“Es una verdadera alegría saber de ti”
Taché la frase. La hoja estuvo a punto de romperse por acción del filo
del bolígrafo.
“Tenía mucho de no pensar en ti”
¿Eso es lo mejor que puedes decir? ¿10 años y lo que dices es una
mentira?
“Todo marcha bien por acá, quisiera que lo pudieras ver tú misma”
Verdad a medias es mentira completa. Y claro, nada marchaba bien en mi
vida. Pero sí quería que estuviese ahí para observarlo con esos ojos de gato
que tanto me asustaban. Arrugué la hoja y estuve a punto de tirarla al suelo para
generar el efecto que se acoplara a la perfección a mi sensación de impotencia.
De desgano. De soledad.
Me levanté de la silla y caminé hacia la cocina. El reloj de la pared
adyacente a la sala me susurró que diez minutos me separaban de las ocho de la
noche. Diez minutos me separaban de Coralia. Me quedaban diez minutos de paz.
Mientras bebía un vaso con agua (casi a la fuerza, mi garganta me pedía a
gritos otro tipo de bebida más escandalosa) observé la pulcritud de la mesita
que hacía las veces de comedor. Enfoqué mi vista en las páginas que reposaban
en la superficie de madera. Sobre el papel yacía un bolígrafo cromado marca
Cross, obsequio de mi jefe en ocasión de mi cumpleaños 35. Tal arma manipulada
por este soldado de las letras habría de producir los mejores resultados en
cuanto a la creación de frases con sentido y profundidad. El problema es que,
en ocasiones, no tomamos en cuenta que la batalla no siempre está asegurada por
el hecho de poseer armamento y experiencia; las guerras suelen ser caprichosas.
Y en esta batalla yo era el caído.
Regresé al punto de inicio. Tenía una hoja virgen y unos minutos de
gracia. Lo único que separaba mi vista del abismo de las tinieblas que era mi
casa en ese momento era la luz de la cocina. Iluminaba únicamente mi parte del
comedor. Perfecto. No quería ver ninguna otra cosa en ese instante. Tomé el
bolígrafo (como en incontables ocasiones de alegrías, tristezas, fracasos,
obligaciones o simple emoción) y escribí cuatro palabras:
“No todo está
perdido”
Escribía (o intentaba escribir) una carta. Pero la frase se asemejaba al
título de un cuentucho escrito por un aficionado sin empleo y con ínfulas de
grandeza. No me servía de nada. Corté la hoja con la tinta del desprecio. Vamos
de nuevo.
“Querida”
¿De verdad? ¿De verdad sigo queriéndola? Pues, claro que sí, como no
seguirla queriendo, hombre. Pero, ¿”querida”? En mi opinión, iniciar una carta
con ese adjetivo es similar a llamar “padre” al desconocido que todas las
noches se acuesta con tu madre aun sabiendo que en la habitación de al lado
intenta descansar un chico que sólo piensa en canicas y fracciones. O sea, es
algo forzado, algo ruin, algo que ni siquiera debería de considerarse. Y no es
que me haya pasado, crecí en un hogar convencional. Extraño, a veces
insoportable, pero convencional. Es sólo que esto de las metáforas siempre se
me dio bien (y observo a tientas en la oscuridad ese estante en el que presumo
a los invitados inexistentes mis premios y títulos por mi labor de escritura,
aplauso, guiño, gracias a todos). Basta, intentemos de nuevo.
“Mariana”
Y pude continuar con un “tanto tiempo sin escribir tu bendito nombre”. Y
sentí una brisa que soplaba desde mi estómago hasta mi tráquea. Era una brisa
gélida, propia del sentimiento escondido de forma superficial en las costillas
de quien ama fervorosamente. Sonreí por instinto o por lástima a mí mismo y me
dispuse a continuar. Mis planes se vieron frustrados, el sonido de tres golpes
secos en la puerta arremetió en mi atmósfera de calma y nostalgia. Mi
atmósfera, sólo mía. Maldición, pensé.
-¡Hola, Ricky!
–me dijo con su voz chillona y su entusiasmo de gorda. Debo admitir que a pesar
de que tenía los dientes amarillentos, pequeños y separados, había algo en su
sonrisa que me hacía sentir como en un día soleado.
