"The worst enemy to creativity is self-doubt" -Sylvia Plath

jueves, 14 de julio de 2016

Hombre y Mujer

El hombre llega al mundo con malicioso plan casi divino. Tenía la fecha de llegada calculada. Se confunden los gritos de la madre con los de su agudo vozarrón. Señal de que nunca va a callarse. La mujer llega al mundo por pura casualidad. Cae como lluvia en estación seca: de golpe y sin aviso. La madre no grita, la mujer grita por ella. El hombre no necesitó el golpe (o nalgada) de la vida. A la mujer tampoco le hizo falta. Llegaron, planeados o casuales, sin la intención de callarse.

Al hombre le reciben con todos los dones que pueden brindársele a un ser humano recién llegado al planeta. Desfilan siluetas y personalidades que auguran un futuro brillante, una personalidad maravillosa y toda la bonanza existente en esta Tierra. La madre se regocija con su producto en brazos. “Tiene mi nariz, ¿ya vieron?, sí, el único, sí, mi hijito”. El hombre no deja de llorar. Grita. Grita como sólo podría gritar aquel que conoce el poder que encierra en su garganta. Grita con la llegada del alba. Grita al mediodía. Grita por el viento de las seis. Grita incluso en el regazo de la madre, a pesar de la creencia de que no hay lugar más seguro que el regazo de la santísima madre de uno.  Al primer grito, en estampida avanzan los que estén más próximos para intentar acallar los tormentos del hombre. Al primer grito, llueven en abundancia toda clase de atenciones y mimos. Al primer grito, el hombre consigue lo que quiere.
A la mujer la reciben como bendición. No hay nadie que no quiera cargarla en brazos. Todos quieren tener el honor de balancearla de un lado a otro mientras emiten sonidos que, más que parecer tiernos, recuerdan a un grado de retraso mental. Hacen fila almas conocidas y otras que solo aparecen en calamidad, chisme o bonanza para dar el veredicto al ver a la criatura: sí, es de él; no cabe duda, tiene la misma forma de los pies. Sí, la madre no resultó ser una piruja después de todo. ¡Chis! Que no te vayan a oír”. El padre se deshace de orgullo al mostrar su creación: “¿Ya vieron? ¡Tiene las mismas manos que yo!”. La mujer no se calla. Grita aunque esté en los brazos de su madre. Cuando emite el primer grito, corren a ver que no le falte el aire. Cuando emite el primer grito, nadie se resiste a levantarla y hacer toda clase de maromas con los brazos para que cese su llanto. Cuando emite el primer grito, la mujer obtiene lo que desea.

Entre mimos y caprichos, el hombre deja las enaguas de la madre y camina por tierra firme. Se cae varias veces, patea varios balones, aprende a decir varias palabras, se cae de nuevo, conoce los colores, siente la tierra bajo sus pies, se cae de nuevo y empieza a decir sus primeras ideas. Aún grita, pero no como cuando el regazo de la madre era su único universo. “¡Qué niño! ¡De seguro será un médico talentoso como su padre! ¡Qué suerte la de la madre, tener a su único varón! ¡Qué familia tan encantadora! ¡Qué bendición! ¡Qué bendición!”. La parte de poder decir sus ideas es lo que más le gusta. Nombra todo lo que le rodea. Pregunta de todo lo que tiene a su alrededor. Señala, duda, plantea, inventa. Los gritos van quedando en segundo plano, ha descubierto una nueva herramienta: la argumentación, la expresión oral.
Por cuidados  y anhelos, la mujer planta sus pies en el suelo por primera vez. Tropieza muchas veces, sus dedos sienten las hojas del jardín, abraza a muchas muñecas, entiende varias palabras nuevas, vuelve a tropezar, corre por los pasillos y comienza a contar sus primeros pensamientos. Todavía grita, pero no con la misma frecuencia de cuando aún no dejaba el lecho maternal. “¡Es toda una damita! ¡Tiene los ojos de la madre! ¡Qué pestañas, qué gracia la suya! ¡El padre está más que orgulloso! ¡Será una mujer de bien! ¡Qué divina! ¡Qué divina!”. No existe diversión más grande que poder contar todo lo que piensa. Explora todo lo que hay a su alrededor. Piensa y pregunta. Parece que se ha olvidado de los gritos por ahora. El habla se convierte en su nueva arma.

Han descubierto el mayor logro evolutivo. Han dominado la mayor capacidad adquirida por el ser humano. Ahora no hay quien les quite el poder. Él acá, ella por allá. Ya no gritan como antes: les bajaron los decibeles para subirles la educación. Les felicitan cuando expresan lo que piensan y les riñen cuando pierden los estribos y escapan a ese lugar donde, a veces, es bueno refugiarse: la rabieta, el berrinche, la pataleta, la explosión, los gritos. Ya no corren descalzos por la tierra húmeda ahora habitada por seres microscópicos que quieren destruir sus cuerpos. Hoy llevan calcetas y zapatos cerrados, aún en el piso de cerámica del interior de sus casas. Ya no patean balones ni abrazan muñecos como antes. Ahora se entregan a cuadernos de caligrafía y libros de aritmética básica. Ya no tropiezan con rocas, raíces que sobresalen del suelo, varas o juguetes que actúan como obstáculo. De hecho, el hombre y la mujer ya no corren como antes. Dejaron de usar las piernas para echar carreras y ahora las utilizan para marchar en días cívicos. Olvidaron (casi por completo) cómo se veía una hoja salpicada por el rocío de la madrugada o los restos de la lluvia de la noche anterior. Habían sustituido estos recuerdos e intereses por nombres de países y órganos del cuerpo humano.

