"The worst enemy to creativity is self-doubt" -Sylvia Plath

domingo, 5 de junio de 2016

La plaza de los Héroes

-¿Sólo inaugurar una mugrosa plaza?
-Sí, general Driotes
-Que no me digas general, hijo.
-Sí, señor presidente.
-¿Y dónde es la inauguración?
-En la placita, señor.
-¡Pero dónde, el lugar, el nombre del espacio, idiota! Disculpá, hijo, me exasperé un poco.
-En la placita de los Héroes.
-Mierda, en serio odio ese lugar. Tanta gente, tanto ruido, tanto calor, odio ese lugar. Y todo por una mugre de estatua, ¿cuándo es?
-El próximo viernes, señor.
-Viernes, ¿no es más allá de las cinco?
-No, es a las dos de la tarde.
-Y en pleno sol de verano. ¿No pueden enviar a Morán?
-No, señor, los del departamento de eventos dijeron que era vital que fuera usted quien inaugurara la plaza.
-¿Por qué?
-Popularidad con la población.
-Cómo si me importara. ¿Fumas, Salazar?
-No, señor.
-¿Te molesta si me echo un cigarrito?
-No, señor.
-Pensé que tenías asma. O algo como eso.
-No es grave.
-Correcto, correcto. Pienso que la vida debemos tomarla como un cigarro… Dejar que el humo  llegue a nuestros pulmones, nuestras venas, para que se lleve todo lo malo. ¿Me entendés, Salazar?
-Sí, señor.
-No, déjate de pajas, no me entendés. No entendés nada de poesía, nadie entiende en realidad nada de poesía. ¿Por qué será tan importante algo que nadie entiende, Salazar?
-¿Se refiere a la poesía?
-Ajá
-No sé, señor.
-¿Qué estudiaste, Salazar?
-Derecho.
-¿Y en el colegio?
-¿Cómo?
-No contestés preguntas con preguntas, hijo. Eso es de idiotas. ¿Qué estudiaste en el colegio? Es que cuando yo estaba joven podías estudiar técnicos en cualquier cosa. ¿Qué estudiaste vos?
-Nada, señor, no estudié ningún técnico.
-Eso le falta al país, gente de trabajo. Gente que haga el trabajo pesado. Perdón por la tos, hijo, yo siento que me estoy muriendo.
-¿Quiere agua, señor?
-No, así déjalo.
-Está bien.
-¿Te molesta el humo? Veo tu cara, Salazar, no mintás. Si te molesta puedo abrir la ventana.
-No, señor, estoy bien.
-¿Derecho?
-¿De qué?
-Que si estudiaste derecho, hombre. Otra vez contestaste con preguntas.
-Perdón, señor. Sí, estudié derecho.
-¿Y te enseñaron algo de poesía en tu carrera?
-¿Poesía? Perdón, no, digo, sí leí algo de algún autor, pero no. No era Letras o algo así.
-¿Qué leíste?
-No me acuerdo.
-Hacé memoria. Seguramente leyeron a Cortázar, a García Márquez. ¿Ese era poeta, verdad? Perdón por la tos, un día de estos me voy a morir.
-Creo que sí, señor. Recuerdo algo de Cortázar. ¿Quiere agua?
-¿Neruda?
-No recuerdo.
-¿Lorca? De ese han de haber leído algo.
-Seguramente.
-¿Rómulo Vallejo?
-¿Me pregunta por el nombre de la plaza?
-Preguntas, preguntas. Te pregunté si leíste algo de ese pobre infeliz.
-Seguramente, señor. No recuerdo. Salí hace tres años.
-Ya veo.
-¿Quiere leer el discurso que pronunciará, señor?
-Romperé la regla de oro: ¿Quién lo escribió esta vez?
-No trae firma.
-Lee la primera línea.
-Con gran alegría nos hemos reunido esta tarde para ensalzar la memoria de un héroe de la nación.
-Pará.
-¿Sí, señor?
-“Héroe”. Empecemos por ese nombre. “Héroe”. Perdón, perdón, Salazar, creo que hoy sí te aceptaré el vaso de agua.
-Tenga, señor.
-Gracias, hijo. Te decía, empecemos por esa palabra. ¿Qué es un héroe?
-Alguien que hizo alguna gran hazaña.
-Gran hazaña, exacto. ¿Qué es una gran hazaña?
-¿Cómo?
-Pensá, abogadito. Una gran hazaña.
-¿La independencia, por ejemplo?