-Pasa –le dije
luego de saludarla con un beso en la mejilla y hacerme a un lado para que
entrara.
-¿Por qué tan
a oscuras, Ricky? Me sorprende que aún no hayan acabado contigo los mosquitos
–dejó una bolsa de color blanco en la mesa, justo al lado de mis pensamientos
insolentes –Te traje algo de comer, supuse que no habrías comido nada. Espero
que te guste.
-Gracias, sí,
en realidad no he comido nada. Pero no tengo ni un poco de hambre. Creo que
estoy enfermo del estómago o algo por el estilo. ¿Qué hay en la bolsa?
-¡Oh, yo sé
que te va a gustar! –y cuando se dispuso a sacar lo que sea que había en la
bolsa, notó las hojas que unos minutos antes habían recogido mi frustración de
remitente -¿Qué es eso? ¿Trabajas en un nuevo libro?
-Yo no lo
llamaría libro –dije, y esta vez no tenía ni una sola intención de explicarle
que no era un libro sino un relato. O un cuento. O un artículo. Eso que siempre
me pasaba con la ingenua Coralia a quien solo le importaba verme feliz de
cuando en cuando. No le dije nada más.
-Entonces…
¿Qué es? –en su mirada había algo que sólo había visto en pocas ocasiones cuando
éramos jóvenes.
Guardé
silencio un momento. Mientras veía la parte baja de su vestido morado con
estampado floral, solamente pensaba en los campos de tulipanes de Holanda. Era
más que obvio que no quería estar ahí. Mucho menos con ella. Creo que me atrevo
a decir que tampoco quería estar escribiendo la maldita carta. Sólo quería
sentarme en la oscuridad a dejar que los mosquitos hicieran su labor con mi
sangre.
-Tuve un rato
de inspiración –es lo único que se me ocurrió.
-Entonces…
¡Escribes un libro! –sus ojos brillaron cuando me dijo esto. Pobre Coralia,
siempre tan entusiasta, siempre tan tonta –O no es un libro… Es un cuento o
algo así, ¿verdad?
-Digamos que
sí. Pero no funcionó, entonces lo mejor será que lo tire a la basura, donde
pertenece.
-Eres muy rudo
contigo mismo a veces, Ricky –tomó mi mano y la sobó con sus gruesos dedos
–Para mí siempre tuviste un gran talento. Y creo que no sólo para mí. ¿Por qué
no me cuentas de qué se trata la historia mientras comemos lo que te traje? A
mí me encantaría ayudarte en lo que sea que se te haya ocurrido.
Odiaba que me
dijeran Ricky. Y lo más gracioso es que sólo ella me llamaba así. Luego de un
rato de duda tomé una decisión de esas que no tomarías en un momento de
cordura.
-De acuerdo,
siéntate. Pero antes, iré a traer otro manuscrito. Es que este relato tiene
algo así como… dos partes, no sé. Esperame aquí.
Al cabo de dos
minutos regresé al comedor con dos hojas en mis manos. Sentía un enorme vacío
en dónde tendría que estar mi estómago. Es que tantas veces había leído esas
hojas cuando llegaron a mí; luego las guardé en una caja debajo de mi cama y no
habían salido de ahí hasta este momento. Si bien es cierto que pensaba en las
letras impresas en dicho papel cada día de mi existencia desde que las leí por
primera vez, había decidido que no quería tenerlas cerca de mí. Y ahora estaba
a punto de leérselas a alguien. Y ese alguien era Coralia, la mujer que estaba enamorada
de mí y que ocultaba su admiración y sentimientos hacia mí bajo una capa de
amistad tortuosa y extraña. Digamos que fue una especie de alivio, ya que,
tiempo después, me daría cuenta que no sabía que contestar pues no recordaba
exactamente lo que decía.
-Bien, esta es
la… El manuscrito primero –dije mientras desdoblaba, no sin cierta ansiedad, la
carta.
-Déjame leerlo
–dijo mientras extendía su brazo con creciente curiosidad.
-Preferiría
leerlo yo. Ya sabes, para crear una mejor atmósfera narrativa. Literaria.
