El delicado sobre reposaba
silenciosamente en mi escritorio de roble. Se encontraba fuera de las dos
bandejas de archivos existentes en éste, por lo que intuí que era algo extra
oficial.
-Es una invitación –dijo
Leticia, mi sexagenaria secretaria- Llegó esta mañana, de parte de Godoy, del
departamento de impresión.
Ver el sobre me provocó una
acidez estomacal inmediata y momentánea, no es que Godoy, mi viejo amigo
tabernero y de préstamos, fuese la causa. Carajo, no. El problema era sencillamente
la invitación. La malparida invitación.
Ni siquiera me tomé el
tiempo de examinarla, era más que obvio el motivo. Un pulcro rectángulo de no
más de 7 centímetros de largo indicaba que la invitación era para mí. La
invitación a una boda.
Arrojé el cochino sobre a la
papelera, sin remordimientos, fue una anotación a lo Jordan, limpia, precisa.
Pensé en llenar el cesto con más papeles en el transcurso del día, así nadie
notaría que el jefe editorial de la revista Misceláneas, quién se supone es un
ser sociable, accesible y con material de invitado (y hasta padrino) de bodas,
había desechado sin escrúpulo alguno una tarjeta de uno de éstos
imprescindibles eventos.
Antes me hubiese emocionado,
o al menos lo hubiese fingido, y es más que seguro que asistiría. En uno de
esos delicados asuntos, el amigo no puede faltar, a nadie le cae mal un poco de
consuelo en una decisión de esa magnitud. Todo eso hubiese sido antes, sí,
antes de esa tarde del 4 de junio. Maldición, incluso recuerdo la fecha. Ese 4
de junio que cambiaría mi vida hasta el día en que cerraran mi ataúd.
Me encontraba escribiendo mi
habitual columna editorial para la edición de esa semana, hablaba sobre la
importancia de las Islas Malvinas. No había tenido una gota de alcohol desde
hace un mes, así que no es permitido juzgar el nivel de interés que una persona
prestaría a tal obra maestra. Estaba absorto en el mundo de las palabras cuando
entonces, apareció.
Alta, morena, no era
delgada, pero su cuerpo me pareció perfecto desde que vi la forma en que sus
caderas se contoneaban dentro de una ajustada falda, no lo puedo llamar amor a
primera vista, pero fue algo a primera vista. Lo que sea. Entró en mi oficina
con la agilidad de una liebre pero con la astucia de un zorro. A pesar de tener
un alto puesto en el mundo editorial, casi cualquier persona entraba en mi
oficina sin previo aviso de mi secretaria. Cosas que me definen. Así que ahí
estaba ella, con una carpeta en sus manos.
-Señor Villeda, es un placer. Mi nombre es Cristina
Fermín, represento al Museo de Artes Plásticas de la Ciudad –dijo con verdadero
encanto.
-Mucho gusto, señorita Fermín –dije poniéndome en pie y
deseando desde lo más profundo de mí ser que no me corrigiera y me pidiese que
le llamara señora -¿En qué puedo servirle?
-Verá, señor, es un verdadero orgullo para mi persona
dirigirme a usted, ya que es una de las mayores eminencias locales en cuanto a
editoriales y obras literarias, y ni hablar de su labor periodística.
Quería comerme el archivo digital que hablaba sobre las
Islas Malvinas.
-Debido a esto, quisiera saber cuáles son las
posibilidades de recibir su valiosa ayuda en una pequeña labor que necesitamos
en el museo –prosiguió ella con un hermoso brillo en sus ojos.
-De verdad aprecio que tenga ese concepto de mí, señorita.
Cuénteme de qué se trata el proyecto.
-Es sencillo. La próxima semana el museo organizará una
galería de artes gratuita con obras de diversos artistas juveniles en el centro
de la ciudad, es un proyecto muy bonito, ya que además de cooperar a que éstos
jóvenes salgan del anonimato, incentiva el interés por el arte en los
habitantes –sacó de su carpeta un volante que dejó en mi escritorio- por lo que queríamos saber si es posible que
usted mencione algo de esto en una de sus columnas o en algún otro escrito de
su autoría.
-Es una buena iniciativa, los felicito, pero quisiera
saber ¿Por qué no se dirigió al área periodística de la revista? Le aseguro que
ellos podrán darle la mejor cobertura del evento. Y si lo que busca es
promoción puede dirigirse a…
- No, no, señor, usted no me entiende –dijo
interrumpiéndome –Quisiéramos que la gente leyese de su pluma el interés por
éste acontecimiento. No es mi intención hacerle escribir algo por obligación
–dijo un tanto apenada –pero las personas se toman muy en serio sus notas, para
el museo sería un verdadero honor desfilar entre sus escritos.