El hombre desarrolla una voz profunda y melódica. Sus músculos adquieren rasgos sobresalientes. A pesar del crecimiento del vello facial, siempre mantiene su rostro limpio, como el del niño que había dejado de ser hace mucho. El rostro de la mujer olvida los rasgos infantiles y se convierte en el de una doncella de ojos vivos. Su cintura se contrae y deja a la vista dos curvas pronunciadas de las que estaría orgullosa toda su vida. Los rizos de su cabello se acentúan de tal forma que su cabeza parecía adquirir mayor tamaño. La madre no era la única referencia femenina de cuidados para el hombre ahora. El padre ya no significaba el único cariño en la vida de la mujer. El hombre y la mujer habían descubierto el amor.
El hombre se enamora de A. Se siente embelesado por la pureza de su risa y el misterio de sus labios. Descubre que le atrae el cabello largo. Conoce el cielo al posar su boca en la de A. Viaja por el universo al sentir sus manos en el pecho. Vive un frenesí que, pensó, jamás viviría en ninguna otra ocasión de su vida. El hombre olvida recuerdos innecesarios y llena su mente con el rostro y el cuerpo de A. Encuentra la lujuria, vive la pasión. A sonríe y al hombre se le hiela la sangre. Ha olvidado todo lo que alguna vez supo. Para el hombre sólo existe A.

La mujer se enamora de B. No existe nada que se compare con el sonido de su voz y la magia de sus ojos. Encuentra una gran pasión por los ojos marrón. Vuela por el firmamento cuando B acaricia su cabello. Siente una brisa infinita por dentro al besar sus labios. No existe, piensa ella, nada que se compare o supere lo que en estos momentos siente. La mujer no recuerda otra cosa que no esté relacionada con los ojos y la sonrisa de B. Descubre los placeres de la piel, conoce la pasión. B sonríe y a la mujer se le hiela la sangre. Se le ha olvidado todo lo que alguna vez supo. Para la mujer sólo existe B.

A quiere sonreír junto al hombre siempre. B quiere que la mujer sea suya hasta el fin de sus días. El hombre está enamorado de A. La mujer ama a B. El tiempo, del que tanto han escuchado a sus padres, conocidos, colegio o personas en general, nunca estuvo de acuerdo con el hombre + A y la mujer + B. A lloró el desplante del Hombre y B nunca se recuperó del carácter de la mujer.

El hombre, ahora sin A, camina por el sendero de la vida sin preguntarse el porqué de ser “el hombre sin A”. Se olvida del pesado rostro de A y sustituye las memorias de su cuerpo con pensamientos que giran en torno a las combinaciones de colores en la naturaleza y la circunferencia de la Tierra que se dibuja a veces en el cielo. La mujer, ahora sin “B”, avanza por la vida sin recordar siquiera por qué es “la mujer sin B”. Deja de lado el rostro gris de B y olvida los pensamientos que se relacionan con su cuerpo para enfocarse en la profundidad de la oscuridad por la noche y el concepto de tiempo que manejan los seres humanos. Hasta este punto, ambos han olvidado casi por completo lo primero que aprendieron al llegar al mundo.

El hombre, despreocupado y desatento, camina por la calle angosta sin inmutarse en otra cosa que no sea la melodía de su pensamiento en blanco. La mujer, presurosa y altiva, avanza por la calle angosta sin planificar algo más que su itinerario. El cielo, planificado hasta el momento, muestra su faceta más celeste, propia de un día de verano. El hombre nota una nube gris en el firmamento. La mujer presiente que algo inesperado se aproxima. No está planeado que llueva en un día de verano.

La mujer posa su mirada en la nariz del hombre. El hombre nota la mirada profunda de la mujer. Ella sonríe, él hace su intento por corresponder el gesto. Ambos avanzan por la calle angosta sin mirar hacia atrás. El rostro de la mujer queda impregnado en la mente del hombre. El rostro del hombre se dibuja en la memoria de la mujer. Del cielo cae una gota. Dos. Tres. Seis. Diez. Veinte. Hoy ya no se pueden contar. La gente maldice la lluvia “¡No estaba planeado! ¡No se suponía que iba a llover!”


El hombre y la mujer redescubren, juntos, la esencia de lo primero que aprendieron al llegar al mundo. El hombre y la mujer vuelven a gritar. Ella grita de júbilo, de placer, de ira. Él, de emoción, de pasión, de cólera. Olvidan la aritmética, la geografía, los buenos modales, las oraciones de la noche y de la comida, las fases de la luna, las ecuaciones cuadráticas, a B, A, M, T, X, Z. El hombre y la mujer se encuentran y recuerdan el poder que llevan en la garganta. Lo demás ya lo han olvidado.

