"The worst enemy to creativity is self-doubt" -Sylvia Plath

domingo, 29 de mayo de 2016

El mundo va bien

“Es una verdadera alegría saber de ti”

Taché la frase. La hoja estuvo a punto de romperse por acción del filo del bolígrafo.

“Tenía mucho de no pensar en ti”

¿Eso es lo mejor que puedes decir? ¿10 años y lo que dices es una mentira?

“Todo marcha bien por acá, quisiera que lo pudieras ver tú misma”

Verdad a medias es mentira completa. Y claro, nada marchaba bien en mi vida. Pero sí quería que estuviese ahí para observarlo con esos ojos de gato que tanto me asustaban. Arrugué la hoja y estuve a punto de tirarla al suelo para generar el efecto que se acoplara a la perfección a mi sensación de impotencia. De desgano. De soledad.
Me levanté de la silla y caminé hacia la cocina. El reloj de la pared adyacente a la sala me susurró que diez minutos me separaban de las ocho de la noche. Diez minutos me separaban de Coralia. Me quedaban diez minutos de paz. Mientras bebía un vaso con agua (casi a la fuerza, mi garganta me pedía a gritos otro tipo de bebida más escandalosa) observé la pulcritud de la mesita que hacía las veces de comedor. Enfoqué mi vista en las páginas que reposaban en la superficie de madera. Sobre el papel yacía un bolígrafo cromado marca Cross, obsequio de mi jefe en ocasión de mi cumpleaños 35. Tal arma manipulada por este soldado de las letras habría de producir los mejores resultados en cuanto a la creación de frases con sentido y profundidad. El problema es que, en ocasiones, no tomamos en cuenta que la batalla no siempre está asegurada por el hecho de poseer armamento y experiencia; las guerras suelen ser caprichosas. Y en esta batalla yo era el caído.
Regresé al punto de inicio. Tenía una hoja virgen y unos minutos de gracia. Lo único que separaba mi vista del abismo de las tinieblas que era mi casa en ese momento era la luz de la cocina. Iluminaba únicamente mi parte del comedor. Perfecto. No quería ver ninguna otra cosa en ese instante. Tomé el bolígrafo (como en incontables ocasiones de alegrías, tristezas, fracasos, obligaciones o simple emoción) y escribí cuatro palabras:
“No todo está perdido”
Escribía (o intentaba escribir) una carta. Pero la frase se asemejaba al título de un cuentucho escrito por un aficionado sin empleo y con ínfulas de grandeza. No me servía de nada. Corté la hoja con la tinta del desprecio. Vamos de nuevo.
“Querida”
¿De verdad? ¿De verdad sigo queriéndola? Pues, claro que sí, como no seguirla queriendo, hombre. Pero, ¿”querida”? En mi opinión, iniciar una carta con ese adjetivo es similar a llamar “padre” al desconocido que todas las noches se acuesta con tu madre aun sabiendo que en la habitación de al lado intenta descansar un chico que sólo piensa en canicas y fracciones. O sea, es algo forzado, algo ruin, algo que ni siquiera debería de considerarse. Y no es que me haya pasado, crecí en un hogar convencional. Extraño, a veces insoportable, pero convencional. Es sólo que esto de las metáforas siempre se me dio bien (y observo a tientas en la oscuridad ese estante en el que presumo a los invitados inexistentes mis premios y títulos por mi labor de escritura, aplauso, guiño, gracias a todos). Basta, intentemos de nuevo.
“Mariana”
Y pude continuar con un “tanto tiempo sin escribir tu bendito nombre”. Y sentí una brisa que soplaba desde mi estómago hasta mi tráquea. Era una brisa gélida, propia del sentimiento escondido de forma superficial en las costillas de quien ama fervorosamente. Sonreí por instinto o por lástima a mí mismo y me dispuse a continuar. Mis planes se vieron frustrados, el sonido de tres golpes secos en la puerta arremetió en mi atmósfera de calma y nostalgia. Mi atmósfera, sólo mía. Maldición, pensé.
-¡Hola, Ricky! –me dijo con su voz chillona y su entusiasmo de gorda. Debo admitir que a pesar de que tenía los dientes amarillentos, pequeños y separados, había algo en su sonrisa que me hacía sentir como en un día soleado.
-Pasa –le dije luego de saludarla con un beso en la mejilla y hacerme a un lado para que entrara.
-¿Por qué tan a oscuras, Ricky? Me sorprende que aún no hayan acabado contigo los mosquitos –dejó una bolsa de color blanco en la mesa, justo al lado de mis pensamientos insolentes –Te traje algo de comer, supuse que no habrías comido nada. Espero que te guste.
-Gracias, sí, en realidad no he comido nada. Pero no tengo ni un poco de hambre. Creo que estoy enfermo del estómago o algo por el estilo. ¿Qué hay en la bolsa?
-¡Oh, yo sé que te va a gustar! –y cuando se dispuso a sacar lo que sea que había en la bolsa, notó las hojas que unos minutos antes habían recogido mi frustración de remitente -¿Qué es eso? ¿Trabajas en un nuevo libro?
-Yo no lo llamaría libro –dije, y esta vez no tenía ni una sola intención de explicarle que no era un libro sino un relato. O un cuento. O un artículo. Eso que siempre me pasaba con la ingenua Coralia a quien solo le importaba verme feliz de cuando en cuando. No le dije nada más.
-Entonces… ¿Qué es? –en su mirada había algo que sólo había visto en pocas ocasiones cuando éramos jóvenes.