Asintió con
una sonrisa. Me sentí patético y cruel. Ella estaba sentada en la silla que yo
había estado usando anteriormente, entonces tuve que sentarme en el otro
extremo de la mesa. Miré la caligrafía redonda, fina, perfecta y sentí que los
vellos de mis brazos se erizaban como si alguien me frotase la espalda con un
témpano de hielo. Tardé un momento en hablar, simplemente estaba contemplando
las palabras dibujadas en las hojas.
-La historia
se desarrolla en los años 30. Para ser más exacto, diría que en 1938. Son dos personajes
–levanté la mirada y me encontré con sus ojos inquisitivos, atentos –son una
pareja. Más bien, lo eran, pero ahora ya no. Entonces ella le escribió una
carta a él. Bueno… Toda la historia se basa en las cartas que ambos escriben.
Me enfoqué de nuevo
en la carta. Si antes había sido difícil leerla, ahora que una mujer que está enamorada de mí y que no tiene idea
del engaño que estoy a punto de narrar me escuche con atención, sería
imposible. Me fijé en el primer detalle.
Antofagasta, 15 de junio de 2002
-Bueno,
pensaba que la historia podía estar ambientada en Barcelona. Digamos que ella
está en Barcelona y él… Bueno, él está aquí –mentalmente hice un nudito con mi
intestino delgado, estómago y corazón.
Mi Ricardo
-Pensé en
llamarle Emilio –dije mirándole. Ella me dedicó una sonrisa con los labios y me
hizo un gesto con la cabeza. Proseguí.
«Escribo estas
líneas sin saber cuál será su destino final. No sé nada de ti desde hace tanto.
¿Cuánto ha pasado ya? No importa. Sabes que para mí el tiempo no era más que un
invento del hombre para controlar sus deseos y ansiedades mortuorias, un
invento que simplemente le consuela de la soledad que le persigue al saber que
existe en un plano infinito que nunca logrará reconocer en su totalidad. Cada noche
me pregunto cómo será la cama sobre la que reposas, cuál será el sueño que
alimentas con tus temores, qué será lo que te deparará el cambio de cielo. Me
cuestiono cómo será tu vida, tu realidad en este momento. No quisiera entrar en
sentimentalismo, sabes bien que no soporto que conozcan mi lado melodramático
(aunque seas tú, el causante de todo desborde de mis emociones).
Cuando nos
despedimos, pensé que todo era una pesadilla. De esas que me gustaba contarte
cuando caminábamos de regreso a mi casa bajo la luz de mi enemigo mortal del
verano. Ya te había dicho innumerables ocasiones el cuento de las almas
perdidas, las vidas pasadas y los amantes interconectados. Ya sabes lo que
pienso de lo nuestro y lo que me pasó cuando decidí entregarme a ti enteramente.
Ya sabes que para mí eres todo lo que siempre buscaba mi alma (en cualquier
religión, en cualquier creencia) y creo que eso fue lo que me hizo entregarte
toda ventaja sobre mi ser. Es que ha pasado tanto desde la última vez que posé
mis dedos en tu mano que creo que no recuerdo qué es sentirse dichosa (más
melodrama, pero es la realidad. Disculpame por los rodeos, es que tanto espacio
a estas horas sólo da lugar a que me remonte a todo lo que fui cuando sabía que
era tuya).
-¿No crees que
es demasiada palabrería? –interrumpió Coralia –No sé mucho de escritura y de
libros y eso… Pero pienso que son muchas palabras innecesarias… No sé, eso
pienso.
La miré por
unos segundos. No sé cuál fue mi expresión exactamente, pero sí sé que su rostro
adoptó una expresión de preocupación. Seguramente pensaba que iba a darle una
charla de esas que daría cualquier novato que intenta sorprender a sus amigos
que no saben nada de literatura. Regresé la vista a la carta y repasé
mentalmente algunas de las palabras que acababa de leer en voz alta.
-Yo también
pienso que algunas palabras son innecesarias –dije finalmente –Pero ese es el
punto, quiero que el personaje tenga una personalidad perfecta. Es decir,
quiero que sea alguien que haga muchos rodeos, que se note que es muy buena con
el lenguaje, alguien que exprese sus sentimientos mejor de forma escrita que
hablada. Además, recordemos que este es 1938, las personas hablaban de forma
diferente a la nuestra.