domingo, 5 de junio de 2016

La plaza de los Héroes

-¿Sólo inaugurar una mugrosa plaza?
-Sí, general Driotes
-Que no me digas general, hijo.
-Sí, señor presidente.
-¿Y dónde es la inauguración?
-En la placita, señor.
-¡Pero dónde, el lugar, el nombre del espacio, idiota! Disculpá, hijo, me exasperé un poco.
-En la placita de los Héroes.
-Mierda, en serio odio ese lugar. Tanta gente, tanto ruido, tanto calor, odio ese lugar. Y todo por una mugre de estatua, ¿cuándo es?
-El próximo viernes, señor.
-Viernes, ¿no es más allá de las cinco?
-No, es a las dos de la tarde.
-Y en pleno sol de verano. ¿No pueden enviar a Morán?
-No, señor, los del departamento de eventos dijeron que era vital que fuera usted quien inaugurara la plaza.
-¿Por qué?
-Popularidad con la población.
-Cómo si me importara. ¿Fumas, Salazar?
-No, señor.
-¿Te molesta si me echo un cigarrito?
-No, señor.
-Pensé que tenías asma. O algo como eso.
-No es grave.
-Correcto, correcto. Pienso que la vida debemos tomarla como un cigarro… Dejar que el humo  llegue a nuestros pulmones, nuestras venas, para que se lleve todo lo malo. ¿Me entendés, Salazar?
-Sí, señor.
-No, déjate de pajas, no me entendés. No entendés nada de poesía, nadie entiende en realidad nada de poesía. ¿Por qué será tan importante algo que nadie entiende, Salazar?
-¿Se refiere a la poesía?
-Ajá
-No sé, señor.
-¿Qué estudiaste, Salazar?
-Derecho.
-¿Y en el colegio?
-¿Cómo?
-No contestés preguntas con preguntas, hijo. Eso es de idiotas. ¿Qué estudiaste en el colegio? Es que cuando yo estaba joven podías estudiar técnicos en cualquier cosa. ¿Qué estudiaste vos?
-Nada, señor, no estudié ningún técnico.
-Eso le falta al país, gente de trabajo. Gente que haga el trabajo pesado. Perdón por la tos, hijo, yo siento que me estoy muriendo.
-¿Quiere agua, señor?
-No, así déjalo.
-Está bien.
-¿Te molesta el humo? Veo tu cara, Salazar, no mintás. Si te molesta puedo abrir la ventana.
-No, señor, estoy bien.
-¿Derecho?
-¿De qué?
-Que si estudiaste derecho, hombre. Otra vez contestaste con preguntas.
-Perdón, señor. Sí, estudié derecho.
-¿Y te enseñaron algo de poesía en tu carrera?
-¿Poesía? Perdón, no, digo, sí leí algo de algún autor, pero no. No era Letras o algo así.
-¿Qué leíste?
-No me acuerdo.
-Hacé memoria. Seguramente leyeron a Cortázar, a García Márquez. ¿Ese era poeta, verdad? Perdón por la tos, un día de estos me voy a morir.
-Creo que sí, señor. Recuerdo algo de Cortázar. ¿Quiere agua?
-¿Neruda?
-No recuerdo.
-¿Lorca? De ese han de haber leído algo.
-Seguramente.
-¿Rómulo Vallejo?
-¿Me pregunta por el nombre de la plaza?
-Preguntas, preguntas. Te pregunté si leíste algo de ese pobre infeliz.
-Seguramente, señor. No recuerdo. Salí hace tres años.
-Ya veo.
-¿Quiere leer el discurso que pronunciará, señor?
-Romperé la regla de oro: ¿Quién lo escribió esta vez?
-No trae firma.
-Lee la primera línea.
-Con gran alegría nos hemos reunido esta tarde para ensalzar la memoria de un héroe de la nación.
-Pará.
-¿Sí, señor?
-“Héroe”. Empecemos por ese nombre. “Héroe”. Perdón, perdón, Salazar, creo que hoy sí te aceptaré el vaso de agua.
-Tenga, señor.
-Gracias, hijo. Te decía, empecemos por esa palabra. ¿Qué es un héroe?
-Alguien que hizo alguna gran hazaña.
-Gran hazaña, exacto. ¿Qué es una gran hazaña?
-¿Cómo?
-Pensá, abogadito. Una gran hazaña.
-¿La independencia, por ejemplo?
-La independencia, por ejemplo. Mirá, Salazar, no pensés que yo soy uno de esos hombres que llegan al poder y les importa un pito toda esa mierda de la cultura y el arte y eso. A mí me importa el arte, me importa. Le doy un gran valor a todos esos escritores y pintores y cantantes, poetas, todo eso. Sirven de algo. Pero, ¿heroísmo? Disculpá, voy a apagar esto ya, me va a matar. ¿Heroísmo?
-Supongo que el arte puede ser heroísmo.
-¿Heroísmo es un poemita? Cualquiera puede escribir unas líneas que le endulcen el oído a cualquier señorita que querás cogerte, Salazar. Un poquito de hierba o cualquier otra mierda y te sale palabrería rebuscada que suena a cancioncita. ¿Heroísmo? ¿Pensás lo mismo que yo?
-No le entiendo, señor.
-Pensá, hijo. ¿De verdad vamos a decir “héroe” en el discurso del viernes?
-¿Les digo que lo cambien?
-Es que el problema no es cambiarlo o dejarlo, Salazar. El problema es lo que la gente piensa.
-¿De Rómulo Vallejo?
-¿Por qué pensás que lo digo por el pobre ese?
-No lo pienso, señor.
-¿Por qué preguntaste?
-Duda.
-¿Qué pensás de mí?
-Nada, señor.
-¿Nada?
-Nada malo.
-Sí, de Rómulo Vallejo. Recuerdo cuando le publicaron esos sus poemas, “La tarde triste” o algo así.
-Las lágrimas de la tarde.
-Eso, eso. Un nombre mediocre, pienso yo. Claro, yo soy político y no poeta. Aunque para poeta cualquiera, es fácil. Pero que era mediocre, era mediocre. Vos quizás estabas pequeño, Salazar. No te acordás de nada de esto.
-No me acuerdo, señor.
-Bueno. Este Vallejo era de esos adolescentes hippies; el chiquillo creía en cosas revolucionarias y todo eso. Esa etapa que todos tenemos. Escribió esos poemitas que le endulzaron el oído a algunos en otros países. No eran del todo malos, yo los leí. Compré el libro cuando se los publicaron. Pero este era un simple agitador. ¿Quién le escribe un poema a una mujer violada? Se supone que el arte es hablar de los árboles, de los ríos, del cielo, ¿me seguís? Yo he leído poemas a la madre, a la luna, cosas bonitas. Y viene este y le escribe un poema a una mujer violada.
