Las noches de verano traen más que solo
calor, insectos molestos, cielos despejados y recuerdos de todos los tipos. Las
noches de verano traen algo más: la sed extrema. Reynaldo sabía esto a la
perfección desde que empezó a trabajar sirviendo tragos en la pequeña y
maloliente cantina de su pueblo natal. Había aprendido que las noches de verano
crean una necesidad abominable de cerveza fría en los cuerpos de las personas.
Y personas en general. Esa cantina no conocía diferencias de géneros si de
alcohol se trataba. También sabía esto. Había muchas cosas que Reynaldo, el
treintañero cantinero de turno, padre y esposo abnegado, que no tomaba ni una
gota de alcohol para no ser igual que su infame progenitor, sabía de este
mundo. El problema es que nunca se llega a saber todo lo que existe en esta
tierra que habitamos, y esa noche de verano, Reynaldo aprendió algo más. Algo
que lo perseguiría hasta en sueños.
La cantina comenzaba a llenarse
alrededor de las nueve de la noche todos los días, salvo fines de semana, en
que las juergas iniciaban con varias horas de antelación. El recinto estaba
formado por un salón principal, con las paredes de cemento sucias y a mal
pintar de una tonalidad amarilla que inspiraba más que asco, depresión; las
mesas estaban alineadas de tal forma que desde la barra se podía observar a
detalle cada una de éstas. Fabricadas de la madera más rustica encontrada en un
aserradero, estaban agrupadas cuatro sillas, del mismo material, en cada una de
las mesas. A seis o cinco metros de la entrada se ubicaba la barra, normalmente
sucia, la cual había presenciado más llantos que cualquier funeral, más peleas
que cualquier guerra y más risas que cualquier circo. La iluminación del penoso
antro estaba a cargo de un candelero del siglo XVII, el más barato en ese
siglo, el cual no había visto un implemento de limpieza probablemente desde su
fabricación. Detrás de la barra se encontraba el cantinero de turno, leal
guerrero en la cruenta batalla entre las penas y el alcohol, en las que este
último siempre salía vencedor. Con astucia, ingenio y kilos de paciencia, se
paraba detrás de la barra de madera cada día para ayudar al veneno legal en la
batalla antes mencionada. Noche con noche, Reynaldo desempeñaba dicho oficio. Cuando
se decidió a buscar un empleo para sacar adelante a su primer retoño jamás
pensó que su única opción sería sirviendo ese veneno que tantos dolores de
cabeza (y de otras partes del cuerpo) había provocado a su madre, sus hermanos
y a él mismo, pero tuvo que aceptar debido a las circunstancias. No disfrutaba
de su trabajo.
Cierta noche veraniega, en la cual el
calor parecía disfrutar el hecho de recrudecerse solo porque si, Reynaldo se
encontraba de turno como de costumbre. El reloj no pasaba de las nueve y treinta
cuando ya había servido más tragos que cualquier otra noche; los cuales iban de
una cerveza bien fría (la situación lo ameritaba) hasta el tequila más fuerte
de la casa. Había alrededor de 15 clientes en total, distribuidos en las burdas
mesas de la cantina. Para ser una calurosa noche, el recinto estaba vacío,
probablemente con el avance de la noche más clientes llegarían a embriagarse
con la excusa del clima.
Alrededor de las 10 p.m., hora en que
el turno de Reynaldo normalmente acababa, se acercó el cantinero que le
sustituiría hasta las 12 a.m., horario en que la cantina cerraba a pesar de los
disgustos y enojos de varios clientes. Al ver que Reynaldo se encontraba
desocupado acomodando viejas jarras de vidrio en un pequeño estante, le
comentó:
-Hey, hombre, bastante calurosa la
noche.
-Así es –le contestó Reynaldo sin despegar
la vista del estante- No puedo esperar a acabar este día e irme a mi casa. Lo
único que necesito es descansar y beber un vaso de agua bien fría.
-Todos quisiéramos eso –comentó
Vásquez- pero quisiera pedirte un favor, hombre. Porque más que mi compañero te
considero mi amigo, y yo sé que en una situación de problemas mi amigo Rey me
va a ayudar, ¿verdad, hombre?
Reynaldo, que se caracterizaba por
poseer un nivel de empatía y lástima por el prójimo fuera de órbita, dejó que
su compañero Vásquez le planteara su inconveniente. Aunque, inconscientemente,
ya sabía que rumbo tomaría la conversación.
