"The worst enemy to creativity is self-doubt" -Sylvia Plath

domingo, 1 de febrero de 2015

Adán Sin Eva

El delicado sobre reposaba silenciosamente en mi escritorio de roble. Se encontraba fuera de las dos bandejas de archivos existentes en éste, por lo que intuí que era algo extra oficial.
-Es una invitación –dijo Leticia, mi sexagenaria secretaria- Llegó esta mañana, de parte de Godoy, del departamento de impresión.
Ver el sobre me provocó una acidez estomacal inmediata y momentánea, no es que Godoy, mi viejo amigo tabernero y de préstamos, fuese la causa. Carajo, no. El problema era sencillamente la invitación. La malparida invitación.
Ni siquiera me tomé el tiempo de examinarla, era más que obvio el motivo. Un pulcro rectángulo de no más de 7 centímetros de largo indicaba que la invitación era para mí. La invitación a una boda.
Arrojé el cochino sobre a la papelera, sin remordimientos, fue una anotación a lo Jordan, limpia, precisa. Pensé en llenar el cesto con más papeles en el transcurso del día, así nadie notaría que el jefe editorial de la revista Misceláneas, quién se supone es un ser sociable, accesible y con material de invitado (y hasta padrino) de bodas, había desechado sin escrúpulo alguno una tarjeta de uno de éstos imprescindibles eventos.
Antes me hubiese emocionado, o al menos lo hubiese fingido, y es más que seguro que asistiría. En uno de esos delicados asuntos, el amigo no puede faltar, a nadie le cae mal un poco de consuelo en una decisión de esa magnitud. Todo eso hubiese sido antes, sí, antes de esa tarde del 4 de junio. Maldición, incluso recuerdo la fecha. Ese 4 de junio que cambiaría mi vida hasta el día en que cerraran mi ataúd.
Me encontraba escribiendo mi habitual columna editorial para la edición de esa semana, hablaba sobre la importancia de las Islas Malvinas. No había tenido una gota de alcohol desde hace un mes, así que no es permitido juzgar el nivel de interés que una persona prestaría a tal obra maestra. Estaba absorto en el mundo de las palabras cuando entonces, apareció.
Alta, morena, no era delgada, pero su cuerpo me pareció perfecto desde que vi la forma en que sus caderas se contoneaban dentro de una ajustada falda, no lo puedo llamar amor a primera vista, pero fue algo a primera vista. Lo que sea. Entró en mi oficina con la agilidad de una liebre pero con la astucia de un zorro. A pesar de tener un alto puesto en el mundo editorial, casi cualquier persona entraba en mi oficina sin previo aviso de mi secretaria. Cosas que me definen. Así que ahí estaba ella, con una carpeta en sus manos.
-Señor Villeda, es un placer. Mi nombre es Cristina Fermín, represento al Museo de Artes Plásticas de la Ciudad –dijo con verdadero encanto.
-Mucho gusto, señorita Fermín –dije poniéndome en pie y deseando desde lo más profundo de mí ser que no me corrigiera y me pidiese que le llamara señora -¿En qué puedo servirle?
-Verá, señor, es un verdadero orgullo para mi persona dirigirme a usted, ya que es una de las mayores eminencias locales en cuanto a editoriales y obras literarias, y ni hablar de su labor periodística.

Quería comerme el archivo digital que hablaba sobre las Islas Malvinas.

-Debido a esto, quisiera saber cuáles son las posibilidades de recibir su valiosa ayuda en una pequeña labor que necesitamos en el museo –prosiguió ella con un hermoso brillo en sus ojos.
-De verdad aprecio que tenga ese concepto de mí, señorita. Cuénteme de qué se trata el proyecto.
-Es sencillo. La próxima semana el museo organizará una galería de artes gratuita con obras de diversos artistas juveniles en el centro de la ciudad, es un proyecto muy bonito, ya que además de cooperar a que éstos jóvenes salgan del anonimato, incentiva el interés por el arte en los habitantes –sacó de su carpeta un volante que dejó en mi escritorio-  por lo que queríamos saber si es posible que usted mencione algo de esto en una de sus columnas o en algún otro escrito de su autoría.
-Es una buena iniciativa, los felicito, pero quisiera saber ¿Por qué no se dirigió al área periodística de la revista? Le aseguro que ellos podrán darle la mejor cobertura del evento. Y si lo que busca es promoción puede dirigirse a…
- No, no, señor, usted no me entiende –dijo interrumpiéndome –Quisiéramos que la gente leyese de su pluma el interés por éste acontecimiento. No es mi intención hacerle escribir algo por obligación –dijo un tanto apenada –pero las personas se toman muy en serio sus notas, para el museo sería un verdadero honor desfilar entre sus escritos.

