"The worst enemy to creativity is self-doubt" -Sylvia Plath

miércoles, 20 de enero de 2016

En las uñas de lo imprevisto



En este cruel sudario que decidimos llamar vida, nos encontramos con negocios desde el momento en que nacemos. Que usted lea esta historia es un negocio. Toda nuestra existencia se basa en negocios inconscientes que determinan el rumbo de nuestra alma. Yo sabía de la importancia de los negocios. Y tenía una extraña fascinación por el asunto. De hecho, es menester mencionarle al lector o lectora que mi difunto padre se gloriaba de presentarme a sus socios como la florecita de su imperio o la princesita de los activos rosados. Estos agrios sobrenombres se debían a mi ya mencionado interés por los negocios. Yo no estaba a cargo de una monstruosa compañía, pero negociaba con la vida hasta la última oportunidad.
Sólo había una cosa que me fascinase más que los negocios: los ojos color marrón. Tal fijación surgiría luego de presenciar atardeceres majestuosos en el cénit de mi infancia. Siempre que me perdía en un par de ojos marrón, mi mente evocaba los arreboles más puros que había presenciado en mi vida. Esta fascinación sería (junto a mi alma de negociante) las causas de mi defunción.
Encontrábame en mis felices y superficiales años de juventud. Me componía de espíritu cálido, mentalidad prospera y sueños de alcoba. Los lirios de los veranos ya inhalados se colaban entre mis piernas cual hiedra en muralla de piedra. Cabalgaba por la vida soñando con estrellas de cristal y cielos escarlata. No había vicio en mi delicadeza femenina, salvo mi pasión por los precios y las ventas. Y eso buscaba. Venderme.
Cierto día de aquel mes de ese año, mis andanzas me habían trasladado a una pequeña tienda de conveniencia. Mi mente enmarcaba una pulcra lista compuesta por los vocablos cerillos, leche, mantequilla y café. Sería tal vez leche, cerillos, café y mantequilla. O incluso café, cerillos, mantequilla y leche. Pacientemente hilvanaba otras necesidades a las ya existentes cuando me topé con mi comprador. Y entonces me puse precio.
Entró al pequeño negocio un joven de aspecto normal con necesidades normales. Nadie se inmutó en el individuo, todos los presentes se concentraban en productos, chácharas vacías, pensamientos abstractos o, incluso, en la nada. Caminó hasta un estante repleto de bebidas y cogió una botella con agua. Debo mencionar que revisó el producto como si de ello dependiese su vida. Dio media vuelta sobre sus encantadores tobillos y se dirigió con paso semi apresurado a la caja. Dejó la botella sobre el mostrador y tanteó en sus bolsillos en busca de su billetera. Sacó un billete pulcramente doblado por la mitad y lo entregó a un hombre maduro de grueso semblante que le entregó 3 billetes y un conjunto de monedas. Mientras todo esto se desarrollaba, mis pies me habían llevado en macabra y silenciosa danza a menos de un metro del muchacho. Formaba una incipiente fila en la que seguía una mujer de unos 30 años que sostenía con notoria vergüenza un paquete de toallas femeninas. Cuando el joven dio la media vuelta, me topé con lo que sería una clausula importante del contrato de adquisición y, probablemente, mi causa de muerte confirmada.
Me sonrió tímidamente y me fijé en sus ojos: unos ojos con un brillo inocuo y un color que me bajó toda la galaxia al estómago. Se quedó un largo rato mirándome y yo pensaba en las citas que tendríamos, las noches de pasión, los besos, incluso, la boda. Estaba absorta en estas ideas llenas de polvo de hadas cuando su boca de porcelana se movió:
-Con permiso –dijo en voz baja
Estaba a menos de un metro de él y lo había aprisionado inconscientemente contra el mostrador. El hombre gordo que despachaba miraba la escena con aire de burla y compasión. Si para mí resultaba vergonzoso, el joven estaba a punto de vomitar por la presión.
Una especie de alerta se encendió en mi mente.
Era roja y brillante.
-Yo te conozco –las palabras salieron de mi boca con una violencia y adrenalina que hasta ahora me asustan -Yo sé quién eres.
El muchacho me miró en silencio sepulcral. No desvió sus preciosos ojos de mi rostro (que debería parecer el de un asesino en serie bajo los efectos de la cocaína frente a su víctima).
-Yo creo que me confunde.
-No, para nada –tomé su mano y al notar que el chico se sobresaltaba, deslicé mi mano hasta arriba de su muñeca –Te he estado esperando, ven.