-Tienes razón
–me dijo. Aunque en su rostro siempre se reflejaba esa expresión de
incertidumbre –Supongo que el hecho de que estaban en España también tiene que
ver, ¿verdad?
Asentí
lentamente. Mi vista estaba de nuevo en las palabras que Mariana había dibujado
en algún lugar de Sudamérica con la perfección que caracterizaba cada cosa que
hacía. Me olvidé por un momento de que Coralia estaba frente a mí.
-¿No vas a
seguir, Ricky?
-Oh, sí, sí.
Sólo me fijaba en que cometí uno que otro error de puntuación –no era cierto.
Mariana no cometía errores de puntuación. Me atrevía a decir que no cometía
errores de ningún tipo.
«Cuando llegué
a este enorme país (cargada de mis sueños con los que quizás ya te tenía
aburrido) pensaba que iba a ser el comienzo de la vida que siempre quise.
Pensaba que todo iba a ser como en los libros de los que me enamoré. Ya sabes,
la protagonista (o el protagonista, nunca me importó eso) que se dedica a su
arte y vive una vida bohemia, cargada de emociones y aventuras relacionadas con
lo que más ama. Quizás te reíste con esa línea, pero sabes que siempre he sido
soñadora. Lastimosamente este país me enseñó que todo lo que siempre soñaba se
quedarían como eso nada más, es decir, como simples sueños.
Una historia se
gestaba en mi pensamiento desde mucho antes de llegar. Nunca te hablé de esa historia
porque pensaba que no estaba lista, que era algo así como un misterio, no sé.
Yo pensaba que esa historia me iba a resolver la vida, que me iba a volver una
especie de leyenda urbana (una vez más te recuerdo que cuando me pongo a soñar
no hay límite que me impida seguir subiendo). Conseguí un trabajo de
recepcionista en una pequeña compañía de seguros que es propiedad de una amiga
de mi tía Merlina (a propósito, cuando hablaba con ella no dejaba de
preguntarme por ti). Vivía con unos amigos de la amiga de mi tía (¡Imagínate!),
eran gentes muy educadas, muy atentas. Muy religiosas, te cuento, muchas veces
les acompañaba en sus rezos de la noche. Normalmente rezaban rosarios a sus
difuntos. Eso me hacía sentir en casa. A pesar de que eran personas muy agradables,
yo sentía que mi lugar no era ese. No voy a aburrirte contándote todo lo que
pasé cuando decidí apartarme del pequeño hogar de los Rovira para mudarme a un
cuartito que yo misma rentaba. Lo único que te diré es que nunca pensé que
llegaría a cansarme de la soledad, del sentimiento que te provoca la oscuridad
en un lugar que no conoces. No es muy buena combinación.
Ahora que ya
estaba sola, pensé que sería el momento perfecto para empezar a pintar, pero
sobre todo, para empezar con la historia de la que te hablé. Pasaba todo el día
en el trabajo y las noches las dedicaba a desperdiciar hojas en pensamientos
que ya escritos en nada se asemejaban a la historia que tenía en mente. Esos
días eran los que más me hacían pensar en ti, en tu forma de inventar
personajes, en la forma en que tejes universos inimaginables. Pensaba en tu
técnica, en tu imaginación y en tus dedos. Pensaba en que pagaría todo el
dinero (poco, pero honrado) que tenía en esos momentos solo para sentir tus
dedos en mis mejillas una vez más. Aprendí a fumar, ¿podrás creerlo? ¡Yo que
era la que siempre me enojaba por tu mal hábito! Aprendí muchas cosas que no
son tan buenas, Ricardo. Pero aprendí. Ojalá que ese aprendizaje me hubiese
servido para algo. Para la historia específicamente.»
-¿Ricky? ¿No
dijiste que el chico se llamaba Emilio? –dijo Coralia luego de que hice una
pausa cortísima para pasar al siguiente párrafo. Levanté la vista y me topé con
sus ojos que no dejaban esa ridícula expresión inquisitiva.
-Sí, se llama
Emilio.
