mucho menos a mi padre. Nunca quise a nadie en esta vida. Pero ella… Ella fue mi primera vez, porque fue la única vez en la que sí quise.

Ahora lo veo. Estuvo enamorado de alguien. Seguramente por eso bebe sin control, pensó Reynaldo. Recordó las historias de amor y desamor que había escuchado en ese mismo lugar desde que había aceptado el empleo y quiso soltar una carcajada. Y luego ponerse a llorar como un niño recién golpeado por su padre.

-No era bonita. Es más, se parecía a la golfa de su madre. De mí solo tenía los ojos. Eso decía todo el mundo. Acepto que era fea, dios, era increíblemente fea –Continuó Gregorio con la vista perdida –Pero yo la quería. Especialmente cuando lloraba y le metía mi pulgar en la boca para que se callara. Muchos dirían que es anti higiénico (que es la palabra favorita de esos doctores de tercera que creen que lo saben todo solo por usar bata blanca), pero para mí era algo así como sanación interna. O como le digan esos espiritistas y brujos. No la veía todos los días, su madre me había abandonado diciendo que no aguantaba mi problema con el alcohol. Estas mujeres, ya no aguantan nada. Yo siempre quise una mujer como mi madre, una mujer que aguantara todo en silencio. No quería que me amaran. Pienso que eso no existe. Solo que me aguantara. Y que se riera. Que se riera mucho. Pero en lugar de eso, conseguí a esa zorra que me dejó y se llevó a la pequeña criatura. En fin, cuando la veía, me sentía muy feliz. Sentía que todo tenía –levantó su mano derecha y extendió su dedo índice y medio en el aire –sentido. Porque la pequeña tonta se reía de mí. Se reía de mi cara. Se reía de mi aliento fermentado. De mi ropa sucia. De mi barba mal cortada. Sabía que era un fracasado. Sabía que era un desquiciado –Guardó silencio y se llevó las manos al rostro. Luego gritó -¡Sabía que yo era su padre! –Y se quedó callado de nuevo.

Reynaldo vio disimuladamente el reloj. Eran las 11:06. A Gregorio solo le quedaban 4 minutos. Lo único que quería era huir. Pensó en colocar su mano en el hombro del sujeto en señal de apoyo, pero el miedo pudo más que sus movimientos. Estaba a punto de preguntarle si le ocurría algo, cuando el hombre tranquilamente habló de nuevo.
-Se reía, la tonta. Se reía y se reía. A mí me gusta la gente que se ríe. Me gusta que se rían. Conmigo, de mí, del mundo, del clima, del dinero, del sexo, del hambre, de dios. Que rían, que rían –alzó las manos cual presentador de circo –Que rían, reír es lo único bello de este miserable mundo. Y ella se reía. Me encantaba verla porque se reía. ¿Quieres saber que pasó luego, muchacho tonto?
-Le escucho, señor –dijo torpemente Reynaldo. Sentía como si alguien estaba pasando un témpano de hielo por toda su espalda.
-Bien, me gusta que te interese mi historia. Yo la quería porque se reía. Hasta que un día pasó –Gregorio miró al techo de la cantina- Un día dejó de reír. Y es que nadie la cuidaba. Pobrecita. Aún recuerdo esa noche. ¿Quieres saber qué pasó? Pues nada, llegué a la pieza de esta golfa. Seguramente se estaba divirtiendo con algún militar que estaba de licencia. No sentía mis piernas, había bebido como nunca esa misma noche. Mi ropa apestaba a orines. Solo quería meter mi dedo en su pequeña boca y verla reír hasta reventar. Cuando me asomé a la cuna, la pequeña tonta estaba casi en llamas. Sudaba como nunca y su pecho hacía un ruido raro. Era como una locomotora, me hartaba. La toqué, la moví, intenté meter mi dedo en su boca. Pero solo respiraba con dificultad. Y no se reía –la voz de Gregorio adquirió un tono sombrío, un tono que probablemente ninguna persona había escuchado antes –No se reía de mí. No se reía. Entonces –calló.