-¿El poema entre las piernas de Gaviota?
-Lo conocés, ya veo. Imaginate, qué nombre para un poema. Y sí, la cosa estaba fea, yo no tolero las violaciones y todas esas cosas. Las condeno. Pero, ¿escribirle un poema? Y el título… El sujeto sabía cómo llegarle al corazón a los que lo seguían.
-Sí, señor.
-No, pero en serio. ¿Un poema a una violada? Y luego que le saca el poema a los huérfanos. Luego el poema a los refugiados de la masacre del 78. Sí, hechos horribles, crudos. Sí, sí. Pero era un conflicto, hombre. Era un conflicto y ya sabés, en el amor y la guerra todo se vale. Perdón por la risa, hijo.
-No hay problema.
-Ya, todo bien con que escribiera esas sus canciones. Pero se metió en lo que no debía el pobrecito.
-¿Se metió?
-No te hagás, Salazar. Ya sabés lo que dicen de Vallejo. Que lo matamos los militares. Que acabamos con un héroe. Que es un inocente. Pero, ¿sabes? Yo creo firmemente que era un traidor. Simplemente un chiquillo al que se le subieron los humos y creyó que podía andar replicando los secretos de su paisito con todo el mundo, ¿me entendés?
-Sí, señor.
-¿Héroe? Disculpá, no aguanto, voy con el otro cigarrito. ¿Héroe? Quién lo diría… Le vamos a poner Plaza Rómulo Vallejo a la Plaza de los Héroes. Los verdaderos héroes. Los que hicieron por la patria. ¿Héroe? Hablame de los que trabajan, de los que dan la vida en nombre del país, de los hombres de verdad. Un lapicito cualquiera lo agarra. Hombres quedamos contados. Nosotros, los que sacrificamos todo por mantener el orden, la estabilidad de la sociedad.
-Sí, señor.
-No, de verdad. Nos tienen por los malos. Por los desalmados. Pero nosotros hicimos el trabajo sucio. Un lápiz cualquiera lo agarra, Salazar. Las riendas de una sociedad que no prospera nadie las quiere agarrar. Y después vienen y con esos lapicitos quieren desbancar a los verdaderos héroes. Decime, ¿tenés hijos? No importa, pero pensalo: tenés hijos. Los amás, das la vida por ellos. A veces los reprendés, querés que sean grandes hombres. Y mujercitas también, vaya. Pero viene alguien que quiere hacerles daño. Y ves que les quieren hacer daño. Disculpá, pásame otro vasito de agua. Gracias, hijo. Entonces, ves que alguien los quiere destruir. Pensá, ¿qué harías? ¿No sacrificarías a esos que los quieren destruir para protegerlos? ¿No lo harías? Nosotros vimos a la patria bendita como nuestra hija. Yo la vi así. Pero imagínate, tus hijos están bien porque acabaste con los que los iban a destruir, y luego te enterás que alguien por ahí anda diciendo que ese que quería hacerle daño a tus hijos es un héroe. Y que hiciste mal por intentar proteger a tus hijos. ¿Qué harías, Salazar? ¿Me entendés?
-Sí, señor.
-Es que ese es el problema. Ahora la gente no entiende el concepto de arte. Cualquiera es artista. Y héroe. Vaya cosa.
-¿Les digo que lo cambien?
-Sí, yo no voy a llamar héroe al infeliz ese.
-Entendido.
-¿Qué pensás de mí, Salazar?
-Nada malo, señor.
-Buen chico, buen chico. Vas a llegar lejos aquí. ¿Qué sigue en el discurso?
-Un verso de Vallejo.
-No me digas.
-¿Puedo preguntarle algo?
-Lo que quieras, hijo.
-¿Puedo leer un verso en el acto?
-¿Leer, vos? Disculpá que me ría, hijo. No es por ser malo, de verdad, de verdad. No creas que estoy faltándote al respeto, pero esto es para figuras oficiales. ¿Por qué querés leer un verso de esos? ¿No entendiste lo que te dije sobre los poemas de Vallejo?
-Es que uno me gusta mucho, señor.
-Lo siento, hijo.
-Está bien, tiene razón.
-Ya, ¿qué pensás vos de este hombre, Salazar?
-¿Qué pienso?
-Sí.
-No mucho, señor. No me gusta la poesía.
-Pero querés leer un verso de él.
-Es que me gusta.
-¿Entonces?
-Pienso que el sujeto escribía bien, señor. Algunas cosas eran ciertas.
-¿Ciertas?
-Sí, señor. Mi padre me decía que el verdadero poder está en hacer que las personas vean lo pequeño, lo que nadie quiere ver.
-Ajá.
-No sé, pienso que Rómulo logró que viéramos lo que nadie quería ver.
-Ajá, le das la razón.
-No le doy la razón, pero pienso que debió ser difícil.
-¿Agarrar un lápiz? ¡Hombre! Difícil es empuñar un arma, fabricar objetos, trabajar en industria, ser ingeniero. ¡Hombre! Difícil es trabajar, ser alguien en la vida.
-Yo no puedo escribir versos.
-Yo tampoco.
-Entonces Rómulo sí. Y nos dijo cosas por esos versos. Nos enseñó que hay más cosas en la vida.
-Válgame dios, hijo. Ya veo lo que les enseñan en las Universidades ahora.
-No es tan malo.
-¿Sos revolucionario entonces, Salazar?
-No, señor.
-¿Estás bien con el sistema?
-No le voy a mentir, hay cosas que podemos cambiar.
-Hombre, no me vayas a decir que querés hacerte poeta, ¡aquí mismo me mato, Salazar!
-No, señor.
-Me alegro, eso no trae nada bueno. Hombre, me tengo que ir, tengo un compromiso más importante. Te encargo que cambien todo eso que te dije, Salazar.
-Sí, señor.
-Salgamos.
-Que le vaya bien, señor Presidente.
-Espera, espera, Salazar.
-¿Sí, señor?
-Me gustó mucho lo que dijiste.
-¿Lo de Vallejo?
-Sí, en serio me gustó mucho.
-¿De verdad?
-Sí. Eso que dijiste de “nos enseñó que hay más cosas en la vida?
-¿De verdad lo piensa?
-Sí. Creo que voy a proponer algún programa de salud o de educación con ese lema.
-¿Con el nombre de Rómulo?
-No, hijo, con las palabras que dijiste. Sigue así. Te dejo.