No quería acceder, nadie obliga a Santiago Villeda a escribir, nadie, nunca. Bajo ninguna circunstancia. Y menos si es sobre vagos que creen que manchas sobre un óleo es arte, que se fueran al infierno.

-Puede que haga un espacio en mi próxima nota editorial –dije pensando como encajar una ridícula galería de pueblo en un ridículo editorial sobre geografía –pero en realidad, no es muy seguro. La mayoría de mis editoriales pasan por revisión antes de ser publicados, por lo que a veces no se publica todo lo que escribo.
-Señor, ¿No es usted el jefe editorial? –dijo la altanera muchachita que probablemente seguía en la universidad –No es de mi incumbencia, pero tengo entendido que es usted su propio jefe.
-Muy lista, Cristina –dije fingiendo autoridad que disfrazara mi vergüenza por haber dicho semejante estupidez. Les aseguro que luego de esa visita guardé en el último cajón de mi archivero el rótulo que decía Jefe de Editorial de mi escritorio –Pero siempre sigo reglas. No se preocupe, algo voy a hacer por su lindo evento. Espero que sea todo un éxito.

Me miró a los ojos por escasos 4 segundos en completo silencio. Eran los ojos de un gato. Un gato que busca un espacio en el sofá más cómodo de la sala. Esos ojos que te hacen sentir la compasión de un fotógrafo blanco en África. La mujer estaba jugando a la niñita que hace miradas conmovedoras para conseguir algo.

-Señor Villeda, es un evento muy importante para nosotros. Piense en los sueños de muchos jóvenes que buscan un lugar dentro del mundo del arte. Piense en ellos, por favor. No los abandone cuando tienen tan cerca su anhelo.

Claro, como el anhelo de todo ser humano es que cuelguen sus dibujos en un parque. La perra tenía que haber estudiado algo relacionado con la política, porque tenía un don. Fue eso lo que me hizo convencerme que debía tenerla en mi vida.

-Algo voy a hacer, Cristina. Lo prometo –y luego sin pensarlo dije- déjeme su número –para que no pareciese un desenfrenado deseo de llamarle agregué –o el de algún encargado del museo, para darme más detalles sobre el evento.
-En verdad se lo agradezco, señor. Yo sabía que no iba a fallarnos –y sonrió. Me mostró un colmillo notablemente fuera de lugar. Yo sabía que ese error maxilar lo había visto antes, pero ¿Dónde?

Dejó su número en un papel adhesivo color rosa, seguido del número de un tal Abraham. Me dio la mano y le devolví la sonrisa, salió de mi oficina a encargarse de limpiar pínceles o algo de esa naturaleza. Y en mí quedó algo. No sé qué, pero era algo. Luego de eso eliminé las islas Malvinas de mi ordenador y de mi vida, inicié un nuevo archivo, La importancia del arte para el alma, lo titulé. Aunque creo que hubiese sido un mejor título el de La importancia de Cristina para el alma. Pegué el adhesivo con su número al borde del monitor y me dispuse a escribir. No me olvidé de consultar el volante que estaba sobre mi mesa para añadir los detalles del evento. Mientras mis dedos tecleaban cada letra que formaría el editorial más extraño que había escrito, pensaba en los ojos de gato y el colmillo desviado de Cristina, esa mujer había hecho algo en mí.
Pasaron alrededor de 6 días entre juntas, llamadas, revisiones, escritos y otro sinfín de asuntos de índole editorial cuando decidí llamar a Cristina. Estaba encerrado en mi oficina y era hora del almuerzo, Leticia no me molestaría con llamadas por 45 minutos, era mi oportunidad. El teléfono dio dos tonos cuándo se asomó la voz de la mujer del otro lado.
-Cristina, soy yo Santiago, de Misceláneas.
-Señor Santiago, buenas tardes –dijo sin ocultar su emoción. De fondo de escuchaba un televisor a un volumen considerable -¿Cómo van las cosas?
-Pues lo prometido es deuda, por lo que me complace anunciarle que el museo ya tiene un espacio oficial en el editorial de Misceláneas de ésta semana.

La chica amaba ese museo. En un momento pensé que lloraría o que sufriría un episodio cardíaco del otro lado de la línea.

