"The worst enemy to creativity is self-doubt" -Sylvia Plath

jueves, 10 de diciembre de 2015

Aquel cuyos ojos no conocí

Esta es una historia que no es historia por que no quisieron hacerla historia. Esta es la historia de aquel, el que tenía cabello, nariz, boca, pero no ojos. Y ciego no era; tuerto, menos, pero jamás le conocí los ojos. Por eso hoy digo: la historia de aquel cuyos ojos no conocí.
Nació un día cualquiera. De abril. Un mes cualquiera. Yo nací un día cualquiera. De un mes cualquiera. Y el destino se encargó de juntarnos un día cualquiera. Le conocí los pies, pies que sostenían semejante figura sin ningún talante. Le conocí la piel, manto marrón envolvente de mil pasiones abruptas y misteriosas. Le conocí  la boca, amorfa cavidad que no detenía ni el más rupestre corazón. Salvo el mío. 
Y entre palabra y risa, entre mirada y silencio, me conoció el alma. Dígase mejor, le presenté mi alma. Sentí que de otra vida le conocía, sentí que había estado entre sus brazos antes. Pero de sus ojos no sabía nada.
Hablábamos de Stalin y del ejército rojo, de alfombras persas e insectos del África, de literatura, medicina, cine, arte y uvas. De lo que se había hablado y lo que inventábamos. Y mis ojos se posaban en las comisuras de sus labios. Y mi mente desglosaba sus habilidades de labia y labio. Y conocía las fronteras de sus mejillas. Y me sabía el ángulo de inclinación de su nariz. Pero sus ojos no los conocía. 
Descubrí sus sueños, esos que brillaban más cuando cerraba sus ojos. Conocí sus vicios, esos que le pintaban acuarelas en los ojos. Memoricé sus pasiones, esas que aterrizaban en sus ojos. Pero jamás, hasta ahora, me presentó a sus ojos. 
Y es aquí donde digo que esta historia no es historia por que decidieron no hacerla historia. Decidimos no hacerla historia. Y así como nos fusionamos, así nos dividimos. Y aquel que cuyos ojos no conocí se fue a la izquierda. Y esta cuyos ojos de aquel no conoció, se fue por la derecha. O quizás uno hacia arriba y el otro hacia abajo. O incluso en diagonal. Y aquel se fue. Y cuando decidí vencer lo que dentro de mí habitaba, cuando decidí conocer los misteriosos diamantes que coronaban tan perfectamente sencillo rostro, cuando decidí que me enamoraría completamente, aquel cuyos ojos no conocí los había cerrado por siempre. O quizás no los había cerrado por siempre, pero, para mí, para mí ya no brillarían. Y ahí estaba yo, con innumerables inviernos en una mano y en la otra con el aroma de su pecho. Con los ojos cerrados. Y entonces me di cuenta que era tarde. Y que le había conocido el alma. Y que le había amado el alma. Pero el brillo majestuoso de sus dulces ojos me había cegado y había impedido que los conociera. Y ahí estaba yo. Soñando con aquel cuyos ojos no conocí.

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