El
hombre llega al mundo con malicioso plan casi divino. Tenía la fecha de llegada
calculada. Se confunden los gritos de la madre con los de su agudo vozarrón.
Señal de que nunca va a callarse. La mujer llega al mundo por pura casualidad.
Cae como lluvia en estación seca: de golpe y sin aviso. La madre no grita, la
mujer grita por ella. El hombre no necesitó el golpe (o nalgada) de la vida. A
la mujer tampoco le hizo falta. Llegaron, planeados o casuales, sin la
intención de callarse.
Al
hombre le reciben con todos los dones que pueden brindársele a un ser humano
recién llegado al planeta. Desfilan siluetas y personalidades que auguran un
futuro brillante, una personalidad maravillosa y toda la bonanza existente en
esta Tierra. La madre se regocija con su producto en brazos. “Tiene mi nariz,
¿ya vieron?, sí, el único, sí, mi hijito”. El hombre no deja de llorar. Grita.
Grita como sólo podría gritar aquel que conoce el poder que encierra en su
garganta. Grita con la llegada del alba. Grita al mediodía. Grita por el viento
de las seis. Grita incluso en el regazo de la madre, a pesar de la creencia de
que no hay lugar más seguro que el regazo de la santísima madre de uno. Al primer grito, en estampida avanzan los que
estén más próximos para intentar acallar los tormentos del hombre. Al primer
grito, llueven en abundancia toda clase de atenciones y mimos. Al primer grito,
el hombre consigue lo que quiere.
A
la mujer la reciben como bendición. No hay nadie que no quiera cargarla en
brazos. Todos quieren tener el honor de balancearla de un lado a otro mientras
emiten sonidos que, más que parecer tiernos, recuerdan a un grado de retraso
mental. Hacen fila almas conocidas y otras que solo aparecen en calamidad,
chisme o bonanza para dar el veredicto al ver a la criatura: sí, es de él; no
cabe duda, tiene la misma forma de los pies. Sí, la madre no resultó ser una
piruja después de todo. ¡Chis! Que no te vayan a oír”. El padre se deshace de
orgullo al mostrar su creación: “¿Ya vieron? ¡Tiene las mismas manos que yo!”.
La mujer no se calla. Grita aunque esté en los brazos de su madre. Cuando emite
el primer grito, corren a ver que no le falte el aire. Cuando emite el primer
grito, nadie se resiste a levantarla y hacer toda clase de maromas con los
brazos para que cese su llanto. Cuando emite el primer grito, la mujer obtiene
lo que desea.
Entre
mimos y caprichos, el hombre deja las enaguas de la madre y camina por tierra
firme. Se cae varias veces, patea varios balones, aprende a decir varias
palabras, se cae de nuevo, conoce los colores, siente la tierra bajo sus pies,
se cae de nuevo y empieza a decir sus primeras ideas. Aún grita, pero no como
cuando el regazo de la madre era su único universo. “¡Qué niño! ¡De seguro será
un médico talentoso como su padre! ¡Qué suerte la de la madre, tener a su único
varón! ¡Qué familia tan encantadora! ¡Qué bendición! ¡Qué bendición!”. La parte
de poder decir sus ideas es lo que más le gusta. Nombra todo lo que le rodea.
Pregunta de todo lo que tiene a su alrededor. Señala, duda, plantea, inventa.
Los gritos van quedando en segundo plano, ha descubierto una nueva herramienta:
la argumentación, la expresión oral.
Por
cuidados y anhelos, la mujer planta sus
pies en el suelo por primera vez. Tropieza muchas veces, sus dedos sienten las
hojas del jardín, abraza a muchas muñecas, entiende varias palabras nuevas,
vuelve a tropezar, corre por los pasillos y comienza a contar sus primeros
pensamientos. Todavía grita, pero no con la misma frecuencia de cuando aún no
dejaba el lecho maternal. “¡Es toda una damita! ¡Tiene los ojos de la madre!
¡Qué pestañas, qué gracia la suya! ¡El padre está más que orgulloso! ¡Será una
mujer de bien! ¡Qué divina! ¡Qué divina!”. No existe diversión más grande que
poder contar todo lo que piensa. Explora todo lo que hay a su alrededor. Piensa
y pregunta. Parece que se ha olvidado de los gritos por ahora. El habla se
convierte en su nueva arma.
Han
descubierto el mayor logro evolutivo. Han dominado la mayor capacidad adquirida
por el ser humano. Ahora no hay quien les quite el poder. Él acá, ella por
allá. Ya no gritan como antes: les bajaron los decibeles para subirles la
educación. Les felicitan cuando expresan lo que piensan y les riñen cuando
pierden los estribos y escapan a ese lugar donde, a veces, es bueno refugiarse:
la rabieta, el berrinche, la pataleta, la explosión, los gritos. Ya no corren
descalzos por la tierra húmeda ahora habitada por seres microscópicos que
quieren destruir sus cuerpos. Hoy llevan calcetas y zapatos cerrados, aún en el
piso de cerámica del interior de sus casas. Ya no patean balones ni abrazan
muñecos como antes. Ahora se entregan a cuadernos de caligrafía y libros de
aritmética básica. Ya no tropiezan con rocas, raíces que sobresalen del suelo,
varas o juguetes que actúan como obstáculo. De hecho, el hombre y la mujer ya
no corren como antes. Dejaron de usar las piernas para echar carreras y ahora
las utilizan para marchar en días cívicos. Olvidaron (casi por completo) cómo
se veía una hoja salpicada por el rocío de la madrugada o los restos de la
lluvia de la noche anterior. Habían sustituido estos recuerdos e intereses por
nombres de países y órganos del cuerpo humano.