-Mi mamá está muy enferma –dijo
Vásquez fingiendo pena –Y quisiera pasar la noche en su casa, cuidándola. Nunca
sabes cuándo se te puede ir tu madrecita, y prefiero honrarla en vida, tú
entenderás… Y quería pedirte que me cubrieras el turno, yo sé que es bastante
abusivo, hombre, pero una emergencia así no te anda avisando, y yo sé que puedo
contar contigo. Cuando necesites algo yo te voy a ayudar también, y solo va a
ser por hoy. ¿Crees que me ayudas, hombre?
Ya estaba, el terrorista había lanzado
la granada. Y el bueno de Reynaldo la había atrapado salvando al pueblo.
-Tranquilo, hombre. Te voy a ayudar
esta vez –le contestó luego de un corto rato de reflexión –Anda con tu
madrecita, y dale mis saludos. Ojalá se ponga bien pronto.
-Sabía que podía contar contigo, mi
gran amigo. Te lo agradezco de todo corazón, te debo la vida.
Y con esto, Vásquez salió casi volando
de la cantina quién sabe a dónde para hacer quién sabe qué. Reynaldo, el héroe,
siguió acomodando las jarras una a una en perfecto orden mientras,
maravillosamente, los clientes empezaban a abandonar lentamente la cantina. Para
cuando había terminado su tarea, 6 almas quedaban en el recinto. Se dedicó a
limpiar todos los rincones de su área al saber que nadie llegaría a pedirle un
trago. Su larga noche apenas comenzaba: el reloj marcó penosamente las 10 de la
noche.
Luego de 40 largos minutos haciendo
insignificantes trabajos que iban desde limpieza hasta reparaciones menores,
Reynaldo llegó a la conclusión que nada más atravesaría la puerta de acceso al
local. Se lamentó profundamente de haber caído en el engaño de su compañero
embaucador en lugar de estar disfrutando ver dormir a su pequeño hijo o a su
esposa. Estaba tan inmerso en estos pensamientos que no sintió el momento en
que cayó dormido en la barra; el silencio sepulcral, la pobre iluminación, el
cansancio acumulado de seis horas de empleo mal remuneradas y, encima, otras
dos extra, propiciaron un ambiente perfecto para que el sueño hiciera lo suyo.
Pudo haber continuado durmiendo hasta la madrugada si no hubiese sido porque un
sonido leve pero audible lo sacó de su paraíso onírico. Se despertó con un
sobresalto y vio la fuente del ruido.
Las puertas de la cantina habían sido
abiertas con un golpe seco, y ahí se encontraba Gregorio, el borracho más
borracho del pueblo; un hombre alto, de cabellos oscuros, ojos encantadores
pero furiosos. Evocaba a un García Lorca que hubiere peleado sin éxito contra
un ejército furioso de 100 hombres. Esa noche había sustituido su habitual
vestuario, compuesto por los pantalones más viejos y una ocasional camiseta de
algodón, por un elegante traje de fiesta. Salvo por la ausencia de un saco y la
falta de color del conjunto, parecía que estuviese listo para una elegante celebración.
Se quedó parado mirando en derredor la pobre cantina que tanto amaba; su miraba
no detonaba el desconcierto y mal humor producto de cantidades monumentales de
alcohol que siempre llevaba consigo, esa noche parecía alguien más. Y la
quietud que le acompañaba también era incomprensible. No había ingresado
acompañado de gritos y blasfemias, otra cosa que le caracterizaba al bueno de
Gregorio.
Al ver que no quedaba ni un solo
cliente (qué desgracia, pensó, apenas faltan diez para las once) Reynaldo
sintió temor; conocía a Gregorio, sabía de qué era capaz. Habían bastantes
leyendas en torno a este hombre, unos decían que había sido militar, pero que
su amor por la bebida le había arrebatado todo; otros decían que era heredero
de una gran fortuna, pero que había perdido todo por culpa de un amor del
pasado y había quienes decían que Gregorio era un asesino a sueldo, que ahora
se ocultaba en el pueblo y en el alcohol. En fin, era un personaje que causaba
temor, no solo por lo que de él se comentaba, sino por los diferentes destrozos
que había causado en la cantina y el pueblo y por su mal humor enceguecedor.
Luego de unos segundos, Gregorio
avanzó con paso firme y en silencio a la barra. El buen cantinero pensó que era
un cliente más, por lo que debía atenderle; el hombre se sentó en silencio en
uno de los desvaídos bancos hasta quedar cara a cara con Reynaldo, quién no
pudo decir una sola palabra.
-Hombre, no te quedes ahí parado –dijo
Gregorio rompiendo el silencio, y luego soltó una sonora carcajada, que más que
causar confianza, causó desesperación- Sírveme un buen vaso del licor de la
casa, no ves que hoy si hace un calor del mismísimo infierno.