-¿Y qué dijo el presidente, Salazar?
-Que le parece. No puede esperar a decir que Rómulo Vallejo es un héroe nacional.  Y yo tampoco puedo esperar a escuchar que lo digan.
-Entonces, ¿no quiso cambiar nada?
-No, de hecho dijo que se sentía muy bien que al fin le dieran el crédito a quienes en serio lo merecen.
-¿En serio dijo eso?
-En serio.

domingo, 29 de mayo de 2016

El mundo va bien

“Es una verdadera alegría saber de ti”

Taché la frase. La hoja estuvo a punto de romperse por acción del filo del bolígrafo.

“Tenía mucho de no pensar en ti”

¿Eso es lo mejor que puedes decir? ¿10 años y lo que dices es una mentira?

“Todo marcha bien por acá, quisiera que lo pudieras ver tú misma”

Verdad a medias es mentira completa. Y claro, nada marchaba bien en mi vida. Pero sí quería que estuviese ahí para observarlo con esos ojos de gato que tanto me asustaban. Arrugué la hoja y estuve a punto de tirarla al suelo para generar el efecto que se acoplara a la perfección a mi sensación de impotencia. De desgano. De soledad.
Me levanté de la silla y caminé hacia la cocina. El reloj de la pared adyacente a la sala me susurró que diez minutos me separaban de las ocho de la noche. Diez minutos me separaban de Coralia. Me quedaban diez minutos de paz. Mientras bebía un vaso con agua (casi a la fuerza, mi garganta me pedía a gritos otro tipo de bebida más escandalosa) observé la pulcritud de la mesita que hacía las veces de comedor. Enfoqué mi vista en las páginas que reposaban en la superficie de madera. Sobre el papel yacía un bolígrafo cromado marca Cross, obsequio de mi jefe en ocasión de mi cumpleaños 35. Tal arma manipulada por este soldado de las letras habría de producir los mejores resultados en cuanto a la creación de frases con sentido y profundidad. El problema es que, en ocasiones, no tomamos en cuenta que la batalla no siempre está asegurada por el hecho de poseer armamento y experiencia; las guerras suelen ser caprichosas. Y en esta batalla yo era el caído.
Regresé al punto de inicio. Tenía una hoja virgen y unos minutos de gracia. Lo único que separaba mi vista del abismo de las tinieblas que era mi casa en ese momento era la luz de la cocina. Iluminaba únicamente mi parte del comedor. Perfecto. No quería ver ninguna otra cosa en ese instante. Tomé el bolígrafo (como en incontables ocasiones de alegrías, tristezas, fracasos, obligaciones o simple emoción) y escribí cuatro palabras:
“No todo está perdido”
Escribía (o intentaba escribir) una carta. Pero la frase se asemejaba al título de un cuentucho escrito por un aficionado sin empleo y con ínfulas de grandeza. No me servía de nada. Corté la hoja con la tinta del desprecio. Vamos de nuevo.
“Querida”
¿De verdad? ¿De verdad sigo queriéndola? Pues, claro que sí, como no seguirla queriendo, hombre. Pero, ¿”querida”? En mi opinión, iniciar una carta con ese adjetivo es similar a llamar “padre” al desconocido que todas las noches se acuesta con tu madre aun sabiendo que en la habitación de al lado intenta descansar un chico que sólo piensa en canicas y fracciones. O sea, es algo forzado, algo ruin, algo que ni siquiera debería de considerarse. Y no es que me haya pasado, crecí en un hogar convencional. Extraño, a veces insoportable, pero convencional. Es sólo que esto de las metáforas siempre se me dio bien (y observo a tientas en la oscuridad ese estante en el que presumo a los invitados inexistentes mis premios y títulos por mi labor de escritura, aplauso, guiño, gracias a todos). Basta, intentemos de nuevo.
“Mariana”
Y pude continuar con un “tanto tiempo sin escribir tu bendito nombre”. Y sentí una brisa que soplaba desde mi estómago hasta mi tráquea. Era una brisa gélida, propia del sentimiento escondido de forma superficial en las costillas de quien ama fervorosamente. Sonreí por instinto o por lástima a mí mismo y me dispuse a continuar. Mis planes se vieron frustrados, el sonido de tres golpes secos en la puerta arremetió en mi atmósfera de calma y nostalgia. Mi atmósfera, sólo mía. Maldición, pensé.
-¡Hola, Ricky! –me dijo con su voz chillona y su entusiasmo de gorda. Debo admitir que a pesar de que tenía los dientes amarillentos, pequeños y separados, había algo en su sonrisa que me hacía sentir como en un día soleado.
-Pasa –le dije luego de saludarla con un beso en la mejilla y hacerme a un lado para que entrara.
-¿Por qué tan a oscuras, Ricky? Me sorprende que aún no hayan acabado contigo los mosquitos –dejó una bolsa de color blanco en la mesa, justo al lado de mis pensamientos insolentes –Te traje algo de comer, supuse que no habrías comido nada. Espero que te guste.
-Gracias, sí, en realidad no he comido nada. Pero no tengo ni un poco de hambre. Creo que estoy enfermo del estómago o algo por el estilo. ¿Qué hay en la bolsa?
-¡Oh, yo sé que te va a gustar! –y cuando se dispuso a sacar lo que sea que había en la bolsa, notó las hojas que unos minutos antes habían recogido mi frustración de remitente -¿Qué es eso? ¿Trabajas en un nuevo libro?
-Yo no lo llamaría libro –dije, y esta vez no tenía ni una sola intención de explicarle que no era un libro sino un relato. O un cuento. O un artículo. Eso que siempre me pasaba con la ingenua Coralia a quien solo le importaba verme feliz de cuando en cuando. No le dije nada más.
-Entonces… ¿Qué es? –en su mirada había algo que sólo había visto en pocas ocasiones cuando éramos jóvenes.

Guardé silencio un momento. Mientras veía la parte baja de su vestido morado con estampado floral, solamente pensaba en los campos de tulipanes de Holanda. Era más que obvio que no quería estar ahí. Mucho menos con ella. Creo que me atrevo a decir que tampoco quería estar escribiendo la maldita carta. Sólo quería sentarme en la oscuridad a dejar que los mosquitos hicieran su labor con mi sangre.