No quería acceder, nadie obliga a Santiago Villeda a
escribir, nadie, nunca. Bajo ninguna circunstancia. Y menos si es sobre vagos
que creen que manchas sobre un óleo es arte, que se fueran al infierno.
-Puede que haga un espacio en mi próxima nota editorial
–dije pensando como encajar una ridícula galería de pueblo en un ridículo
editorial sobre geografía –pero en realidad, no es muy seguro. La mayoría de
mis editoriales pasan por revisión antes de ser publicados, por lo que a veces
no se publica todo lo que escribo.
-Señor, ¿No es usted el jefe editorial? –dijo la altanera
muchachita que probablemente seguía en la universidad –No es de mi incumbencia,
pero tengo entendido que es usted su propio jefe.
-Muy lista, Cristina –dije fingiendo autoridad que
disfrazara mi vergüenza por haber dicho semejante estupidez. Les aseguro que
luego de esa visita guardé en el último cajón de mi archivero el rótulo que
decía Jefe de Editorial de mi escritorio –Pero siempre sigo reglas. No se
preocupe, algo voy a hacer por su lindo evento. Espero que sea todo un éxito.
Me miró a los ojos por escasos 4 segundos en completo
silencio. Eran los ojos de un gato. Un gato que busca un espacio en el sofá más
cómodo de la sala. Esos ojos que te hacen sentir la compasión de un fotógrafo
blanco en África. La mujer estaba jugando a la niñita que hace miradas conmovedoras
para conseguir algo.
-Señor Villeda, es un evento muy importante para
nosotros. Piense en los sueños de muchos jóvenes que buscan un lugar dentro del
mundo del arte. Piense en ellos, por favor. No los abandone cuando tienen tan
cerca su anhelo.
Claro, como el anhelo de todo ser humano es que cuelguen
sus dibujos en un parque. La perra tenía que haber estudiado algo relacionado
con la política, porque tenía un don. Fue eso lo que me hizo convencerme que
debía tenerla en mi vida.
-Algo voy a hacer, Cristina. Lo prometo –y luego sin
pensarlo dije- déjeme su número –para que no pareciese un desenfrenado deseo de
llamarle agregué –o el de algún encargado del museo, para darme más detalles
sobre el evento.
-En verdad se lo agradezco, señor. Yo sabía que no iba a
fallarnos –y sonrió. Me mostró un colmillo notablemente fuera de lugar. Yo
sabía que ese error maxilar lo había visto antes, pero ¿Dónde?
Dejó su número en un papel adhesivo color rosa, seguido
del número de un tal Abraham. Me dio la mano y le devolví la sonrisa, salió de
mi oficina a encargarse de limpiar pínceles o algo de esa naturaleza. Y en mí
quedó algo. No sé qué, pero era algo. Luego de eso eliminé las islas Malvinas
de mi ordenador y de mi vida, inicié un nuevo archivo, La importancia del arte
para el alma, lo titulé. Aunque creo que hubiese sido un mejor título el de La
importancia de Cristina para el alma. Pegué el adhesivo con su número al borde
del monitor y me dispuse a escribir. No me olvidé de consultar el volante que
estaba sobre mi mesa para añadir los detalles del evento. Mientras mis dedos
tecleaban cada letra que formaría el editorial más extraño que había escrito,
pensaba en los ojos de gato y el colmillo desviado de Cristina, esa mujer había
hecho algo en mí.
Pasaron alrededor de 6 días entre juntas, llamadas,
revisiones, escritos y otro sinfín de asuntos de índole editorial cuando decidí
llamar a Cristina. Estaba encerrado en mi oficina y era hora del almuerzo,
Leticia no me molestaría con llamadas por 45 minutos, era mi oportunidad. El
teléfono dio dos tonos cuándo se asomó la voz de la mujer del otro lado.
-Cristina, soy yo Santiago, de Misceláneas.
-Señor Santiago, buenas tardes –dijo sin ocultar su
emoción. De fondo de escuchaba un televisor a un volumen considerable -¿Cómo
van las cosas?
-Pues lo prometido es deuda, por lo que me complace
anunciarle que el museo ya tiene un espacio oficial en el editorial de
Misceláneas de ésta semana.
La chica amaba ese museo. En un momento pensé que
lloraría o que sufriría un episodio cardíaco del otro lado de la línea.
-¡Es increíble! –decía por quincuagésima vez –Oh, señor Villeda,
muchas gracias. No sabe lo que esto significa para nosotros. Se lo agradezco en
nombre de todo el equipo del museo.
-No tiene por qué agradecerme –y entonces firmé mi
sentencia de muerte –No sé si se encuentra libre –otra vez, que no creyera que
era un psicópata –o si algún otro representante lo está para revisar juntos la
editorial.