Guardé silencio un momento. Mientras veía la parte baja de su vestido morado con estampado floral, solamente pensaba en los campos de tulipanes de Holanda. Era más que obvio que no quería estar ahí. Mucho menos con ella. Creo que me atrevo a decir que tampoco quería estar escribiendo la maldita carta. Sólo quería sentarme en la oscuridad a dejar que los mosquitos hicieran su labor con mi sangre.

-Tuve un rato de inspiración –es lo único que se me ocurrió.
-Entonces… ¡Escribes un libro! –sus ojos brillaron cuando me dijo esto. Pobre Coralia, siempre tan entusiasta, siempre tan tonta –O no es un libro… Es un cuento o algo así, ¿verdad?
-Digamos que sí. Pero no funcionó, entonces lo mejor será que lo tire a la basura, donde pertenece.
-Eres muy rudo contigo mismo a veces, Ricky –tomó mi mano y la sobó con sus gruesos dedos –Para mí siempre tuviste un gran talento. Y creo que no sólo para mí. ¿Por qué no me cuentas de qué se trata la historia mientras comemos lo que te traje? A mí me encantaría ayudarte en lo que sea que se te haya ocurrido.

Odiaba que me dijeran Ricky. Y lo más gracioso es que sólo ella me llamaba así. Luego de un rato de duda tomé una decisión de esas que no tomarías en un momento de cordura.

-De acuerdo, siéntate. Pero antes, iré a traer otro manuscrito. Es que este relato tiene algo así como… dos partes, no sé. Esperame aquí.

Al cabo de dos minutos regresé al comedor con dos hojas en mis manos. Sentía un enorme vacío en dónde tendría que estar mi estómago. Es que tantas veces había leído esas hojas cuando llegaron a mí; luego las guardé en una caja debajo de mi cama y no habían salido de ahí hasta este momento. Si bien es cierto que pensaba en las letras impresas en dicho papel cada día de mi existencia desde que las leí por primera vez, había decidido que no quería tenerlas cerca de mí. Y ahora estaba a punto de leérselas a alguien. Y ese alguien era Coralia, la mujer que estaba enamorada de mí y que ocultaba su admiración y sentimientos hacia mí bajo una capa de amistad tortuosa y extraña. Digamos que fue una especie de alivio, ya que, tiempo después, me daría cuenta que no sabía que contestar pues no recordaba exactamente lo que decía.

-Bien, esta es la… El manuscrito primero –dije mientras desdoblaba, no sin cierta ansiedad, la carta.
-Déjame leerlo –dijo mientras extendía su brazo con creciente curiosidad.
-Preferiría leerlo yo. Ya sabes, para crear una mejor atmósfera narrativa. Literaria.