El
hombre desarrolla una voz profunda y melódica. Sus músculos adquieren rasgos
sobresalientes. A pesar del crecimiento del vello facial, siempre mantiene su
rostro limpio, como el del niño que había dejado de ser hace mucho. El rostro
de la mujer olvida los rasgos infantiles y se convierte en el de una doncella
de ojos vivos. Su cintura se contrae y deja a la vista dos curvas pronunciadas
de las que estaría orgullosa toda su vida. Los rizos de su cabello se acentúan
de tal forma que su cabeza parecía adquirir mayor tamaño. La madre no era la única
referencia femenina de cuidados para el hombre ahora. El padre ya no
significaba el único cariño en la vida de la mujer. El hombre y la mujer habían
descubierto el amor.
El
hombre se enamora de A. Se siente embelesado por la pureza de su risa y el
misterio de sus labios. Descubre que le atrae el cabello largo. Conoce el cielo
al posar su boca en la de A. Viaja por el universo al sentir sus manos en el
pecho. Vive un frenesí que, pensó, jamás viviría en ninguna otra ocasión de su
vida. El hombre olvida recuerdos innecesarios y llena su mente con el rostro y
el cuerpo de A. Encuentra la lujuria, vive la pasión. A sonríe y al hombre se
le hiela la sangre. Ha olvidado todo lo que alguna vez supo. Para el hombre
sólo existe A.
La
mujer se enamora de B. No existe nada que se compare con el sonido de su voz y
la magia de sus ojos. Encuentra una gran pasión por los ojos marrón. Vuela por
el firmamento cuando B acaricia su cabello. Siente una brisa infinita por
dentro al besar sus labios. No existe, piensa ella, nada que se compare o
supere lo que en estos momentos siente. La mujer no recuerda otra cosa que no
esté relacionada con los ojos y la sonrisa de B. Descubre los placeres de la
piel, conoce la pasión. B sonríe y a la mujer se le hiela la sangre. Se le ha
olvidado todo lo que alguna vez supo. Para la mujer sólo existe B.
A
quiere sonreír junto al hombre siempre. B quiere que la mujer sea suya hasta el
fin de sus días. El hombre está enamorado de A. La mujer ama a B. El tiempo,
del que tanto han escuchado a sus padres, conocidos, colegio o personas en
general, nunca estuvo de acuerdo con el hombre + A y la mujer + B. A lloró el
desplante del Hombre y B nunca se recuperó del carácter de la mujer.
El
hombre, ahora sin A, camina por el sendero de la vida sin preguntarse el porqué
de ser “el hombre sin A”. Se olvida del pesado rostro de A y sustituye las
memorias de su cuerpo con pensamientos que giran en torno a las combinaciones
de colores en la naturaleza y la circunferencia de la Tierra que se dibuja a
veces en el cielo. La mujer, ahora sin “B”, avanza por la vida sin recordar
siquiera por qué es “la mujer sin B”. Deja de lado el rostro gris de B y olvida
los pensamientos que se relacionan con su cuerpo para enfocarse en la
profundidad de la oscuridad por la noche y el concepto de tiempo que manejan
los seres humanos. Hasta este punto, ambos han olvidado casi por completo lo
primero que aprendieron al llegar al mundo.
El
hombre, despreocupado y desatento, camina por la calle angosta sin inmutarse en
otra cosa que no sea la melodía de su pensamiento en blanco. La mujer, presurosa
y altiva, avanza por la calle angosta sin planificar algo más que su
itinerario. El cielo, planificado hasta el momento, muestra su faceta más
celeste, propia de un día de verano. El hombre nota una nube gris en el
firmamento. La mujer presiente que algo inesperado se aproxima. No está
planeado que llueva en un día de verano.
La
mujer posa su mirada en la nariz del hombre. El hombre nota la mirada profunda
de la mujer. Ella sonríe, él hace su intento por corresponder el gesto. Ambos
avanzan por la calle angosta sin mirar hacia atrás. El rostro de la mujer queda
impregnado en la mente del hombre. El rostro del hombre se dibuja en la memoria
de la mujer. Del cielo cae una gota. Dos. Tres. Seis. Diez. Veinte. Hoy ya no
se pueden contar. La gente maldice la lluvia “¡No estaba planeado! ¡No se
suponía que iba a llover!”
El
hombre y la mujer redescubren, juntos, la esencia de lo primero que aprendieron
al llegar al mundo. El hombre y la mujer vuelven a gritar. Ella grita de
júbilo, de placer, de ira. Él, de emoción, de pasión, de cólera. Olvidan la
aritmética, la geografía, los buenos modales, las oraciones de la noche y de la
comida, las fases de la luna, las ecuaciones cuadráticas, a B, A, M, T, X, Z.
El hombre y la mujer se encuentran y recuerdan el poder que llevan en la
garganta. Lo demás ya lo han olvidado.
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