No sé qué le habrá inspirado a seguirme, pero me siguió. Salimos de la tienda y yo no lleva ningún rumbo aparente. Tenía a un joven aprisionado por el brazo caminando detrás de mí y solo pensaba en lo que me había enseñado mi padre: vender para comprar, comprar para ganar, ganar para vivir.

Me detuve. Pensaba que el joven no estaba detrás de mí. Me di la vuelta.

Sus ojitos de bálsamo me miraban con una preocupación exenta al resto de su perfecto rostro. Entonces, comencé con el trato.

-¿Sabes leer? –le dije fingiendo un aire ausente. No funcionó. Supongo que sonaba como una especie de violador pidiéndole a un sabroso niño de 9 años que subiera a su auto.
-¿Cómo?
-Yo escribo poemas. Y cuentos. Me gustan mucho. Me gusta mucho leerle a las personas… lo que escribo.

¿Qué diría mi padre? ¿A dónde quedó todo mi olfato por los negocios? ¿Cuál era mi nombre?

-¿Cómo me conoce? –dijo lentamente. Me miraba. Parecía no importarle el hecho que mi mano desprendía nervios en forma acuífera a lo largo de su brazo de piel canela.
-¿Alguna vez has leído “En las uñas de lo imprevisto”?
-Creo que no.
Miré mi mano, enganchada cual garra a su brazo.
-¿Y si te lo leo? –noté que no había emoción en mi voz. Solamente esperaba a que no empezara con una larga disculpa y una amenaza de llamar a la policía.
-Es que… Yo no la conozco, lo siento. Yo creo que me ha confundido –movimientos semi involuntarios se colaron en la presión que ejercía mi mano –Y creo que tengo que irme ya.

Tenía que apresurarme. Era hora de firmar contrato. Los peatones que caminaban por la acera miraban con disimulo de circo la escena.

-Si te leo el poema entenderás de donde te conozco.

Me miró con aire de terror, de desesperación. Tenía que actuar rápido.

-“Gracias por merecerme… -aparté mis ojos hasta fijar mi vista en un pequeño restaurante que estaba en la otra acera- …Miénteme de azul, miénteme en bálsamo… -regresé a su rostro, que ahora simplemente me miraba sin expresión –No le digas al destino que aquí aterrizaste…

«No camines lentamente porque el tiempo ya te duele. Cruel, sádico, pulcro y bendito espiral. Si me miras de esta forma, no soy tuya ni ayer ni en abril.

No te digo que me dueles, porque la batalla ya había acabado. No te digo que te extraño porque el olor del frío es más que el óleo de efímero.»

Recorrió mi cuerpo de rosas con unos labios de manzanilla. Su cabello era ahora mi pecado capital. Me había vendido al mejor postor. Ya estaba, no había más que hacer.

«Y si le cuento al padre de todo que aquí no debes acampar, me hechiza de dos milenios a lo equivocado y lo febril.

Porque no caben en luna menguante más de tres épocas. No cabe en piel morena la ausencia del cabello que desliza entre mis falanges sin espacio.»

Me despertó el beso matutino del sol entre la sábana. Encendí la lámpara de mi alma para revisar el rostro sagrado de mi comprador. Me besó como quien besa a un amante que debió ser suyo en la otra vida.

«Puedo sentarme en la luna a escribir líneas de canela. Podía sentarme hace decenios. Podía mirar desde acá el tráfico de novas a un mar de siglos de distancia.

A un  mar de siglos que me separan de lo que es mío. Lo que es mío y ha sido desde el inicio de la cuenta. Lo que fue y que se envuelve en el olvido dorado del viento del milenio.»

Y se preguntará usted en qué parte me muero.