-¡Es increíble! –decía por quincuagésima vez –Oh, señor Villeda, muchas gracias. No sabe lo que esto significa para nosotros. Se lo agradezco en nombre de todo el equipo del museo.
-No tiene por qué agradecerme –y entonces firmé mi sentencia de muerte –No sé si se encuentra libre –otra vez, que no creyera que era un psicópata –o si algún otro representante lo está para revisar juntos la editorial.
-Sí, lo estoy. ¿Le parece reunirnos para almorzar en el café de la 5ª avenida? Me interesa mucho leer lo que se publicará.
-De acuerdo, que sea mañana. Le diré a mi secretaria que lo apunte en mi agenda, hasta entonces, señorita –y colgamos. La suerte estaba echada.

Ese almuerzo no lo olvidaré jamás. El editorial dejó de ser importante a los 15 minutos de haber iniciado la reunión. Aprendí que Cristina había estudiado artes plásticas, y que el arte era su pasión. Tenía 26 años, 5 años menos que yo, vivía con su madre y era hija única. De mí, ella aprendió mi pasión por la escritura y la temprana edad a la que apareció en mi vida, que vivía solo y que tenía demasiados proyectos en mente. La charla fue amena, duró alrededor de 2 horas, mucho más tiempo del estipulado. Tuve la oportunidad de admirar la belleza de Cristina y su inteligencia, además de notar algo extraño en su nariz y en su colmillo desviado, ese algo que terminaría matándome.

Cómo escritor tengo varias ideas sobre el amor, he escrito dos novelas sobre el tema y varias columnas del mismo. Nunca me he enamorado de verdad, ni siquiera en la flor de la juventud en los típicos romances de instituto, siempre pensé que sería un hombre solitario, a quien su máquina de escribir le haría el amor y el café. Pero para todo hay una primera vez. Se dio el ridículo evento de arte de los vagos, y esa no fue la última vez en que vi a Cristina, las reuniones que dejaron muy atrás los fines laborales comenzaron a ser más seguidas, al punto en que salíamos a almorzar a diario. Yo la esperaba siempre en la misma mesa, y ella aparecía con sus ojos de gato por la puerta, sonriente. Hablaríamos de nuestro día, contaríamos chistes. La vida empezaba a sonreírme, y entonces comprendí porque nunca antes me había enamorado, estaba reservando el fuego con el que ama un hombre como yo para Cristina, la encargada del área juvenil de artes plásticas del museo de la ciudad. Quién diría que nuestra historia comenzó con un editorial.

Cierto día en que llegué a mi oficina, Leticia estaba esperándome con una sonrisa pícara en su rostro. La saludé como de costumbre y entonces me dijo:
-Lo felicito, señor Santiago. Más que su secretaria, me considero su amiga, por lo que no puedo dejar de sentirme muy feliz por usted –dijo con total seguridad.

Yo no entendía de qué hablaba, hasta que entré a mi oficina y vi un pequeño arreglo floral al lado de una tarta de manzana en mi escritorio. Increíble. Mi postre favorito. Miré atónito a Leticia, quien solo me sonrió y me señaló en dirección del postre. Había un adhesivo color rosa. Éste estaba escrito con la letra cursiva de Cristina, la misma con la que había escrito su número de teléfono, y decía te quiero. Cristina me quería. Dos meses de conocernos y me quería. Yo la amaba. Cerré la puerta y me senté frente a la tarta. Tuve que llamarle para agradecer tal detalle, así lo hice y me invitó a cenar. No podía creer lo feliz que era. Esa noche me dijo que quería presentarme a su madre, por lo que luego de la cena salimos a su casa. Conocí a la dulce señora, quien me acogió como si tuviese años de conocerme. Antes de irme no pude contenerme, estaba demasiado alegre, besé a Cristina como nunca antes había besado, me sentí con 15 años de nuevo, tomé su cintura y la besé, la besé y la besé. No pude dormir esa noche. Estaba jodidamente enamorado.

Seis meses después Cristina y yo éramos una pareja oficial, salíamos, nos besábamos, yo le llevaba flores. Era un verdadero cuento de hadas. Así es, un cuento de hadas a los 30. Yo nunca había escrito sobre cuentos de hadas, es más, me parecían algo inútil, a lo que nunca le prestaba atención, por lo que no sabía que todo cuento de hadas tiene una parte oscura, en la que los protagonistas se la ven de palitos, estaba tan enamorado como un idiota de 16 años que no me di cuenta de esto, es increíble lo que te puede hacer el hecho de estar tan empapado del amor de una persona, últimamente escribía columnas sobre sentimientos, me perfumaba el doble, puse una foto de Cristina en mi escritorio (en dónde antes estaba el pequeño letrero de Jefe de Redacción) gastaba mi dinero en flores, en tarjetas, en cosas tan estúpidas. Todo por ver la sonrisa de esa mujer. Todo era muy hermoso, excepto cuando sonreía, y aparecía ese diente desalineado, y entonces una inquietud llegaba a mi mente ¿Dónde carajos he visto eso antes? Es un error muy común entre las personas, ese era mi consuelo. Pero luego estaba la forma de su nariz, cómo se alineaba con su boca, la forma en que sus ojos estaban ubicados. Había algo en Cristina que me hacía pensar que ya lo había visto antes. Aunque parezca increíble, muchas veces me quedaba hasta altas horas de la noche pensando en ello, otras simplemente me decía que tal vez la confundía con alguien, o era solo un producto de mi imaginación, lo que hacía que me olvidase de esto por un lapso de tiempo. Pasaron así otros 6 meses, lo que daba por resultado un año junto a ella. El mejor año de mi vida, afirmaba el estúpido enamorado del piso 5 de la revista Misceláneas, a donde iba recibía felicitaciones: te felicito, ella es muy linda, que afortunado ¡Patrañas!

