En
este cruel sudario que decidimos llamar vida, nos encontramos con negocios
desde el momento en que nacemos. Que usted lea esta historia es un negocio.
Toda nuestra existencia se basa en negocios inconscientes que determinan el
rumbo de nuestra alma. Yo sabía de la importancia de los negocios. Y tenía una
extraña fascinación por el asunto. De hecho, es menester mencionarle al lector
o lectora que mi difunto padre se gloriaba de presentarme a sus socios como la
florecita de su imperio o la princesita de los activos rosados. Estos agrios
sobrenombres se debían a mi ya mencionado interés por los negocios. Yo no
estaba a cargo de una monstruosa compañía, pero negociaba con la vida hasta la
última oportunidad.
Sólo
había una cosa que me fascinase más que los negocios: los ojos color marrón.
Tal fijación surgiría luego de presenciar atardeceres majestuosos en el cénit
de mi infancia. Siempre que me perdía en un par de ojos marrón, mi mente
evocaba los arreboles más puros que había presenciado en mi vida. Esta fascinación
sería (junto a mi alma de negociante) las causas de mi defunción.
Encontrábame
en mis felices y superficiales años de juventud. Me componía de espíritu
cálido, mentalidad prospera y sueños de alcoba. Los lirios de los veranos ya
inhalados se colaban entre mis piernas cual hiedra en muralla de piedra.
Cabalgaba por la vida soñando con estrellas de cristal y cielos escarlata. No
había vicio en mi delicadeza femenina, salvo mi pasión por los precios y las
ventas. Y eso buscaba. Venderme.
Cierto
día de aquel mes de ese año, mis andanzas me habían trasladado a una pequeña
tienda de conveniencia. Mi mente enmarcaba una pulcra lista compuesta por los
vocablos cerillos, leche, mantequilla y café. Sería tal vez leche, cerillos,
café y mantequilla. O incluso café, cerillos, mantequilla y leche.
Pacientemente hilvanaba otras necesidades a las ya existentes cuando me topé
con mi comprador. Y entonces me puse precio.
Entró
al pequeño negocio un joven de aspecto normal con necesidades normales. Nadie
se inmutó en el individuo, todos los presentes se concentraban en productos,
chácharas vacías, pensamientos abstractos o, incluso, en la nada. Caminó hasta
un estante repleto de bebidas y cogió una botella con agua. Debo mencionar que
revisó el producto como si de ello dependiese su vida. Dio media vuelta sobre
sus encantadores tobillos y se dirigió con paso semi apresurado a la caja. Dejó
la botella sobre el mostrador y tanteó en sus bolsillos en busca de su
billetera. Sacó un billete pulcramente doblado por la mitad y lo entregó a un
hombre maduro de grueso semblante que le entregó 3 billetes y un conjunto de
monedas. Mientras todo esto se desarrollaba, mis pies me habían llevado en
macabra y silenciosa danza a menos de un metro del muchacho. Formaba una
incipiente fila en la que seguía una mujer de unos 30 años que sostenía con
notoria vergüenza un paquete de toallas femeninas. Cuando el joven dio la media
vuelta, me topé con lo que sería una clausula importante del contrato de
adquisición y, probablemente, mi causa de muerte confirmada.
Me
sonrió tímidamente y me fijé en sus ojos: unos ojos con un brillo inocuo y un
color que me bajó toda la galaxia al estómago. Se quedó un largo rato mirándome
y yo pensaba en las citas que tendríamos, las noches de pasión, los besos,
incluso, la boda. Estaba absorta en estas ideas llenas de polvo de hadas cuando
su boca de porcelana se movió:
-Con
permiso –dijo en voz baja
Estaba
a menos de un metro de él y lo había aprisionado inconscientemente contra el
mostrador. El hombre gordo que despachaba miraba la escena con aire de burla y
compasión. Si para mí resultaba vergonzoso, el joven estaba a punto de vomitar
por la presión.
Una
especie de alerta se encendió en mi mente.
Era
roja y brillante.
-Yo
te conozco –las palabras salieron de mi boca con una violencia y adrenalina que
hasta ahora me asustan -Yo sé quién eres.
El
muchacho me miró en silencio sepulcral. No desvió sus preciosos ojos de mi
rostro (que debería parecer el de un asesino en serie bajo los efectos de la
cocaína frente a su víctima).
-Yo creo que me confunde.
-No, para nada –tomé su mano y al notar
que el chico se sobresaltaba, deslicé mi mano hasta arriba de su muñeca –Te he
estado esperando, ven.