La cantina parecía haberse reducido a escasos 2 metros cuadrados de amplitud. La luz tenue del candelabro hacía del relato algo que le helaría la sangre hasta al más valiente cuchillero de la región. Reynaldo aguardaba en silencio. El tiempo parecía haberse detenido.

-Entonces noté que la pequeña tonta ya no respiraba. Ni se reía. Noté que mi mano era la que la había hecho que dejara de respirar. O de reírse. Y estaba llorando. Yo estaba llorando. Y no era por el alcohol. Era porque no se reía. Estaba llorando y la pequeña tonta no se reía ni respiraba porque mi mano había apretado su cuello mientras la intentaba hacer reír. Por quererla hacer reír hice que dejara de respirar –Se llevó el vaso a los labios y al notar que estaba vacío hizo un gesto de súplica a Reynaldo, quien no pudo moverse debido a lo que acababa de escuchar.
-¿No hay más ron? –continuó Gregorio –Es que el relato me dio una sed extrema, dame un sorbo más y te juro que me voy. Tengo algo que hacer esta noche.

Reynaldo estiró su brazo y tomó la botella de ron más cercana sin apartar la vista de Gregorio, quien sostenía su vaso esperando la bebida en silencio. El cantinero llenó el vaso de su cliente y seguía mirándole fijamente. Ninguno de los dos hablaba. Gregorio bebió la cantidad completa del brebaje sin desviar la mirada. Ambos quedaron frente a frente por 5 segundos, hasta que Gregorio se puso de pie, se acomodó el saco y sonrió sinceramente al cantinero
-Si te preguntas qué hice con la pequeña, te lo diré. Esa misma noche la enterré –miró hacia la ventana en dirección a una pequeña loma que llevaba a los límites del pequeño pueblo con la ciudad más próxima –Su madre nunca supo nada. A la muy zorra seguramente ni le afectó. Fui yo quien tuvo que hacer el trabajo pesado. Yo la cargué mientras no veía nada a causa de las lágrimas. O quizás sería por el efecto del alcohol. Quién sabe. La enterré lejos de aquí. Luego simplemente caminé sin rumbo. Y aquí estoy, contándote lo que me pasó.

Silencio, era lo único que reinaba en la sala. Gregorio se veía tranquilo, como si acabara de contar una especie de chiste entre amigos nada más. Le dedicó una sonrisa a Reynaldo y simplemente se dio la vuelta y caminó hasta salir de la cantina. El reloj marcaba las 11:15. Se había quedado solo y faltaban 45 minutos para cerrar oficialmente el local. Estuvo petrificado dos minutos esperando a que Gregorio (o cualquier otra entidad) apareciera por la puerta principal con una navaja y los ojos inyectados en sangre. Únicamente los apacibles cantos de los grillos entraron por ahí. Cuando logró moverse, tomó las llaves del local y salió rápidamente de la barra sin siquiera tomar sus pertenencias. Apagó las luces y cerró la puerta. Caminó por las calles del pueblo hasta llegar a su casa. Lo último que recordó fue el techo de su sala, iluminado por la tibia luz de la luna de verano. Se desmayó en un viejo sillón. A la mañana siguiente se reportó como enfermo con el dueño de la cantina.
-Seguro, Reynaldo, espero te mejores pronto. Probablemente es una de esas enfermedades provocadas por los mosquitos, abundan en el verano.
-Sí, señor, gracias por sus palabras. Espero sentirme mejor para mañana.
-Tómate tu tiempo, muchacho. Por cierto, ¿Oíste las noticias? Parece que ese pobre borracho Gregorio finalmente encontró su merecido. Lo hallaron colgado de un árbol fuera del pueblo. Yo no soy dios para juzgar, pero ojalá le hagan justicia a su alma pecadora.
-Bueno, ojalá se haya echado un último trago antes de irse.

Reynaldo rió ante su comentario. El jefe rió ante el comentario. Los clientes reían. Afuera los niños también reían. Y en la Iglesia reían. Y en las casas, las familias reían. Después de todo, reír es lo único bello de este miserable mundo.