Asintió con una sonrisa. Me sentí patético y cruel. Ella estaba sentada en la silla que yo había estado usando anteriormente, entonces tuve que sentarme en el otro extremo de la mesa. Miré la caligrafía redonda, fina, perfecta y sentí que los vellos de mis brazos se erizaban como si alguien me frotase la espalda con un témpano de hielo. Tardé un momento en hablar, simplemente estaba contemplando las palabras dibujadas en las hojas.

-La historia se desarrolla en los años 30. Para ser más exacto, diría que en 1938. Son dos personajes –levanté la mirada y me encontré con sus ojos inquisitivos, atentos –son una pareja. Más bien, lo eran, pero ahora ya no. Entonces ella le escribió una carta a él. Bueno… Toda la historia se basa en las cartas que ambos escriben.

Me enfoqué de nuevo en la carta. Si antes había sido difícil leerla, ahora que una mujer  que está enamorada de mí y que no tiene idea del engaño que estoy a punto de narrar me escuche con atención, sería imposible. Me fijé en el primer detalle.

Antofagasta, 15 de junio de 2002

-Bueno, pensaba que la historia podía estar ambientada en Barcelona. Digamos que ella está en Barcelona y él… Bueno, él está aquí –mentalmente hice un nudito con mi intestino delgado, estómago y corazón.

Mi Ricardo

-Pensé en llamarle Emilio –dije mirándole. Ella me dedicó una sonrisa con los labios y me hizo un gesto con la cabeza. Proseguí.

«Escribo estas líneas sin saber cuál será su destino final. No sé nada de ti desde hace tanto. ¿Cuánto ha pasado ya? No importa. Sabes que para mí el tiempo no era más que un invento del hombre para controlar sus deseos y ansiedades mortuorias, un invento que simplemente le consuela de la soledad que le persigue al saber que existe en un plano infinito que nunca logrará reconocer en su totalidad. Cada noche me pregunto cómo será la cama sobre la que reposas, cuál será el sueño que alimentas con tus temores, qué será lo que te deparará el cambio de cielo. Me cuestiono cómo será tu vida, tu realidad en este momento. No quisiera entrar en sentimentalismo, sabes bien que no soporto que conozcan mi lado melodramático (aunque seas tú, el causante de todo desborde de mis emociones).

Cuando nos despedimos, pensé que todo era una pesadilla. De esas que me gustaba contarte cuando caminábamos de regreso a mi casa bajo la luz de mi enemigo mortal del verano. Ya te había dicho innumerables ocasiones el cuento de las almas perdidas, las vidas pasadas y los amantes interconectados. Ya sabes lo que pienso de lo nuestro y lo que me pasó cuando decidí entregarme a ti enteramente. Ya sabes que para mí eres todo lo que siempre buscaba mi alma (en cualquier religión, en cualquier creencia) y creo que eso fue lo que me hizo entregarte toda ventaja sobre mi ser. Es que ha pasado tanto desde la última vez que posé mis dedos en tu mano que creo que no recuerdo qué es sentirse dichosa (más melodrama, pero es la realidad. Disculpame por los rodeos, es que tanto espacio a estas horas sólo da lugar a que me remonte a todo lo que fui cuando sabía que era tuya).

-¿No crees que es demasiada palabrería? –interrumpió Coralia –No sé mucho de escritura y de libros y eso… Pero pienso que son muchas palabras innecesarias… No sé, eso pienso.

La miré por unos segundos. No sé cuál fue mi expresión exactamente, pero sí sé que su rostro adoptó una expresión de preocupación. Seguramente pensaba que iba a darle una charla de esas que daría cualquier novato que intenta sorprender a sus amigos que no saben nada de literatura. Regresé la vista a la carta y repasé mentalmente algunas de las palabras que acababa de leer en voz alta.