«Un decenio es al minuto de verte lo que el río Grande vendría siendo al océano vasto. Una vida de distancia es a mi luz lo que un gigante es a un espejo de cristal.»

Miré sus ojos de bálsamo, de arce, de celajes en abril.
-Yo no la conozco –me dijo con severidad –Pero algo me dice que debería conocerla. Tener una noción –Sus ojos habían adquirido un brillo indescriptible. Sonrió.
«De las vidas que he llevado, llevo el conteo tatuado en mi mano. De las veces que le he besado, me armé un relicario que brilla al son de mis pesares.


Y de lo que brilla como brilla me recuerda a sus ojos de presencia divina. A unos ojos que recuerdan hoy y no mañana. A esos ojos que son iguales a los de aquel y este solsticio.»

viernes, 1 de enero de 2016

El olor a diciembre

-Diciembre tiene un olor especial –le dije a esos ojitos de arce que tanto amaba y odiaba –Es un olorcito que no se parece en nada a ningún otro olor que hayas sentido en tu vida. ¿Por qué me mirás así, querido? Yo pensaba que eras bueno con eso de sentir olores.

No entendió lo que le decía. Su boca carmesí dibujó una curvatura producto de la duda. Esa curva, les cuento, no podía ser descrita ni siquiera con todas las palabras de un diccionario.

-Dejame explicarte –acaricié sus dedos con la delicadeza que se siente solo una vez en la vida –El olor de diciembre es la esencia desprendida del cuerpo místico de todo un ciclo –la yema de mi dedo índice acariciaba con morbo y gracia propios de una virgen el dorso de su mano de canela –No es un olor agradable (y estuve tentada a decirle “como la esencia bendita que emana de tu cuello, cariño”). No es un olor nauseabundo. Es solo el perfume venturoso proveniente de cada recoveco de un año moribundo –a mi dedo índice se le había unido mi mano entera y deslizaba cada uno de mis falanges sobre la piel asesina de su muñeca –Es toda la podredumbre de lo que quise, los desechos de lo que hice, la mezcla de todo lo vivido y el aroma de lo que sigo queriendo.
«El olor a diciembre te pone a desear y a pensar. Te pone a desear lo que siempre has deseado y lo que acabas de reconocer que deseas. Te pone a pensar en lo hecho, lo deshecho, lo amado y lo no amado. Es algo así como una fragancia que trae rostros, pieles, cielos, lluvias, miradas, trucos y cabellos impregnados en la curva invisible de su andar. Digamos que es la esencia concentrada de cada cosa vivida en el ciclo que traemos en la espalda. Digamos que es eso que le hace el amor a tu nariz cada vez que una ráfaga de viento te acaricia el rostro. Es eso que a las seis de la mañana puede oler a un beso tibio de marzo; que a las 11 puede acercarse a un abrazo tierno de mayo; a las 3 puede evocar una risa inocente de noviembre y que a las 5 trae consigo las tonalidades de un café amargo de despedida en junio. Es fácil pretender ante el frío de octubre, el calor de marzo, la lluvia en mayo y el viento que te da noviembre; pero al olor de diciembre nadie escapa. Ante él, todos sucumben.

Una ráfaga silenciosa iluminó la atmósfera de la sala. Me miró con esos ojitos de arce que tanto amaba y odiaba. Mi mano se había cernido sobre la suya con intensa delicadeza y calor disfrazado de aprecio. Sonrió.

-Tienes razón –le dije- Si hay un olor a diciembre, entonces tiene que haber algo en enero.

Posó sus labios en los míos como el niño inocente que había dejado de ser hace tiempos. Cerré los ojos y acaricié el manto bendito de sus cabellos oscuros. Afuera, los árboles danzaban en macabro ritmo la sonata del viento, que en este último día tocaba con mayor intensidad. Yo había sucumbido al olor de diciembre. Y había caído en lo que denominamos esa noche (casi en secreto, escrito entre las sábanas más pulcras con nuestras manos entrelazadas) como el hechizo sin fin de enero. Porque luego de embriagarnos con la esencia de diciembre, el hechizo de enero nos despierta del recuerdo. El hechizo de enero es el equivalente del amanecer en el calendario.