-Tuve un rato de inspiración –es lo único que se me ocurrió.
-Entonces… ¡Escribes un libro! –sus ojos brillaron cuando me dijo esto. Pobre Coralia, siempre tan entusiasta, siempre tan tonta –O no es un libro… Es un cuento o algo así, ¿verdad?
-Digamos que sí. Pero no funcionó, entonces lo mejor será que lo tire a la basura, donde pertenece.
-Eres muy rudo contigo mismo a veces, Ricky –tomó mi mano y la sobó con sus gruesos dedos –Para mí siempre tuviste un gran talento. Y creo que no sólo para mí. ¿Por qué no me cuentas de qué se trata la historia mientras comemos lo que te traje? A mí me encantaría ayudarte en lo que sea que se te haya ocurrido.

Odiaba que me dijeran Ricky. Y lo más gracioso es que sólo ella me llamaba así. Luego de un rato de duda tomé una decisión de esas que no tomarías en un momento de cordura.

-De acuerdo, siéntate. Pero antes, iré a traer otro manuscrito. Es que este relato tiene algo así como… dos partes, no sé. Esperame aquí.

Al cabo de dos minutos regresé al comedor con dos hojas en mis manos. Sentía un enorme vacío en dónde tendría que estar mi estómago. Es que tantas veces había leído esas hojas cuando llegaron a mí; luego las guardé en una caja debajo de mi cama y no habían salido de ahí hasta este momento. Si bien es cierto que pensaba en las letras impresas en dicho papel cada día de mi existencia desde que las leí por primera vez, había decidido que no quería tenerlas cerca de mí. Y ahora estaba a punto de leérselas a alguien. Y ese alguien era Coralia, la mujer que estaba enamorada de mí y que ocultaba su admiración y sentimientos hacia mí bajo una capa de amistad tortuosa y extraña. Digamos que fue una especie de alivio, ya que, tiempo después, me daría cuenta que no sabía que contestar pues no recordaba exactamente lo que decía.

-Bien, esta es la… El manuscrito primero –dije mientras desdoblaba, no sin cierta ansiedad, la carta.
-Déjame leerlo –dijo mientras extendía su brazo con creciente curiosidad.
-Preferiría leerlo yo. Ya sabes, para crear una mejor atmósfera narrativa. Literaria.

Asintió con una sonrisa. Me sentí patético y cruel. Ella estaba sentada en la silla que yo había estado usando anteriormente, entonces tuve que sentarme en el otro extremo de la mesa. Miré la caligrafía redonda, fina, perfecta y sentí que los vellos de mis brazos se erizaban como si alguien me frotase la espalda con un témpano de hielo. Tardé un momento en hablar, simplemente estaba contemplando las palabras dibujadas en las hojas.

-La historia se desarrolla en los años 30. Para ser más exacto, diría que en 1938. Son dos personajes –levanté la mirada y me encontré con sus ojos inquisitivos, atentos –son una pareja. Más bien, lo eran, pero ahora ya no. Entonces ella le escribió una carta a él. Bueno… Toda la historia se basa en las cartas que ambos escriben.

Me enfoqué de nuevo en la carta. Si antes había sido difícil leerla, ahora que una mujer  que está enamorada de mí y que no tiene idea del engaño que estoy a punto de narrar me escuche con atención, sería imposible. Me fijé en el primer detalle.

Antofagasta, 15 de junio de 2002

-Bueno, pensaba que la historia podía estar ambientada en Barcelona. Digamos que ella está en Barcelona y él… Bueno, él está aquí –mentalmente hice un nudito con mi intestino delgado, estómago y corazón.

Mi Ricardo

-Pensé en llamarle Emilio –dije mirándole. Ella me dedicó una sonrisa con los labios y me hizo un gesto con la cabeza. Proseguí.

«Escribo estas líneas sin saber cuál será su destino final. No sé nada de ti desde hace tanto. ¿Cuánto ha pasado ya? No importa. Sabes que para mí el tiempo no era más que un invento del hombre para controlar sus deseos y ansiedades mortuorias, un invento que simplemente le consuela de la soledad que le persigue al saber que existe en un plano infinito que nunca logrará reconocer en su totalidad. Cada noche me pregunto cómo será la cama sobre la que reposas, cuál será el sueño que alimentas con tus temores, qué será lo que te deparará el cambio de cielo. Me cuestiono cómo será tu vida, tu realidad en este momento. No quisiera entrar en sentimentalismo, sabes bien que no soporto que conozcan mi lado melodramático (aunque seas tú, el causante de todo desborde de mis emociones).

Cuando nos despedimos, pensé que todo era una pesadilla. De esas que me gustaba contarte cuando caminábamos de regreso a mi casa bajo la luz de mi enemigo mortal del verano. Ya te había dicho innumerables ocasiones el cuento de las almas perdidas, las vidas pasadas y los amantes interconectados. Ya sabes lo que pienso de lo nuestro y lo que me pasó cuando decidí entregarme a ti enteramente. Ya sabes que para mí eres todo lo que siempre buscaba mi alma (en cualquier religión, en cualquier creencia) y creo que eso fue lo que me hizo entregarte toda ventaja sobre mi ser. Es que ha pasado tanto desde la última vez que posé mis dedos en tu mano que creo que no recuerdo qué es sentirse dichosa (más melodrama, pero es la realidad. Disculpame por los rodeos, es que tanto espacio a estas horas sólo da lugar a que me remonte a todo lo que fui cuando sabía que era tuya).

-¿No crees que es demasiada palabrería? –interrumpió Coralia –No sé mucho de escritura y de libros y eso… Pero pienso que son muchas palabras innecesarias… No sé, eso pienso.

La miré por unos segundos. No sé cuál fue mi expresión exactamente, pero sí sé que su rostro adoptó una expresión de preocupación. Seguramente pensaba que iba a darle una charla de esas que daría cualquier novato que intenta sorprender a sus amigos que no saben nada de literatura. Regresé la vista a la carta y repasé mentalmente algunas de las palabras que acababa de leer en voz alta.

-Yo también pienso que algunas palabras son innecesarias –dije finalmente –Pero ese es el punto, quiero que el personaje tenga una personalidad perfecta. Es decir, quiero que sea alguien que haga muchos rodeos, que se note que es muy buena con el lenguaje, alguien que exprese sus sentimientos mejor de forma escrita que hablada. Además, recordemos que este es 1938, las personas hablaban de forma diferente a la nuestra.
-Tienes razón –me dijo. Aunque en su rostro siempre se reflejaba esa expresión de incertidumbre –Supongo que el hecho de que estaban en España también tiene que ver, ¿verdad?