Reynaldo le obedeció sin contestarle.
Mientras buscaba entre las botellas el licor que serviría, no dejaba de
identificar objetos a su alrededor que le servirían para defenderse en caso de
que el loco que estaba a sus espaldas decidiera entrar en su papel: el hecho
que estuvieran completamente solos le erizaba la piel como nunca antes le había
pasado. Sirvió un vaso humeante de ron añejo y con un movimiento rápido se
volteó, esperando ver a Gregorio con una navaja en la mano desesperado por la
tardanza de segundos. Gregorio tenía la mirada perdida. Se había afeitado, sus
ojos color avellana estaban maravillosamente limpios, normalmente se veían tan
rojos como si algo hubiese explotado dentro de ellos. No parecía un borracho
causante de problemas, más bien, parecía a punto de casarse o de dar un
concierto privado. Pero no tenía por qué fiarse de esto. Coloco el pequeño vaso
de vidrio frente al hombre sin mediar palabra, y de inmediato la pesada mano de
este se frunció sobre el vaso para llevárselo a los labios. Bebía como si
estuviese en un desierto y esa fuese la única fuente de agua que vería. Pequeñas
gotas se deslizaban entre las comisuras de su boca brillando por la iluminación
de la cantina, tardó un poco más de lo esperado porque parecía disfrutarlo. Y
demasiado. Cuando terminó, Reynaldo notó que sus ojos estaban vidriosos.
-Gracias, hombre –dijo vagamente-
Gracias por seguir alimentando a este bandido –se quedó mirando al vacío por un
momento -¿tienes nombre, verdad?
-Sí, señor, mi nombre es Reynaldo
–dijo él automáticamente.
-Reynaldo, ya veo. ¿Sabes cómo me
llamo yo? –le dijo sin darle la mirada
-No, señor, no sé cuál es su nombre.
Gregorio se quedó en otro momento de
sepulcral silencio, mientras el reloj de madera se movía y se movía. Lentamente,
pero se movía.
-Me llamo Gregorio. No borracho, no
asqueroso, no sinvergüenza, no maldito. Mi nombre es Gregorio. Así me puso mi
mamá. Le gustaba ese nombre porque le gustaba un Gregorio, que no era mi papá,
claramente –y se rio- Y yo siempre he sido Gregorio, es mi nombre de bautizo. Claro
que yo no me acuerdo, porque uno ni se acuerda de cuando le echan el agua, pero
así me dijeron a mí.
Reynaldo escuchaba atentamente las
palabras que salían de la boca de aquel desamparado. Mientras lo hacía, sintió
un frío inexplicable que le recorrió todo el espinazo. Gregorio contemplaba
perdidamente el vaso que sostenía con sus pesadas y descuidadas manos. Parecía
estar inmerso en una especie de trance. El reloj seguía avanzando en danza
mortuoria con la infernal noche de verano.
-Uno nunca sabe cómo va a terminar
–prosiguió Gregorio. Parecía haber salido de su aparente trance momentáneo- Yo
quería ser profesor, ¿sabes? –Miró a Reynaldo fijamente –Yo no sabía nada de
matemáticas. O geografía. Siempre pensé que la escuela era una pérdida de
tiempo. Los niños deben divertirse, trabajar. Deben aprender lo que es bueno –Y
levantó el vaso afanosamente- Pero aun así, yo quería ser profesor. Quería usar
corbata como mi profesor de tercer grado. Y tú, ¿querías ser cantinero? Aunque
tienes facha de cantante.
-Disfruto de mi trabajo –Mintió
Reynaldo luego de un penoso esfuerzo por sonar amigable. El reloj seguía
avanzando.
-Disfrutas vernos sufrir entonces
–contestó Gregorio. Y bebió el último sorbo de ron que quedaba en su vaso. Puso
tranquilamente el depósito en la barra y guardó silencio por unos 10 segundos.
A Reynaldo le parecieron horas. Eran casi las once de la noche. Se preguntó
cómo haría para decirle a ese hombre que a las doce tendría que cerrar. Estaba
asustado y solo pensaba en que no volvería a aceptar un trato con ninguno de
sus compañeros. Si Gregorio El Terrible no lo asesinaba en un arranque de
cólera.
-Te propongo algo –dijo Gregorio- Si
me escuchas atentamente, sin preguntar y sin hacer ningún comentario, me iré
por esa puerta en 10 minutos exactos. ¿Hay trato o no, pequeño cantante?
Necesito a alguien que me escuche.