-Yo también pienso que algunas palabras son innecesarias –dije finalmente –Pero ese es el punto, quiero que el personaje tenga una personalidad perfecta. Es decir, quiero que sea alguien que haga muchos rodeos, que se note que es muy buena con el lenguaje, alguien que exprese sus sentimientos mejor de forma escrita que hablada. Además, recordemos que este es 1938, las personas hablaban de forma diferente a la nuestra.
-Tienes razón –me dijo. Aunque en su rostro siempre se reflejaba esa expresión de incertidumbre –Supongo que el hecho de que estaban en España también tiene que ver, ¿verdad?

Asentí lentamente. Mi vista estaba de nuevo en las palabras que Mariana había dibujado en algún lugar de Sudamérica con la perfección que caracterizaba cada cosa que hacía. Me olvidé por un momento de que Coralia estaba frente a mí.

-¿No vas a seguir, Ricky?
-Oh, sí, sí. Sólo me fijaba en que cometí uno que otro error de puntuación –no era cierto. Mariana no cometía errores de puntuación. Me atrevía a decir que no cometía errores de ningún tipo.

«Cuando llegué a este enorme país (cargada de mis sueños con los que quizás ya te tenía aburrido) pensaba que iba a ser el comienzo de la vida que siempre quise. Pensaba que todo iba a ser como en los libros de los que me enamoré. Ya sabes, la protagonista (o el protagonista, nunca me importó eso) que se dedica a su arte y vive una vida bohemia, cargada de emociones y aventuras relacionadas con lo que más ama. Quizás te reíste con esa línea, pero sabes que siempre he sido soñadora. Lastimosamente este país me enseñó que todo lo que siempre soñaba se quedarían como eso nada más, es decir, como simples sueños.

Una historia se gestaba en mi pensamiento desde mucho antes de llegar. Nunca te hablé de esa historia porque pensaba que no estaba lista, que era algo así como un misterio, no sé. Yo pensaba que esa historia me iba a resolver la vida, que me iba a volver una especie de leyenda urbana (una vez más te recuerdo que cuando me pongo a soñar no hay límite que me impida seguir subiendo). Conseguí un trabajo de recepcionista en una pequeña compañía de seguros que es propiedad de una amiga de mi tía Merlina (a propósito, cuando hablaba con ella no dejaba de preguntarme por ti). Vivía con unos amigos de la amiga de mi tía (¡Imagínate!), eran gentes muy educadas, muy atentas. Muy religiosas, te cuento, muchas veces les acompañaba en sus rezos de la noche. Normalmente rezaban rosarios a sus difuntos. Eso me hacía sentir en casa. A pesar de que eran personas muy agradables, yo sentía que mi lugar no era ese. No voy a aburrirte contándote todo lo que pasé cuando decidí apartarme del pequeño hogar de los Rovira para mudarme a un cuartito que yo misma rentaba. Lo único que te diré es que nunca pensé que llegaría a cansarme de la soledad, del sentimiento que te provoca la oscuridad en un lugar que no conoces. No es muy buena combinación.

Ahora que ya estaba sola, pensé que sería el momento perfecto para empezar a pintar, pero sobre todo, para empezar con la historia de la que te hablé. Pasaba todo el día en el trabajo y las noches las dedicaba a desperdiciar hojas en pensamientos que ya escritos en nada se asemejaban a la historia que tenía en mente. Esos días eran los que más me hacían pensar en ti, en tu forma de inventar personajes, en la forma en que tejes universos inimaginables. Pensaba en tu técnica, en tu imaginación y en tus dedos. Pensaba en que pagaría todo el dinero (poco, pero honrado) que tenía en esos momentos solo para sentir tus dedos en mis mejillas una vez más. Aprendí a fumar, ¿podrás creerlo? ¡Yo que era la que siempre me enojaba por tu mal hábito! Aprendí muchas cosas que no son tan buenas, Ricardo. Pero aprendí. Ojalá que ese aprendizaje me hubiese servido para algo. Para la historia específicamente.»

-¿Ricky? ¿No dijiste que el chico se llamaba Emilio? –dijo Coralia luego de que hice una pausa cortísima para pasar al siguiente párrafo. Levanté la vista y me topé con sus ojos que no dejaban esa ridícula expresión inquisitiva.
-Sí, se llama Emilio.
-Entonces, ¿por qué dijiste “Ricardo” mientras la leías?