-La independencia, por ejemplo. Mirá, Salazar, no pensés que yo soy uno de esos hombres que llegan al poder y les importa un pito toda esa mierda de la cultura y el arte y eso. A mí me importa el arte, me importa. Le doy un gran valor a todos esos escritores y pintores y cantantes, poetas, todo eso. Sirven de algo. Pero, ¿heroísmo? Disculpá, voy a apagar esto ya, me va a matar. ¿Heroísmo?
-Supongo que el arte puede ser heroísmo.
-¿Heroísmo es un poemita? Cualquiera puede escribir unas líneas que le endulcen el oído a cualquier señorita que querás cogerte, Salazar. Un poquito de hierba o cualquier otra mierda y te sale palabrería rebuscada que suena a cancioncita. ¿Heroísmo? ¿Pensás lo mismo que yo?
-No le entiendo, señor.
-Pensá, hijo. ¿De verdad vamos a decir “héroe” en el discurso del viernes?
-¿Les digo que lo cambien?
-Es que el problema no es cambiarlo o dejarlo, Salazar. El problema es lo que la gente piensa.
-¿De Rómulo Vallejo?
-¿Por qué pensás que lo digo por el pobre ese?
-No lo pienso, señor.
-¿Por qué preguntaste?
-Duda.
-¿Qué pensás de mí?
-Nada, señor.
-¿Nada?
-Nada malo.
-Sí, de Rómulo Vallejo. Recuerdo cuando le publicaron esos sus poemas, “La tarde triste” o algo así.
-Las lágrimas de la tarde.
-Eso, eso. Un nombre mediocre, pienso yo. Claro, yo soy político y no poeta. Aunque para poeta cualquiera, es fácil. Pero que era mediocre, era mediocre. Vos quizás estabas pequeño, Salazar. No te acordás de nada de esto.
-No me acuerdo, señor.
-Bueno. Este Vallejo era de esos adolescentes hippies; el chiquillo creía en cosas revolucionarias y todo eso. Esa etapa que todos tenemos. Escribió esos poemitas que le endulzaron el oído a algunos en otros países. No eran del todo malos, yo los leí. Compré el libro cuando se los publicaron. Pero este era un simple agitador. ¿Quién le escribe un poema a una mujer violada? Se supone que el arte es hablar de los árboles, de los ríos, del cielo, ¿me seguís? Yo he leído poemas a la madre, a la luna, cosas bonitas. Y viene este y le escribe un poema a una mujer violada.
-¿El poema entre las piernas de Gaviota?
-Lo conocés, ya veo. Imaginate, qué nombre para un poema. Y sí, la cosa estaba fea, yo no tolero las violaciones y todas esas cosas. Las condeno. Pero, ¿escribirle un poema? Y el título… El sujeto sabía cómo llegarle al corazón a los que lo seguían.
-Sí, señor.
-No, pero en serio. ¿Un poema a una violada? Y luego que le saca el poema a los huérfanos. Luego el poema a los refugiados de la masacre del 78. Sí, hechos horribles, crudos. Sí, sí. Pero era un conflicto, hombre. Era un conflicto y ya sabés, en el amor y la guerra todo se vale. Perdón por la risa, hijo.
-No hay problema.
-Ya, todo bien con que escribiera esas sus canciones. Pero se metió en lo que no debía el pobrecito.
-¿Se metió?
-No te hagás, Salazar. Ya sabés lo que dicen de Vallejo. Que lo matamos los militares. Que acabamos con un héroe. Que es un inocente. Pero, ¿sabes? Yo creo firmemente que era un traidor. Simplemente un chiquillo al que se le subieron los humos y creyó que podía andar replicando los secretos de su paisito con todo el mundo, ¿me entendés?
-Sí, señor.
-¿Héroe? Disculpá, no aguanto, voy con el otro cigarrito. ¿Héroe? Quién lo diría… Le vamos a poner Plaza Rómulo Vallejo a la Plaza de los Héroes. Los verdaderos héroes. Los que hicieron por la patria. ¿Héroe? Hablame de los que trabajan, de los que dan la vida en nombre del país, de los hombres de verdad. Un lapicito cualquiera lo agarra. Hombres quedamos contados. Nosotros, los que sacrificamos todo por mantener el orden, la estabilidad de la sociedad.
-Sí, señor.