Reynaldo guardó silencio. Once de la
noche, su hijo estaría navegando por el tercer sueño de su noche. Pensó en
todas las posibilidades. Gregorio le observaba tranquilamente, aunque sus ojos
denotaban una tristeza inmensurable. En dos segundos recordó todo lo que había
escuchado de ese hombre en toda su vida. Ese hombre que ahora le pedía 10
minutos de su tiempo para hablarle. Una sonora y bien elaborada negación se
escabulló de sus pulmones y se deslizó seductoramente entre su garganta.
-Le escucho, señor.
El hombre se acomodó en su rústico
asiento. Miró a Reynaldo por un momento, luego miró sus manos entrelazadas
sobre la barra, luego a Reynaldo de nuevo. Sus ojos estaban vidriosos, pero
limpios, fijos. Esbozó un intento de sonrisa que más bien salió como una mueca
de dolor.
-Yo nunca quise. Esa es la historia de
mi pútrida vida. Yo nunca quise nacer. Nunca quise a mi madre. Mucho menos a mi
padre. Nunca quise a nadie en esta vida. Pero ella… Ella fue mi primera vez,
porque fue la única vez en la que sí quise.
Ahora lo veo. Estuvo enamorado de
alguien. Seguramente por eso bebe sin control, pensó Reynaldo. Recordó las
historias de amor y desamor que había escuchado en ese mismo lugar desde que
había aceptado el empleo y quiso soltar una carcajada. Y luego ponerse a llorar
como un niño recién golpeado por su padre.
-No era bonita. Es más, se parecía a
la golfa de su madre. De mí solo tenía los ojos. Eso decía todo el mundo.
Acepto que era fea, dios, era increíblemente fea –Continuó Gregorio con la
vista perdida –Pero yo la quería. Especialmente cuando lloraba y le metía mi
pulgar en la boca para que se callara. Muchos dirían que es anti higiénico (que
es la palabra favorita de esos doctores de tercera que creen que lo saben todo
solo por usar bata blanca), pero para mí era algo así como sanación interna. O
como le digan esos espiritistas y brujos. No la veía todos los días, su madre
me había abandonado diciendo que no aguantaba mi problema con el alcohol. Estas
mujeres, ya no aguantan nada. Yo siempre quise una mujer como mi madre, una
mujer que aguantara todo en silencio. No quería que me amaran. Pienso que eso
no existe. Solo que me aguantara. Y que se riera. Que se riera mucho. Pero en
lugar de eso, conseguí a esa zorra que me dejó y se llevó a la pequeña
criatura. En fin, cuando la veía, me sentía muy feliz. Sentía que todo tenía
–levantó su mano derecha y extendió su dedo índice y medio en el aire –sentido.
Porque la pequeña tonta se reía de mí. Se reía de mi cara. Se reía de mi
aliento fermentado. De mi ropa sucia. De mi barba mal cortada. Sabía que era un
fracasado. Sabía que era un desquiciado –Guardó silencio y se llevó las manos
al rostro. Luego gritó -¡Sabía que yo era su padre! –Y se quedó callado de
nuevo.
Reynaldo vio disimuladamente el reloj.
Eran las 11:06. A Gregorio solo le quedaban 4 minutos. Lo único que quería era
huir. Pensó en colocar su mano en el hombro del sujeto en señal de apoyo, pero
el miedo pudo más que sus movimientos. Estaba a punto de preguntarle si le
ocurría algo, cuando el hombre tranquilamente habló de nuevo.
-Se reía, la tonta. Se reía y se reía.
A mí me gusta la gente que se ríe. Me gusta que se rían. Conmigo, de mí, del
mundo, del clima, del dinero, del sexo, del hambre, de dios. Que rían, que rían
–alzó las manos cual presentador de circo –Que rían, reír es lo único bello de
este miserable mundo. Y ella se reía. Me encantaba verla porque se reía.
¿Quieres saber que pasó luego, muchacho tonto?
-Le escucho, señor –dijo torpemente
Reynaldo. Sentía como si alguien estaba pasando un témpano de hielo por toda su
espalda.
-Bien, me gusta que te interese mi
historia. Yo la quería porque se reía. Hasta que un día pasó –Gregorio miró al
techo de la cantina- Un día dejó de reír. Y es que nadie la cuidaba. Pobrecita.
Aún recuerdo esa noche. ¿Quieres saber qué pasó? Pues nada, llegué a la pieza
de esta golfa. Seguramente se estaba divirtiendo con algún militar que estaba
de licencia. No sentía mis piernas, había bebido como nunca esa misma noche. Mi
ropa apestaba a orines. Solo quería meter mi dedo en su pequeña boca y verla
reír hasta reventar. Cuando me asomé a la cuna, la pequeña tonta estaba casi en
llamas. Sudaba como nunca y su pecho hacía un ruido raro. Era como una
locomotora, me hartaba. La toqué, la moví, intenté meter mi dedo en su boca.