Yo pensaba que Coralia no me ponía atención. No es que la subestimase, pero la pobre mujer no tenía el más mínimo conocimiento de literatura y, por lo tanto, todo lo relacionado a mi oficio era para ella desconocido y complicado. Siempre se emocionaba con lo que le decía, pero yo sabía que no entendía ni pío. Sin embargo, me di cuenta que esta vez me escuchaba en serio. Miré el reloj y éste marcaba las 8:10. Solo habían pasado 10 minutos.

-No dije eso. El sujeto se llama Emilio –le contesté de forma seca.
-¡Sí! Dijiste “Ricardo”, a ver, lo dijiste…
Se estiró con la intención de tomar las hojas e indicarme en qué parte había dicho mi verdadero nombre. Más tarde repararía en que mi reacción fue exagerada e irrespetuosa. Le clavé la mano en la muñeca cuando sus regordetes dedos estaban a escasos 5 centímetros de la carta de Mariana. No me di cuenta de que presionaba con fuerza.

-Nunca dejo que nadie toque mis manuscritos. Y menos tú, Coralia. Siéntate de nuevo y aléjate de estas páginas. Nada tienen que ver contigo.

Me miró asustada. Pensé que iba a romper a llorar. Reaccioné y le solté la muñeca bruscamente.

-Lo siento, Coralia. En serio, discúlpame. Es que no me gusta que toquen mis manuscritos. Especialmente si no los tocan con cuidado y pensé que los ibas a arrugar o algo por el estilo. Lo lamento mucho
Fue lo único que pude decirle. Ella volvió a sentarse recta y su rostro mostraba una expresión de tristeza verdadera. No voy a negar que me sentí como una bestia. Me puse de pie, con la carta siempre en mis manos, para intentar solucionar la situación.

-¿Sabes qué? Ni siquiera es importante. Comamos lo que trajiste y luego te voy a dejar a tu casa. Podemos pasar  por el parque si gustas. La noche está fresca y bonita, hay que aprovecharla.
-Quisiera escuchar el final de la historia –dijo luego de unos segundos de silencio. Tenía la vista fija en mi mano derecha, es decir, en la carta.
-No es una historia…

Si hay un premio a la idiotez yo ganaría por unanimidad de los jueces.

-Sé que no es una historia, Ricardo –su tono de voz era solemne, apagado –yo sé que es una carta. Una carta de Emilio –me miró a los ojos con una sonrisa de dolor –a… Bueno, no me has dicho cómo se llama la mujer.
-Ariana.
-A Ariana. Quisiera escuchar la historia, Ricky. Sabes que todo lo que escribes me encanta. Y eso que no me gusta leer en lo absoluto. Anda, al menos cuéntame el final.

Me quedé parado mirando al suelo. No podía pensar en nada más que en la primera vez que besé a Mariana. Pensaba en todo lo que habíamos vivido. Haber leído su carta de nuevo (y esta vez frente a Coralia, que sabía que yo la había amado como a ninguna otra mujer en mi vida) me produjo la misma sensación que cuando me dijo que se marcharía. ¿Cuánto había pasado? ¿Por qué no me fui con ella? ¿Por qué no le decía a Coralia que quería que se fuera para ponerme a llorar de una vez por todas? Pensé que iba a gritar, pensé que me iba a tirar al piso y que le diría a Coralia que no, que no era una historia. Que no había ni Emilio ni Ariana. Que solo había Mariana para mí. Que se fuera, que no volviera y que avisara a todos los que me conocían que extrañaba tanto a esa menuda mujer que se había hundido en su único amor: las letras. En esa mujer que tanto me había costado descifrar. Quería llorar al ritmo del casi inaudible tic-tac del reloj de la cocina.