-Entonces,
¿por qué dijiste “Ricardo” mientras la leías?
Yo pensaba que
Coralia no me ponía atención. No es que la subestimase, pero la pobre mujer no
tenía el más mínimo conocimiento de literatura y, por lo tanto, todo lo
relacionado a mi oficio era para ella desconocido y complicado. Siempre se
emocionaba con lo que le decía, pero yo sabía que no entendía ni pío. Sin
embargo, me di cuenta que esta vez me escuchaba en serio. Miré el reloj y éste
marcaba las 8:10. Solo habían pasado 10 minutos.
-No dije eso.
El sujeto se llama Emilio –le contesté de forma seca.
-¡Sí! Dijiste
“Ricardo”, a ver, lo dijiste…
Se estiró con
la intención de tomar las hojas e indicarme en qué parte había dicho mi
verdadero nombre. Más tarde repararía en que mi reacción fue exagerada e
irrespetuosa. Le clavé la mano en la muñeca cuando sus regordetes dedos estaban
a escasos 5 centímetros de la carta de Mariana. No me di cuenta de que
presionaba con fuerza.
-Nunca dejo
que nadie toque mis manuscritos. Y menos tú, Coralia. Siéntate de nuevo y
aléjate de estas páginas. Nada tienen que ver contigo.
Me miró
asustada. Pensé que iba a romper a llorar. Reaccioné y le solté la muñeca
bruscamente.
-Lo siento,
Coralia. En serio, discúlpame. Es que no me gusta que toquen mis manuscritos.
Especialmente si no los tocan con cuidado y pensé que los ibas a arrugar o algo
por el estilo. Lo lamento mucho
Fue lo único
que pude decirle. Ella volvió a sentarse recta y su rostro mostraba una
expresión de tristeza verdadera. No voy a negar que me sentí como una bestia.
Me puse de pie, con la carta siempre en mis manos, para intentar solucionar la
situación.
-¿Sabes qué?
Ni siquiera es importante. Comamos lo que trajiste y luego te voy a dejar a tu
casa. Podemos pasar por el parque si
gustas. La noche está fresca y bonita, hay que aprovecharla.
-Quisiera
escuchar el final de la historia –dijo luego de unos segundos de silencio.
Tenía la vista fija en mi mano derecha, es decir, en la carta.
-No es una
historia…
Si hay un
premio a la idiotez yo ganaría por unanimidad de los jueces.
-Sé que no es
una historia, Ricardo –su tono de voz era solemne, apagado –yo sé que es una
carta. Una carta de Emilio –me miró a los ojos con una sonrisa de dolor –a…
Bueno, no me has dicho cómo se llama la mujer.
-Ariana.
-A Ariana.
Quisiera escuchar la historia, Ricky. Sabes que todo lo que escribes me
encanta. Y eso que no me gusta leer en lo absoluto. Anda, al menos cuéntame el
final.
Me quedé
parado mirando al suelo. No podía pensar en nada más que en la primera vez que
besé a Mariana. Pensaba en todo lo que habíamos vivido. Haber leído su carta de
nuevo (y esta vez frente a Coralia, que sabía que yo la había amado como a
ninguna otra mujer en mi vida) me produjo la misma sensación que cuando me dijo
que se marcharía. ¿Cuánto había pasado? ¿Por qué no me fui con ella? ¿Por qué
no le decía a Coralia que quería que se fuera para ponerme a llorar de una vez
por todas? Pensé que iba a gritar, pensé que me iba a tirar al piso y que le
diría a Coralia que no, que no era una historia. Que no había ni Emilio ni
Ariana. Que solo había Mariana para mí. Que se fuera, que no volviera y que
avisara a todos los que me conocían que extrañaba tanto a esa menuda mujer que
se había hundido en su único amor: las letras. En esa mujer que tanto me había
costado descifrar. Quería llorar al ritmo del casi inaudible tic-tac del reloj
de la cocina.