-No, de verdad. Nos tienen por los malos. Por los desalmados. Pero nosotros hicimos el trabajo sucio. Un lápiz cualquiera lo agarra, Salazar. Las riendas de una sociedad que no prospera nadie las quiere agarrar. Y después vienen y con esos lapicitos quieren desbancar a los verdaderos héroes. Decime, ¿tenés hijos? No importa, pero pensalo: tenés hijos. Los amás, das la vida por ellos. A veces los reprendés, querés que sean grandes hombres. Y mujercitas también, vaya. Pero viene alguien que quiere hacerles daño. Y ves que les quieren hacer daño. Disculpá, pásame otro vasito de agua. Gracias, hijo. Entonces, ves que alguien los quiere destruir. Pensá, ¿qué harías? ¿No sacrificarías a esos que los quieren destruir para protegerlos? ¿No lo harías? Nosotros vimos a la patria bendita como nuestra hija. Yo la vi así. Pero imagínate, tus hijos están bien porque acabaste con los que los iban a destruir, y luego te enterás que alguien por ahí anda diciendo que ese que quería hacerle daño a tus hijos es un héroe. Y que hiciste mal por intentar proteger a tus hijos. ¿Qué harías, Salazar? ¿Me entendés?
-Sí, señor.
-Es que ese es el problema. Ahora la gente no entiende el concepto de arte. Cualquiera es artista. Y héroe. Vaya cosa.
-¿Les digo que lo cambien?
-Sí, yo no voy a llamar héroe al infeliz ese.
-Entendido.
-¿Qué pensás de mí, Salazar?
-Nada malo, señor.
-Buen chico, buen chico. Vas a llegar lejos aquí. ¿Qué sigue en el discurso?
-Un verso de Vallejo.
-No me digas.
-¿Puedo preguntarle algo?
-Lo que quieras, hijo.
-¿Puedo leer un verso en el acto?
-¿Leer, vos? Disculpá que me ría, hijo. No es por ser malo, de verdad, de verdad. No creas que estoy faltándote al respeto, pero esto es para figuras oficiales. ¿Por qué querés leer un verso de esos? ¿No entendiste lo que te dije sobre los poemas de Vallejo?
-Es que uno me gusta mucho, señor.
-Lo siento, hijo.
-Está bien, tiene razón.
-Ya, ¿qué pensás vos de este hombre, Salazar?
-¿Qué pienso?
-Sí.
-No mucho, señor. No me gusta la poesía.
-Pero querés leer un verso de él.
-Es que me gusta.
-¿Entonces?
-Pienso que el sujeto escribía bien, señor. Algunas cosas eran ciertas.
-¿Ciertas?
-Sí, señor. Mi padre me decía que el verdadero poder está en hacer que las personas vean lo pequeño, lo que nadie quiere ver.
-Ajá.
-No sé, pienso que Rómulo logró que viéramos lo que nadie quería ver.
-Ajá, le das la razón.
-No le doy la razón, pero pienso que debió ser difícil.
-¿Agarrar un lápiz? ¡Hombre! Difícil es empuñar un arma, fabricar objetos, trabajar en industria, ser ingeniero. ¡Hombre! Difícil es trabajar, ser alguien en la vida.
-Yo no puedo escribir versos.
-Yo tampoco.
-Entonces Rómulo sí. Y nos dijo cosas por esos versos. Nos enseñó que hay más cosas en la vida.
-Válgame dios, hijo. Ya veo lo que les enseñan en las Universidades ahora.
-No es tan malo.
-¿Sos revolucionario entonces, Salazar?
-No, señor.
-¿Estás bien con el sistema?
-No le voy a mentir, hay cosas que podemos cambiar.
-Hombre, no me vayas a decir que querés hacerte poeta, ¡aquí mismo me mato, Salazar!
-No, señor.
-Me alegro, eso no trae nada bueno. Hombre, me tengo que ir, tengo un compromiso más importante. Te encargo que cambien todo eso que te dije, Salazar.
-Sí, señor.
-Salgamos.
-Que le vaya bien, señor Presidente.
-Espera, espera, Salazar.
-¿Sí, señor?
-Me gustó mucho lo que dijiste.
-¿Lo de Vallejo?
-Sí, en serio me gustó mucho.
-¿De verdad?
-Sí. Eso que dijiste de “nos enseñó que hay más cosas en la vida?
-¿De verdad lo piensa?
-Sí. Creo que voy a proponer algún programa de salud o de educación con ese lema.
-¿Con el nombre de Rómulo?
-No, hijo, con las palabras que dijiste. Sigue así. Te dejo.


-¿Y qué dijo el presidente, Salazar?
-Que le parece. No puede esperar a decir que Rómulo Vallejo es un héroe nacional.  Y yo tampoco puedo esperar a escuchar que lo digan.
-Entonces, ¿no quiso cambiar nada?
-No, de hecho dijo que se sentía muy bien que al fin le dieran el crédito a quienes en serio lo merecen.
-¿En serio dijo eso?
-En serio.