-«No sé realmente cuánto tiempo me queda. El doctor me explicó con paciencia como funciona esto del SIDA. Yo también sabía (por esos conocimientos del colegio que crees que quizás nunca te van a servir en la vida), pero no quiero pensar en ello ahora mismo. No quiero pensar en cómo se ve mi cuerpo desvaído frente al espejo. No quiero pensar en cómo este suplicio se está devorando lentamente todo lo que llevo por dentro. No quiero pensar en las palabras de mi madre, tan claras, tan mordaces: “tú ya no eres mi hija” a través del teléfono, cruzando miles de kilómetros para impactar mi ya atormentado corazón. No quiero pensar en lo que me hizo hundirme en este problema. No quiero pensar en nada de eso. Sobre todo hay dos cosas en las que no quiero pensar: no quiero pensar en esa maldita novelucha de 200 páginas que allá afuera venden a mi nombre. No quiero pensar en esa maldición que surgió de mis dedos que extrañaban toda una vida de felicidad que se quedó atrás.

Sobre todo, no quiero pensar en que no podré decirte que eres lo único que en verdad he amado, Emilio.»

Cuidé de no equivocarme esta vez, pero mis labios ardían en deseo de pronunciar, por primera vez luego de seis meses desde que la carta llegó a mí, mi nombre al final de esa oración. Callé, cerré los ojos e imaginé la figura de Mariana vestida con su blusa blanca y su bufanda color rosa, como tanto me encantaba. Sentí los brazos de Coralia rodeándome por la espalda. No abrí los ojos.

-Deberías de terminar de escribirlo. O publicarlo si ya terminaste –me dijo sin soltarme –No esperaba ese final, digo, cómo alguien puede decirle a la persona que ama que está a punto de morir a través de una carta. Pero, a pesar de eso, todo está muy bien. Tú eres el mejor, Ricky –y hundió su rostro en mi espalda baja.

Si no me hubiere controlado, habría golpeado sin clemencia a Coralia. Me aparté de sus brazos y doblé lentamente la carta hasta que solo quedara un rectángulo de unos 4 centímetros de alto. Esbocé una sonrisa fingida y le di las gracias a Coralia. Al menos me había escuchado.

Comimos. La bolsa contenía cuatro sándwiches de pollo con papas fritas. En la nevera tenía un poco de jugo de naranja. La cena transcurrió entre conversaciones vagas, muy alejadas del tema de la carta-historia, y una que otra risa.  Coralia se fue a las 9:00 luego de haberse entretenido hablándome de sus problemas. No es que quiera entrar en el papel del escritor amargado que se cree superior al resto, pero todo lo que me dijo me importaba menos que un carajo. Se despidió con un abrazo efusivo y con esa su sonrisa cálida y desfigurada. Le di un beso en la mejilla (casi como compensación por todo lo vivido) y sus ojos parecían a punto de estallar del brillo. Le dije que estaba muy cansado y que debía dormirme ya, sino habría estado ahí mirándome como boba toda la noche. No le mentí, en realidad estaba cansado. Quizás no era cansancio físico, pero estaba cansado.

Me preparé un té de manzanilla y me dispuse a irme a la cama. Cuando estaba a punto de apagar la luz de la cocina reparé en las páginas que aún seguían en la mesa. Dejé la taza en el desayunador y cogí la pluma de nuevo. Me senté.

«Es una verdadera alegría saber de ti, Mariana. Francamente no esperaba noticias tuyas desde aquella última llamada que tuvimos cuando llegaste a Chile. No esperaba saber nada de tu alma aventurera que me cautivó desde que me dijiste que estabas enamorada de mí. Aquí todo marcha bien. Yo voy bien. El mundo va bien.

El mundo va bien.

El mundo va bien. Yo voy bien porque voy contigo. Vas conmigo aquí, siempre. Aunque estés donde sea que estés. El mundo va bien porque aún vas conmigo, Marimar.»

Estuve llorando hasta las 11:00. Afuera soplaba una brisa lúgubre que invitaba a quedarse en el llanto por otras dos o tres horas más. Mi té estaría más frío que mi vida en esos momentos. Miré las hojas y mis lágrimas habían corrido una parte de la tinta que había utilizado para escribir. Arrugué las páginas y las tiré en el basurero de la cocina. Dejé ir el té por el lavaplatos y me dirigí a mi cuarto.













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