Cierto día llevé a Cristina a mi apartamento. Ya era un hombre de 31 años de edad, un escritor con futuro, debía dejar claras las cosas. Esa noche ella llevaba un maravilloso vestido gris, cómo me encantaba su cuerpo con esa prenda. No nos resistimos, estuvimos casi 20 minutos dándonos besos en el sofá. Como es de esperar, la cosa pasó a más, y 10 minutos después tenía a Cristina sin ropa sobre mí, estábamos teniendo sexo. En ese momento me sentí como el hombre más feliz y viril del mundo, escuchaba sus gemidos y no sé si mi imaginación me hizo escuchar una especie de grito, pero yo estaba en la cima del mundo. Estaba. Santo cielo.

Cristina habló conmigo con su dulce voz y sus ojos de gato, me estaba proponiendo que nos casáramos, a pesar de encontrarme enamorado, las razones que ella me propuso eran bastante válidas. Acepté. Iba a casarme con la mujer de mis sueños, de la que conocía únicamente el cuerpo y parte de su familia. Le compré un anillo, hermoso, 2 quilates. Me costó parte de mi cuenta de ahorros en la que aún existían divisas de mi primer libro publicado, Cristina lloraba y se colgó de mi cuello para llenarme de besos. Seguíamos en la cumbre del mundo.

La madre de Cristina propuso que hiciésemos una especie de retiro para parejas que están a punto de casarse. Yo era agnóstico declarado, pero decidí aceptar. Si no hubiese aceptado probablemente hubiese cometido el peor error de mi vida.

Estábamos llenando un formulario de datos personales, cuando pasó, cielos, pasó, aún recuerdo el dolor de tripas y la sensación diarreica que sentí en el momento. Todo pasó cuando vi la casilla “Nombre del padre” del formulario de mi futura esposa.

Jorge Tomás Villeda, comerciante. Vi mi formulario, Nombre del padre: Jorge Tomás Villeda, comerciante. Sentí que vomitaría hasta el pastel de mi cumpleaños número 1.

En uno de sus viajes al interior de la república, mi ejemplar padre había conocido a Carmen Fermín, una costurera muy hermosa. Ambos dieron rienda suelta a sus pasiones en una noche donde el matrimonio y la familia de mi padre desaparecieron y a la mañana siguiente fue el mismo caso con él. Me había enamorado, había tenido sexo y me iba a casar con mi media hermana.

De Cristina no supe nada luego de esa vez, recuerdo que fue a buscarme al jardín de la iglesia luego para ver si estaba bien. Le dije que teníamos que irnos, que sentía que iba a vomitar y ella me besó, estuve a punto de vomitar en sus labios. Nos dirigimos a su casa y fue cuando la bomba estalló, no pude contenerlo más, y fue como me di cuenta de lo que escribo en éstas líneas. La mamá de Cristina estaba francamente perpleja y apenada, Cristina lloraba y entonces entendí: el colmillo desviado era el mismo que el de mi hermano Juan, y la nariz era idéntica a la de mi difunto padre. Salí de esa casa sin rumbo aparente hasta que llegué a mi apartamento y vomité. Vomité y luego me dormí.

Naturalmente mis amigos y compañeros de trabajo se notaron impactados por el cambio de planes, Santiago volvía a ser el mismo soltero del editorial sin razón aparente. Siempre lo vendía como “diferencias irreconciliables”, aunque más de alguna vez dije que no estaba listo para el compromiso. Sentía unas enormes ganas de cortarme a lengua y el pito cuando decía esto.

Poco a poco, la invitación de Godoy fue quedando al fondo de un sin número de papeles arrugados, pensé en que regalo le daría a mis amigos casados mientras escribía mi próxima columna y un ligero sabor a manzana se formaba en mi boca.


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