-«No sé
realmente cuánto tiempo me queda. El doctor me explicó con paciencia como
funciona esto del SIDA. Yo también sabía (por esos conocimientos del colegio
que crees que quizás nunca te van a servir en la vida), pero no quiero pensar
en ello ahora mismo. No quiero pensar en cómo se ve mi cuerpo desvaído frente
al espejo. No quiero pensar en cómo este suplicio se está devorando lentamente
todo lo que llevo por dentro. No quiero pensar en las palabras de mi madre, tan
claras, tan mordaces: “tú ya no eres mi hija” a través del teléfono, cruzando
miles de kilómetros para impactar mi ya atormentado corazón. No quiero pensar
en lo que me hizo hundirme en este problema. No quiero pensar en nada de eso.
Sobre todo hay dos cosas en las que no quiero pensar: no quiero pensar en esa
maldita novelucha de 200 páginas que allá afuera venden a mi nombre. No quiero
pensar en esa maldición que surgió de mis dedos que extrañaban toda una vida de
felicidad que se quedó atrás.
Sobre todo, no
quiero pensar en que no podré decirte que eres lo único que en verdad he amado,
Emilio.»
Cuidé de no
equivocarme esta vez, pero mis labios ardían en deseo de pronunciar, por
primera vez luego de seis meses desde que la carta llegó a mí, mi nombre al
final de esa oración. Callé, cerré los ojos e imaginé la figura de Mariana
vestida con su blusa blanca y su bufanda color rosa, como tanto me encantaba.
Sentí los brazos de Coralia rodeándome por la espalda. No abrí los ojos.
-Deberías de
terminar de escribirlo. O publicarlo si ya terminaste –me dijo sin soltarme –No
esperaba ese final, digo, cómo alguien puede decirle a la persona que ama que
está a punto de morir a través de una carta. Pero, a pesar de eso, todo está
muy bien. Tú eres el mejor, Ricky –y hundió su rostro en mi espalda baja.
Si no me
hubiere controlado, habría golpeado sin clemencia a Coralia. Me aparté de sus
brazos y doblé lentamente la carta hasta que solo quedara un rectángulo de unos
4 centímetros de alto. Esbocé una sonrisa fingida y le di las gracias a
Coralia. Al menos me había escuchado.
Comimos. La
bolsa contenía cuatro sándwiches de pollo con papas fritas. En la nevera tenía
un poco de jugo de naranja. La cena transcurrió entre conversaciones vagas, muy
alejadas del tema de la carta-historia, y una que otra risa. Coralia se fue a las 9:00 luego de haberse
entretenido hablándome de sus problemas. No es que quiera entrar en el papel
del escritor amargado que se cree superior al resto, pero todo lo que me dijo
me importaba menos que un carajo. Se despidió con un abrazo efusivo y con esa
su sonrisa cálida y desfigurada. Le di un beso en la mejilla (casi como
compensación por todo lo vivido) y sus ojos parecían a punto de estallar del
brillo. Le dije que estaba muy cansado y que debía dormirme ya, sino habría
estado ahí mirándome como boba toda la noche. No le mentí, en realidad estaba
cansado. Quizás no era cansancio físico, pero estaba cansado.
Me preparé un
té de manzanilla y me dispuse a irme a la cama. Cuando estaba a punto de apagar
la luz de la cocina reparé en las páginas que aún seguían en la mesa. Dejé la
taza en el desayunador y cogí la pluma de nuevo. Me senté.
«Es una
verdadera alegría saber de ti, Mariana. Francamente no esperaba noticias tuyas
desde aquella última llamada que tuvimos cuando llegaste a Chile. No esperaba
saber nada de tu alma aventurera que me cautivó desde que me dijiste que
estabas enamorada de mí. Aquí todo marcha bien. Yo voy bien. El mundo va bien.
El mundo va
bien.
El mundo va
bien. Yo voy bien porque voy contigo. Vas conmigo aquí, siempre. Aunque estés
donde sea que estés. El mundo va bien porque aún vas conmigo, Marimar.»
Estuve
llorando hasta las 11:00. Afuera soplaba una brisa lúgubre que invitaba a
quedarse en el llanto por otras dos o tres horas más. Mi té estaría más frío
que mi vida en esos momentos. Miré las hojas y mis lágrimas habían corrido una
parte de la tinta que había utilizado para escribir. Arrugué las páginas y las
tiré en el basurero de la cocina. Dejé ir el té por el lavaplatos y me dirigí a
mi cuarto.