Asentí lentamente. Mi vista estaba de nuevo en las palabras que Mariana había dibujado en algún lugar de Sudamérica con la perfección que caracterizaba cada cosa que hacía. Me olvidé por un momento de que Coralia estaba frente a mí.

-¿No vas a seguir, Ricky?
-Oh, sí, sí. Sólo me fijaba en que cometí uno que otro error de puntuación –no era cierto. Mariana no cometía errores de puntuación. Me atrevía a decir que no cometía errores de ningún tipo.

«Cuando llegué a este enorme país (cargada de mis sueños con los que quizás ya te tenía aburrido) pensaba que iba a ser el comienzo de la vida que siempre quise. Pensaba que todo iba a ser como en los libros de los que me enamoré. Ya sabes, la protagonista (o el protagonista, nunca me importó eso) que se dedica a su arte y vive una vida bohemia, cargada de emociones y aventuras relacionadas con lo que más ama. Quizás te reíste con esa línea, pero sabes que siempre he sido soñadora. Lastimosamente este país me enseñó que todo lo que siempre soñaba se quedarían como eso nada más, es decir, como simples sueños.

Una historia se gestaba en mi pensamiento desde mucho antes de llegar. Nunca te hablé de esa historia porque pensaba que no estaba lista, que era algo así como un misterio, no sé. Yo pensaba que esa historia me iba a resolver la vida, que me iba a volver una especie de leyenda urbana (una vez más te recuerdo que cuando me pongo a soñar no hay límite que me impida seguir subiendo). Conseguí un trabajo de recepcionista en una pequeña compañía de seguros que es propiedad de una amiga de mi tía Merlina (a propósito, cuando hablaba con ella no dejaba de preguntarme por ti). Vivía con unos amigos de la amiga de mi tía (¡Imagínate!), eran gentes muy educadas, muy atentas. Muy religiosas, te cuento, muchas veces les acompañaba en sus rezos de la noche. Normalmente rezaban rosarios a sus difuntos. Eso me hacía sentir en casa. A pesar de que eran personas muy agradables, yo sentía que mi lugar no era ese. No voy a aburrirte contándote todo lo que pasé cuando decidí apartarme del pequeño hogar de los Rovira para mudarme a un cuartito que yo misma rentaba. Lo único que te diré es que nunca pensé que llegaría a cansarme de la soledad, del sentimiento que te provoca la oscuridad en un lugar que no conoces. No es muy buena combinación.

Ahora que ya estaba sola, pensé que sería el momento perfecto para empezar a pintar, pero sobre todo, para empezar con la historia de la que te hablé. Pasaba todo el día en el trabajo y las noches las dedicaba a desperdiciar hojas en pensamientos que ya escritos en nada se asemejaban a la historia que tenía en mente. Esos días eran los que más me hacían pensar en ti, en tu forma de inventar personajes, en la forma en que tejes universos inimaginables. Pensaba en tu técnica, en tu imaginación y en tus dedos. Pensaba en que pagaría todo el dinero (poco, pero honrado) que tenía en esos momentos solo para sentir tus dedos en mis mejillas una vez más. Aprendí a fumar, ¿podrás creerlo? ¡Yo que era la que siempre me enojaba por tu mal hábito! Aprendí muchas cosas que no son tan buenas, Ricardo. Pero aprendí. Ojalá que ese aprendizaje me hubiese servido para algo. Para la historia específicamente.»

-¿Ricky? ¿No dijiste que el chico se llamaba Emilio? –dijo Coralia luego de que hice una pausa cortísima para pasar al siguiente párrafo. Levanté la vista y me topé con sus ojos que no dejaban esa ridícula expresión inquisitiva.
-Sí, se llama Emilio.
-Entonces, ¿por qué dijiste “Ricardo” mientras la leías?

Yo pensaba que Coralia no me ponía atención. No es que la subestimase, pero la pobre mujer no tenía el más mínimo conocimiento de literatura y, por lo tanto, todo lo relacionado a mi oficio era para ella desconocido y complicado. Siempre se emocionaba con lo que le decía, pero yo sabía que no entendía ni pío. Sin embargo, me di cuenta que esta vez me escuchaba en serio. Miré el reloj y éste marcaba las 8:10. Solo habían pasado 10 minutos.

-No dije eso. El sujeto se llama Emilio –le contesté de forma seca.
-¡Sí! Dijiste “Ricardo”, a ver, lo dijiste…
Se estiró con la intención de tomar las hojas e indicarme en qué parte había dicho mi verdadero nombre. Más tarde repararía en que mi reacción fue exagerada e irrespetuosa. Le clavé la mano en la muñeca cuando sus regordetes dedos estaban a escasos 5 centímetros de la carta de Mariana. No me di cuenta de que presionaba con fuerza.

-Nunca dejo que nadie toque mis manuscritos. Y menos tú, Coralia. Siéntate de nuevo y aléjate de estas páginas. Nada tienen que ver contigo.

Me miró asustada. Pensé que iba a romper a llorar. Reaccioné y le solté la muñeca bruscamente.

-Lo siento, Coralia. En serio, discúlpame. Es que no me gusta que toquen mis manuscritos. Especialmente si no los tocan con cuidado y pensé que los ibas a arrugar o algo por el estilo. Lo lamento mucho
Fue lo único que pude decirle. Ella volvió a sentarse recta y su rostro mostraba una expresión de tristeza verdadera. No voy a negar que me sentí como una bestia. Me puse de pie, con la carta siempre en mis manos, para intentar solucionar la situación.