-Sí, lo estoy. ¿Le parece reunirnos para almorzar en el
café de la 5ª avenida? Me interesa mucho leer lo que se publicará.
-De acuerdo, que sea mañana. Le diré a mi secretaria que
lo apunte en mi agenda, hasta entonces, señorita –y colgamos. La suerte estaba
echada.
Ese almuerzo no lo olvidaré jamás. El editorial dejó de
ser importante a los 15 minutos de haber iniciado la reunión. Aprendí que
Cristina había estudiado artes plásticas, y que el arte era su pasión. Tenía 26
años, 5 años menos que yo, vivía con su madre y era hija única. De mí, ella
aprendió mi pasión por la escritura y la temprana edad a la que apareció en mi
vida, que vivía solo y que tenía demasiados proyectos en mente. La charla fue
amena, duró alrededor de 2 horas, mucho más tiempo del estipulado. Tuve la
oportunidad de admirar la belleza de Cristina y su inteligencia, además de
notar algo extraño en su nariz y en su colmillo desviado, ese algo que terminaría
matándome.
Cómo escritor tengo varias ideas sobre el amor, he
escrito dos novelas sobre el tema y varias columnas del mismo. Nunca me he
enamorado de verdad, ni siquiera en la flor de la juventud en los típicos
romances de instituto, siempre pensé que sería un hombre solitario, a quien su
máquina de escribir le haría el amor y el café. Pero para todo hay una primera
vez. Se dio el ridículo evento de arte de los vagos, y esa no fue la última vez
en que vi a Cristina, las reuniones que dejaron muy atrás los fines laborales
comenzaron a ser más seguidas, al punto en que salíamos a almorzar a diario. Yo
la esperaba siempre en la misma mesa, y ella aparecía con sus ojos de gato por
la puerta, sonriente. Hablaríamos de nuestro día, contaríamos chistes. La vida
empezaba a sonreírme, y entonces comprendí porque nunca antes me había
enamorado, estaba reservando el fuego con el que ama un hombre como yo para
Cristina, la encargada del área juvenil de artes plásticas del museo de la
ciudad. Quién diría que nuestra historia comenzó con un editorial.
Cierto día en que llegué a mi oficina, Leticia estaba
esperándome con una sonrisa pícara en su rostro. La saludé como de costumbre y
entonces me dijo:
-Lo felicito, señor Santiago. Más que su secretaria, me considero
su amiga, por lo que no puedo dejar de sentirme muy feliz por usted –dijo con
total seguridad.
Yo no entendía de qué hablaba, hasta que entré a mi
oficina y vi un pequeño arreglo floral al lado de una tarta de manzana en mi
escritorio. Increíble. Mi postre favorito. Miré atónito a Leticia, quien solo
me sonrió y me señaló en dirección del postre. Había un adhesivo color rosa.
Éste estaba escrito con la letra cursiva de Cristina, la misma con la que había
escrito su número de teléfono, y decía te quiero. Cristina me quería. Dos meses
de conocernos y me quería. Yo la amaba. Cerré la puerta y me senté frente a la
tarta. Tuve que llamarle para agradecer tal detalle, así lo hice y me invitó a
cenar. No podía creer lo feliz que era. Esa noche me dijo que quería
presentarme a su madre, por lo que luego de la cena salimos a su casa. Conocí a
la dulce señora, quien me acogió como si tuviese años de conocerme. Antes de
irme no pude contenerme, estaba demasiado alegre, besé a Cristina como nunca
antes había besado, me sentí con 15 años de nuevo, tomé su cintura y la besé,
la besé y la besé. No pude dormir esa noche. Estaba jodidamente enamorado.
Seis meses después Cristina y yo éramos una pareja
oficial, salíamos, nos besábamos, yo le llevaba flores. Era un verdadero cuento
de hadas. Así es, un cuento de hadas a los 30. Yo nunca había escrito sobre
cuentos de hadas, es más, me parecían algo inútil, a lo que nunca le prestaba
atención, por lo que no sabía que todo cuento de hadas tiene una parte oscura,
en la que los protagonistas se la ven de palitos, estaba tan enamorado como un
idiota de 16 años que no me di cuenta de esto, es increíble lo que te puede
hacer el hecho de estar tan empapado del amor de una persona, últimamente
escribía columnas sobre sentimientos, me perfumaba el doble, puse una foto de
Cristina en mi escritorio (en dónde antes estaba el pequeño letrero de Jefe de
Redacción) gastaba mi dinero en flores, en tarjetas, en cosas tan estúpidas.