No sé qué le habrá inspirado a seguirme,
pero me siguió. Salimos de la tienda y yo no lleva ningún rumbo aparente. Tenía
a un joven aprisionado por el brazo caminando detrás de mí y solo pensaba en lo
que me había enseñado mi padre: vender para comprar, comprar para ganar, ganar
para vivir.
Me detuve. Pensaba que el joven no estaba
detrás de mí. Me di la vuelta.
Sus ojitos de bálsamo me miraban con una
preocupación exenta al resto de su perfecto rostro. Entonces, comencé con el
trato.
-¿Sabes leer? –le dije fingiendo un aire
ausente. No funcionó. Supongo que sonaba como una especie de violador
pidiéndole a un sabroso niño de 9 años que subiera a su auto.
-¿Cómo?
-Yo escribo poemas. Y cuentos. Me gustan
mucho. Me gusta mucho leerle a las personas… lo que escribo.
¿Qué diría mi padre? ¿A dónde quedó todo
mi olfato por los negocios? ¿Cuál era mi nombre?
-¿Cómo me conoce? –dijo lentamente. Me
miraba. Parecía no importarle el hecho que mi mano desprendía nervios en forma
acuífera a lo largo de su brazo de piel canela.
-¿Alguna vez has leído “En las uñas de
lo imprevisto”?
-Creo
que no.
Miré
mi mano, enganchada cual garra a su brazo.
-¿Y si te lo leo? –noté que no había
emoción en mi voz. Solamente esperaba a que no empezara con una larga disculpa
y una amenaza de llamar a la policía.
-Es que… Yo no la conozco, lo siento. Yo
creo que me ha confundido –movimientos semi involuntarios se colaron en la
presión que ejercía mi mano –Y creo que tengo que irme ya.
Tenía que apresurarme. Era hora de
firmar contrato. Los peatones que caminaban por la acera miraban con disimulo
de circo la escena.
-Si te leo el poema entenderás de donde
te conozco.
Me miró con aire de terror, de
desesperación. Tenía que actuar rápido.
-“Gracias por merecerme… -aparté mis
ojos hasta fijar mi vista en un pequeño restaurante que estaba en la otra
acera- …Miénteme de azul, miénteme en bálsamo… -regresé a su rostro, que ahora
simplemente me miraba sin expresión –No le digas al destino que aquí
aterrizaste…
«No camines lentamente porque el tiempo
ya te duele. Cruel, sádico, pulcro y bendito espiral. Si me miras de esta
forma, no soy tuya ni ayer ni en abril.
No te digo que me dueles, porque la
batalla ya había acabado. No te digo que te extraño porque el olor del frío es
más que el óleo de efímero.»
Recorrió mi cuerpo de rosas con unos
labios de manzanilla. Su cabello era ahora mi pecado capital. Me había vendido
al mejor postor. Ya estaba, no había más que hacer.
«Y si le cuento al padre de todo que
aquí no debes acampar, me hechiza de dos milenios a lo equivocado y lo febril.
Porque no caben en luna menguante más de
tres épocas. No cabe en piel morena la ausencia del cabello que desliza entre
mis falanges sin espacio.»
Me despertó el beso matutino del sol
entre la sábana. Encendí la lámpara de mi alma para revisar el rostro sagrado
de mi comprador. Me besó como quien besa a un amante que debió ser suyo en la
otra vida.
«Puedo sentarme en la luna a escribir
líneas de canela. Podía sentarme hace decenios. Podía mirar desde acá el
tráfico de novas a un mar de siglos de distancia.
A un
mar de siglos que me separan de lo que es mío. Lo que es mío y ha sido
desde el inicio de la cuenta. Lo que fue y que se envuelve en el olvido dorado
del viento del milenio.»
Y se preguntará usted en qué parte me
muero.
«Un decenio es al minuto de verte lo que
el río Grande vendría siendo al océano vasto. Una vida de distancia es a mi luz
lo que un gigante es a un espejo de cristal.»
Miré sus ojos de bálsamo, de arce, de
celajes en abril.
-Yo no la conozco –me dijo con severidad
–Pero algo me dice que debería conocerla. Tener una noción –Sus ojos habían
adquirido un brillo indescriptible. Sonrió.
«De las vidas que he llevado, llevo el
conteo tatuado en mi mano. De las veces que le he besado, me armé un relicario
que brilla al son de mis pesares.
Y de lo que brilla como brilla me
recuerda a sus ojos de presencia divina. A unos ojos que recuerdan hoy y no
mañana. A esos ojos que son iguales a los de aquel y este solsticio.»