-¿Sabes qué? Ni siquiera es importante. Comamos lo que trajiste y luego te voy a dejar a tu casa. Podemos pasar  por el parque si gustas. La noche está fresca y bonita, hay que aprovecharla.
-Quisiera escuchar el final de la historia –dijo luego de unos segundos de silencio. Tenía la vista fija en mi mano derecha, es decir, en la carta.
-No es una historia…

Si hay un premio a la idiotez yo ganaría por unanimidad de los jueces.

-Sé que no es una historia, Ricardo –su tono de voz era solemne, apagado –yo sé que es una carta. Una carta de Emilio –me miró a los ojos con una sonrisa de dolor –a… Bueno, no me has dicho cómo se llama la mujer.
-Ariana.
-A Ariana. Quisiera escuchar la historia, Ricky. Sabes que todo lo que escribes me encanta. Y eso que no me gusta leer en lo absoluto. Anda, al menos cuéntame el final.

Me quedé parado mirando al suelo. No podía pensar en nada más que en la primera vez que besé a Mariana. Pensaba en todo lo que habíamos vivido. Haber leído su carta de nuevo (y esta vez frente a Coralia, que sabía que yo la había amado como a ninguna otra mujer en mi vida) me produjo la misma sensación que cuando me dijo que se marcharía. ¿Cuánto había pasado? ¿Por qué no me fui con ella? ¿Por qué no le decía a Coralia que quería que se fuera para ponerme a llorar de una vez por todas? Pensé que iba a gritar, pensé que me iba a tirar al piso y que le diría a Coralia que no, que no era una historia. Que no había ni Emilio ni Ariana. Que solo había Mariana para mí. Que se fuera, que no volviera y que avisara a todos los que me conocían que extrañaba tanto a esa menuda mujer que se había hundido en su único amor: las letras. En esa mujer que tanto me había costado descifrar. Quería llorar al ritmo del casi inaudible tic-tac del reloj de la cocina.

-«No sé realmente cuánto tiempo me queda. El doctor me explicó con paciencia como funciona esto del SIDA. Yo también sabía (por esos conocimientos del colegio que crees que quizás nunca te van a servir en la vida), pero no quiero pensar en ello ahora mismo. No quiero pensar en cómo se ve mi cuerpo desvaído frente al espejo. No quiero pensar en cómo este suplicio se está devorando lentamente todo lo que llevo por dentro. No quiero pensar en las palabras de mi madre, tan claras, tan mordaces: “tú ya no eres mi hija” a través del teléfono, cruzando miles de kilómetros para impactar mi ya atormentado corazón. No quiero pensar en lo que me hizo hundirme en este problema. No quiero pensar en nada de eso. Sobre todo hay dos cosas en las que no quiero pensar: no quiero pensar en esa maldita novelucha de 200 páginas que allá afuera venden a mi nombre. No quiero pensar en esa maldición que surgió de mis dedos que extrañaban toda una vida de felicidad que se quedó atrás.

Sobre todo, no quiero pensar en que no podré decirte que eres lo único que en verdad he amado, Emilio.»

Cuidé de no equivocarme esta vez, pero mis labios ardían en deseo de pronunciar, por primera vez luego de seis meses desde que la carta llegó a mí, mi nombre al final de esa oración. Callé, cerré los ojos e imaginé la figura de Mariana vestida con su blusa blanca y su bufanda color rosa, como tanto me encantaba. Sentí los brazos de Coralia rodeándome por la espalda. No abrí los ojos.

-Deberías de terminar de escribirlo. O publicarlo si ya terminaste –me dijo sin soltarme –No esperaba ese final, digo, cómo alguien puede decirle a la persona que ama que está a punto de morir a través de una carta. Pero, a pesar de eso, todo está muy bien. Tú eres el mejor, Ricky –y hundió su rostro en mi espalda baja.

Si no me hubiere controlado, habría golpeado sin clemencia a Coralia. Me aparté de sus brazos y doblé lentamente la carta hasta que solo quedara un rectángulo de unos 4 centímetros de alto. Esbocé una sonrisa fingida y le di las gracias a Coralia. Al menos me había escuchado.

Comimos. La bolsa contenía cuatro sándwiches de pollo con papas fritas. En la nevera tenía un poco de jugo de naranja. La cena transcurrió entre conversaciones vagas, muy alejadas del tema de la carta-historia, y una que otra risa.  Coralia se fue a las 9:00 luego de haberse entretenido hablándome de sus problemas. No es que quiera entrar en el papel del escritor amargado que se cree superior al resto, pero todo lo que me dijo me importaba menos que un carajo. Se despidió con un abrazo efusivo y con esa su sonrisa cálida y desfigurada. Le di un beso en la mejilla (casi como compensación por todo lo vivido) y sus ojos parecían a punto de estallar del brillo. Le dije que estaba muy cansado y que debía dormirme ya, sino habría estado ahí mirándome como boba toda la noche. No le mentí, en realidad estaba cansado. Quizás no era cansancio físico, pero estaba cansado.

Me preparé un té de manzanilla y me dispuse a irme a la cama. Cuando estaba a punto de apagar la luz de la cocina reparé en las páginas que aún seguían en la mesa. Dejé la taza en el desayunador y cogí la pluma de nuevo. Me senté.

«Es una verdadera alegría saber de ti, Mariana. Francamente no esperaba noticias tuyas desde aquella última llamada que tuvimos cuando llegaste a Chile. No esperaba saber nada de tu alma aventurera que me cautivó desde que me dijiste que estabas enamorada de mí. Aquí todo marcha bien. Yo voy bien. El mundo va bien.

El mundo va bien.

El mundo va bien. Yo voy bien porque voy contigo. Vas conmigo aquí, siempre. Aunque estés donde sea que estés. El mundo va bien porque aún vas conmigo, Marimar.»

Estuve llorando hasta las 11:00. Afuera soplaba una brisa lúgubre que invitaba a quedarse en el llanto por otras dos o tres horas más. Mi té estaría más frío que mi vida en esos momentos. Miré las hojas y mis lágrimas habían corrido una parte de la tinta que había utilizado para escribir. Arrugué las páginas y las tiré en el basurero de la cocina. Dejé ir el té por el lavaplatos y me dirigí a mi cuarto.