Pero solo respiraba con dificultad. Y no se reía –la voz de Gregorio adquirió
un tono sombrío, un tono que probablemente ninguna persona había escuchado
antes –No se reía de mí. No se reía. Entonces –calló.
La cantina parecía haberse reducido a
escasos 2 metros cuadrados de amplitud. La luz tenue del candelabro hacía del
relato algo que le helaría la sangre hasta al más valiente cuchillero de la
región. Reynaldo aguardaba en silencio. El tiempo parecía haberse detenido.
-Entonces noté que la pequeña tonta ya
no respiraba. Ni se reía. Noté que mi mano era la que la había hecho que dejara
de respirar. O de reírse. Y estaba llorando. Yo estaba llorando. Y no era por
el alcohol. Era porque no se reía. Estaba llorando y la pequeña tonta no se
reía ni respiraba porque mi mano había apretado su cuello mientras la intentaba
hacer reír. Por quererla hacer reír hice que dejara de respirar –Se llevó el
vaso a los labios y al notar que estaba vacío hizo un gesto de súplica a
Reynaldo, quien no pudo moverse debido a lo que acababa de escuchar.
-¿No hay más ron? –continuó Gregorio
–Es que el relato me dio una sed extrema, dame un sorbo más y te juro que me
voy. Tengo algo que hacer esta noche.
Reynaldo estiró su brazo y tomó la
botella de ron más cercana sin apartar la vista de Gregorio, quien sostenía su
vaso esperando la bebida en silencio. El cantinero llenó el vaso de su cliente
y seguía mirándole fijamente. Ninguno de los dos hablaba. Gregorio bebió la
cantidad completa del brebaje sin desviar la mirada. Ambos quedaron frente a
frente por 5 segundos, hasta que Gregorio se puso de pie, se acomodó el saco y
sonrió sinceramente al cantinero
-Si te preguntas qué hice con la
pequeña, te lo diré. Esa misma noche la enterré –miró hacia la ventana en
dirección a una pequeña loma que llevaba a los límites del pequeño pueblo con
la ciudad más próxima –Su madre nunca supo nada. A la muy zorra seguramente ni
le afectó. Fui yo quien tuvo que hacer el trabajo pesado. Yo la cargué mientras
no veía nada a causa de las lágrimas. O quizás sería por el efecto del alcohol.
Quién sabe. La enterré lejos de aquí. Luego simplemente caminé sin rumbo. Y
aquí estoy, contándote lo que me pasó.
Silencio, era lo único que reinaba en
la sala. Gregorio se veía tranquilo, como si acabara de contar una especie de
chiste entre amigos nada más. Le dedicó una sonrisa a Reynaldo y simplemente se
dio la vuelta y caminó hasta salir de la cantina. El reloj marcaba las 11:15.
Se había quedado solo y faltaban 45 minutos para cerrar oficialmente el local.
Estuvo petrificado dos minutos esperando a que Gregorio (o cualquier otra
entidad) apareciera por la puerta principal con una navaja y los ojos
inyectados en sangre. Únicamente los apacibles cantos de los grillos entraron
por ahí. Cuando logró moverse, tomó las llaves del local y salió rápidamente de
la barra sin siquiera tomar sus pertenencias. Apagó las luces y cerró la
puerta. Caminó por las calles del pueblo hasta llegar a su casa. Lo último que
recordó fue el techo de su sala, iluminado por la tibia luz de la luna de
verano. Se desmayó en un viejo sillón. A la mañana siguiente se reportó como
enfermo con el dueño de la cantina.
-Seguro, Reynaldo, espero te mejores
pronto. Probablemente es una de esas enfermedades provocadas por los mosquitos,
abundan en el verano.
-Sí, señor, gracias por sus palabras.
Espero sentirme mejor para mañana.
-Tómate tu tiempo, muchacho. Por
cierto, ¿Oíste las noticias? Parece que ese pobre borracho Gregorio finalmente
encontró su merecido. Lo hallaron colgado de un árbol fuera del pueblo. Yo no
soy dios para juzgar, pero ojalá le hagan justicia a su alma pecadora.
-Bueno, ojalá se haya echado un último
trago antes de irse.
Reynaldo rió ante su comentario. El
jefe rió ante el comentario. Los clientes reían. Afuera los niños también
reían. Y en la Iglesia reían. Y en las casas, las familias reían. Después de
todo, reír es lo único bello de este miserable mundo.