Todo por ver la sonrisa de esa mujer. Todo era muy hermoso, excepto cuando
sonreía, y aparecía ese diente desalineado, y entonces una inquietud llegaba a
mi mente ¿Dónde carajos he visto eso antes? Es un error muy común entre las
personas, ese era mi consuelo. Pero luego estaba la forma de su nariz, cómo se
alineaba con su boca, la forma en que sus ojos estaban ubicados. Había algo en
Cristina que me hacía pensar que ya lo había visto antes. Aunque parezca
increíble, muchas veces me quedaba hasta altas horas de la noche pensando en
ello, otras simplemente me decía que tal vez la confundía con alguien, o era
solo un producto de mi imaginación, lo que hacía que me olvidase de esto por un
lapso de tiempo. Pasaron así otros 6 meses, lo que daba por resultado un año
junto a ella. El mejor año de mi vida, afirmaba el estúpido enamorado del piso
5 de la revista Misceláneas, a donde iba recibía felicitaciones: te felicito,
ella es muy linda, que afortunado ¡Patrañas!
Cierto día llevé a Cristina a mi apartamento. Ya era un
hombre de 31 años de edad, un escritor con futuro, debía dejar claras las
cosas. Esa noche ella llevaba un maravilloso vestido gris, cómo me encantaba su
cuerpo con esa prenda. No nos resistimos, estuvimos casi 20 minutos dándonos
besos en el sofá. Como es de esperar, la cosa pasó a más, y 10 minutos después
tenía a Cristina sin ropa sobre mí, estábamos teniendo sexo. En ese momento me
sentí como el hombre más feliz y viril del mundo, escuchaba sus gemidos y no sé
si mi imaginación me hizo escuchar una especie de grito, pero yo estaba en la
cima del mundo. Estaba. Santo cielo.
Cristina habló conmigo con su dulce voz y sus ojos de
gato, me estaba proponiendo que nos casáramos, a pesar de encontrarme enamorado,
las razones que ella me propuso eran bastante válidas. Acepté. Iba a casarme
con la mujer de mis sueños, de la que conocía únicamente el cuerpo y parte de
su familia. Le compré un anillo, hermoso, 2 quilates. Me costó parte de mi
cuenta de ahorros en la que aún existían divisas de mi primer libro publicado,
Cristina lloraba y se colgó de mi cuello para llenarme de besos. Seguíamos en
la cumbre del mundo.
La madre de Cristina propuso que hiciésemos una especie
de retiro para parejas que están a punto de casarse. Yo era agnóstico
declarado, pero decidí aceptar. Si no hubiese aceptado probablemente hubiese
cometido el peor error de mi vida.
Estábamos llenando un formulario de datos personales,
cuando pasó, cielos, pasó, aún recuerdo el dolor de tripas y la sensación
diarreica que sentí en el momento. Todo pasó cuando vi la casilla “Nombre del
padre” del formulario de mi futura esposa.
Jorge Tomás Villeda, comerciante. Vi mi formulario,
Nombre del padre: Jorge Tomás Villeda, comerciante. Sentí que vomitaría hasta
el pastel de mi cumpleaños número 1.
En uno de sus viajes al interior de la república, mi
ejemplar padre había conocido a Carmen Fermín, una costurera muy hermosa. Ambos
dieron rienda suelta a sus pasiones en una noche donde el matrimonio y la
familia de mi padre desaparecieron y a la mañana siguiente fue el mismo caso
con él. Me había enamorado, había tenido sexo y me iba a casar con mi media
hermana.
De Cristina no supe nada luego de esa vez, recuerdo que
fue a buscarme al jardín de la iglesia luego para ver si estaba bien. Le dije
que teníamos que irnos, que sentía que iba a vomitar y ella me besó, estuve a
punto de vomitar en sus labios. Nos dirigimos a su casa y fue cuando la bomba
estalló, no pude contenerlo más, y fue como me di cuenta de lo que escribo en
éstas líneas. La mamá de Cristina estaba francamente perpleja y apenada,
Cristina lloraba y entonces entendí: el colmillo desviado era el mismo que el
de mi hermano Juan, y la nariz era idéntica a la de mi difunto padre. Salí de
esa casa sin rumbo aparente hasta que llegué a mi apartamento y vomité. Vomité
y luego me dormí.
Naturalmente mis amigos y compañeros de trabajo se
notaron impactados por el cambio de planes, Santiago volvía a ser el mismo
soltero del editorial sin razón aparente. Siempre lo vendía como “diferencias
irreconciliables”, aunque más de alguna vez dije que no estaba listo para el
compromiso. Sentía unas enormes ganas de cortarme a lengua y el pito cuando
decía esto.
Poco a poco, la invitación de Godoy fue quedando al fondo
de un sin número de papeles arrugados, pensé en que regalo le daría a mis
amigos casados mientras escribía mi próxima columna y un ligero sabor a manzana
se formaba en mi boca.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario